La tensión entre Teherán y Washington ha pasado a una escala más peligrosa este domingo. El presidente de Irán, Masud Pezeshkian ha dejado un mensaje contundente ante la comunidad internacional: cualquier ataque que se dirija hacia la figura más relevante del mandato político y religioso de la nación, el ayatolá Alí Jamenei, desencadenaría una guerra. «Un ataque contra el líder supremo de nuestro país significaría un ataque total contra la nación iraní», remató mediante un mensaje expositivo a través de sus redes sociales.
Una línea roja innegociable: La seguridad de Jamenei
La afirmación de Pezeshkian establece un parámetro de defensa innegociable. El gobierno de Irán ha dejado claro que la figura del ayatolá Alí Jamenei no es solo un gobernante político sino el centro del Estado. En consecuencia, un ataque contra él no sería considerado una escaramuza de combate reducida.
El presidente iraní aprovechó su cuenta oficial para decir que esa postura se debe a la percepción de hostilidad y que la superación de esta línea roja causaría una guerra con dimensiones totales. Esta «línea roja» busca disuadir las opciones militares que se están debatiendo en los círculos de poder occidentales.
La retórica de Washington: cambio de régimen
La dureza del discurso iraní es una respuesta explícita a los últimos y enfebrecidos comentarios que están llegando desde Estados Unidos. Por un lado, el presidente Donald Trump ha defendido públicamente la necesidad de «buscar un nuevo gobierno» para Irán y ha agredido personalmente a Jamenei, al que ha calificado de «enfermo» a raíz de la muerte de manifestantes.
Sin embargo, la propuesta más contundente fue la del senador republicano Lindsey Graham. En una entrevista concedida el pasado lunes a la cadena Fox News, Graham exhortó directamente a Trump a «asesinar» al Ayatolá. «Es hora de que se vaya… Si yo fuera usted, señor presidente, yo asesinaría a los jefes que matan a gente. Tiene usted que ponerle fin a esto», le decía el legislador a Trump y sugiriéndole, de este modo, la eliminación de la cúpula iraní como modelo de solución.
El frente interno: Las protestas y el escudo de las sanciones
El marco de fondo de esta pugna con amenazas es la profunda inestabilidad interna del país, que vive con protestas interminables desde finales de diciembre debido, en buena medida, a la crisis económica, pero también al clamor de la calle.
Ante esta situación, y siempre intentando desviar el malestar hacia el enemigo exterior, Pezeshkian ha tratado de canalizarlo. En su comunicado, reconoció que el pueblo de Irán tiene «dificultades y penurias», aunque a la vez señaló a Occidente como única y exclusiva culpable. «Uno de los principales factores es la antigua enemistad y las inhumanas sanciones del Gobierno de Estados Unidos y de sus aliados», defendió el presidente Irán. Convirtiendo así, las sanciones en el escudo político que desvía la responsabilidad de la gestión del Gobierno iraní mientras se dan las manifestaciones.
De esa forma, la región se encuentra en un equilibrio de máxima vulnerabilidad. Mientras tanto Donald Trump y personas de peso como el senador Lindsey Graham apuestan abiertamente por la caída del régimen. Esto haciendo incluso un guiño a la retirada física de la cúspide como el medio más rápido para «hacer de Irán algo grande nuevamente» y dar ventaja a los manifestantes. Por su lado, Teherán responde subiendo la apuesta hasta el plano de la supervivencia nacional.
La advertencia de Masud Pezeshkian no deja lugar para la ambigüedad estratégica: cualquier error de cálculo o intento de «decapitación» política del ayatolá Jamenei no será respondido mediante la diplomacia, sino que desatará una «guerra total». Esto deja a Oriente Medio a merced de un posible conflicto abierto si Washington decide cruzar la línea.
