En un acto diplomático de alto rango pensado para detener la escalada de la violencia en una de las zonas más inestables del mundo, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, realizaron una llamada telefónica importante. La conversación, que tanto el Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia como fuentes de prensa confirmaron, ahondó en la situación existente en Oriente Próximo y, de un modo explícito, en lo referente a los acontecimientos en Irán.
El ofrecimiento del Kremlin: Mediación y estabilidad
La postura que ha mantenido Moscú durante la llamada fue la de un árbitro que ha querido mediar para que no acabe siendo un conflicto mayor. En la conversación, el líder ruso apoyó la necesidad de «incrementar los esfuerzos políticos y diplomáticos para garantizar la estabilidad y la seguridad de la región». Este paso conlleva que el Kremlin se muestre inquieto por la posibilidad que la controversia interior iraní pueda derramarse en un conflicto regional más importante.
En esta línea, presidencia rusa fue contundente al dar a conocer su posición: «La parte rusa ha dado su palabra de continuar los esfuerzos de mediación y promover un diálogo constructivo entre todos los protagonistas implicados». Informaron también que ambos líderes llegaron al acuerdo de «mantener contactos a múltiples niveles», aunque no se informó específicamente acerca de en qué consistirán esos contactos de cara al futuro.
Protestas, represión y la sombra de Trump
La crisis interna de Irán, que motivó la llamada, tuvo su origen en una crisis económica intensa, pero rápidamente se transformó en revueltas duras. El régimen de Teherán lo atribuyó a «terroristas» que, según ellos, en realidad podrían haber sido apoyados por Estados Unidos e Israel.
La versión iraní sostiene que las manifestaciones se han convertido en un movimiento violento para ofrecer al presidente estadounidense, Donald Trump, una «excusa» para intervenir militarmente de nuevo. Irán ha lanzado mensajes ambiguos ante tal posibilidad: si bien ha abogado ante Washington por un proceso de diálogo a efectos de resolver sus diferencias, también ha afirmado claramente que el país se encuentra «preparado» para afrontar una situación bélica si esta fuera la opción final.
La sombra de la guerra de 2025
Este contexto de la llamada queda incomprendido sin un recordatorio de la guerra que acaba de saldar la cuestión de la seguridad de la zona. La tensión actual no llega sino unos meses después de que Israel lanzara, una ofensiva militar de ataque contra Irán, a la que se unió Estados Unidos con bombardeos de objetivos contra tres instalaciones nucleares que desembocaron en un enfrentamiento que se prolongó durante doce días.
Aquella guerra dejó una impronta en la zona, ya que las fuerzas iraníes respondieron lanzando cientos de misiles y drones no solo contra el territorio israelí sino también contra la principal base estadounidense en Oriente Próximo, la de Qatar. Allí se lanzaron bombarderos de largo alcance. Ahora, con la inestabilidad interna de Irán, temen que se vuelva a producir la guerra, pero en un contexto diferente (no el de 2025, aunque sí una guerra) tras la conversación entre los dos presidentes.
Al mismo tiempo que la diplomacia rusa intenta edificar puentes y reafirma su disposición a intermediar para garantizar la seguridad regional, el silencio en el lado de la línea es sorprendente. Hasta este momento, la oficina de Netanyahu no ha emitido ningún tipo de comentario sobre esta conversación; esta prudencia israelí está referida a un tablero muy peligroso. Teherán, en efecto, ya ha denunciado que las revueltas actuales pueden utilizarse como una «excusa» para una nueva intervención militar de la administración de Trump. La comunidad internacional observa desde afuera si las palabras de «diálogo constructivo» formuladas por Putin prevalecerán o se repetirá el escenario del año pasado.
