Los ecosistemas marinos esconden una de las mayores armas para intentar frenar el calentamiento global. De acuerdo con una reciente revisión de las evaluaciones de los bosques de manglares y de las praderas de pastos marinos, los ecosistemas marinos de carbono azul garantizan, por su ineludible presencia, el atrapamiento de los gases de efecto invernadero. Si bien ocupan una mínima superficie de los océanos, su presencia se extiende en todos los continentes y funciona como un filtro natural de proporciones enormes.
Un escudo natural y económico
Para acentuar el impacto real de los ecosistemas, hay que mirar los números. Los bosques costeros están extendidos en 123 países con un área de 15,2 millones de hectáreas y son capaces de retener un promedio de 1000 toneladas de carbono por cada hectárea. Por el contrario, los pastos marinos son capaces de cubrir más de 30 millones de hectáreas en 159 países y, aunque solamente suponen el 0,1 % del fondo oceánico, tienen la capacidad de capturar hasta el 18 % de todo el carbono oceánico mundial. El beneficio no se limita a la filtración de aire.
Estos ecosistemas son en realidad guarderías vitales para la quinta parte de las pesquerías más significativas del planeta, filtran el agua y constituyen una barrera física increíblemente imbatible para las tormentas. Desde un punto de vista económico, los economistas calculan que los manglares generan un valor en servicios ecosistémicos de US$1600 millones en términos anuales, lo cual se traduce en un rendimiento que se encuentra en un rango entre US$33 000 y US$57 000 por hectárea por año.
Poblaciones vulnerables y pérdidas masivas
La existencia de millones de personas depende de la salud de estas franjas costeras. Las cifras nos indican que más de 1000 millones de personas viven a menos de 100 kilómetros de praderas marinas y que alrededor de 100 millones viven a menos de 10 kilómetros de los principales ecosistemas de manglares. Esta proximidad significa que cualquier cambio en el ecosistema tendrá un impacto directo en la seguridad alimentaria y la protección física de las comunidades locales.
Sin embargo, por grave que sea esa realidad, la velocidad a la que nos estamos despojando de esos ecosistemas asusta. Los datos nos indican que entre el 1 y el 3 % del área global cubierta de manglares desaparece anualmente, y que entre el 2 y el 5 % de la superficie de praderas marinas la pierde. Ciertamente, mucho daño está ya hecho en buena parte de los mapas, dado que desde finales del siglo XIX se han perdido más del 25 % de la cobertura original de los manglares y cerca del 30 % de los pastos marinos.
Las razones del deterioro y la reacción internacional
Las causas de este retroceso ambiental son muy específicas. Por un lado, está la transformación de las tierras por el desarrollo de la acuicultura. La agricultura industrial y las nuevas plantaciones devoran las costas a grandes velocidades. A esto hay que añadir la expansión descontrolada de la urbanización, la sobreexplotación de los recursos naturales, el vertido incontrolado de desechos industriales y las propias embestidas del cambio climático que terminan asfixiando la dinámica de aquellos lugares.
En un contexto como el descrito, la ONU intenta poner freno a la hemorragia promoviendo la cooperación entre los países y postulando modelos de gestión ambiental fundamentados en la ciencia. La estrategia que propone es financiar evaluaciones regionales, elaborar manuales de buenas prácticas y, especialmente, poner recursos en proyectos de conservación y restauración de manera directa sobre el territorio. Recuperar lo perdido y frenar su avance comercial es el único camino para salvar el ecosistema.
El diagnóstico es claro, no da lugar a especulaciones. Los manglares y los pastos marinos son las infraestructuras naturales más eficaces de las que disponemos para capturar emisiones y proteger costas pobladas.
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