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En las últimas décadas dejaron de ser solo unos cuantos y se convirtieron en una molestia nacional: Los tapan, pero no resuelven el verdadero problema

Por Skarlett Soto
6 junio, 2026
en Motor
molestia

Fuente: Créditos Ecoportal, imagen editada por IA

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Los baches están en todas partes.

Aparecen en avenidas de grandes ciudades, en barrios residenciales y en carreteras rurales que miles de personas recorren cada día.

Los conductores los esquivan. Las ciudades los rellenan. Los vecinos los reportan.

Y aun así vuelven. A veces semanas después.

Es una de esas molestias que parecen imposibles de eliminar por completo.

Lo curioso es que no se trata de un problema nuevo.

Durante décadas, gobiernos locales y estatales han gastado millones de dólares intentando mantener las carreteras en condiciones aceptables.

Sin embargo, los baches siguen multiplicándose en gran parte del país.

Si las ciudades los reparan constantemente, ¿por qué siguen apareciendo una y otra vez?

¿Están los baches convirtiéndose en un problema nacional?

La respuesta corta es sí.

Y los datos muestran que no se trata únicamente de una sensación de los conductores.

En algunos estados, una gran parte de las carreteras presenta algún grado de deterioro.

Lugares como el Distrito de Columbia, Rhode Island, Hawái, California y Nuevo México figuran entre los territorios con mayores porcentajes de carreteras en mal estado.

Mientras tanto, otros estados como Kansas, Tennessee, Indiana, Wyoming y Vermont han logrado mantener gran parte de su red vial en condiciones mucho mejores.

Pero incluso donde las carreteras están relativamente bien conservadas, los baches siguen apareciendo.

Y el impacto económico es enorme.

Los conductores estadounidenses gastan alrededor de US$26 500 millones al año en reparaciones de vehículos relacionadas con el mal estado del pavimento.

Para muchos conductores urbanos, eso representa más de US$400 anuales en daños y mantenimiento asociados directamente a carreteras deterioradas.

Las quejas tampoco dejan de crecer.

En Nueva York, por ejemplo, los reportes de baches aumentaron casi un 88% durante el inicio del año fiscal 2026.

Y aunque las cuadrillas municipales trabajan constantemente, las reparaciones parecen no alcanzar el ritmo al que se deterioran las calles.

Por eso muchas ciudades comenzaron a buscar nuevas herramientas para enfrentar el problema.

La tecnología que intenta adelantarse a los baches

Algunas administraciones creen que la inteligencia artificial podría ayudar a detectar daños antes de que se conviertan en un problema mayor.

La lógica es simple.

Cuanto antes se identifique una grieta o una zona debilitada del pavimento, más barato será repararla.

Por eso varios gobiernos locales comenzaron a experimentar con nuevas tecnologías.

En Hawái, por ejemplo, el programa Eyes on the Road utiliza cámaras instaladas en vehículos para recopilar imágenes del estado de las carreteras.

En San José, California, las autoridades están probando sistemas de inteligencia artificial capaces de identificar automáticamente daños en el pavimento.

Y empresas privadas ya ofrecen camiones equipados con cámaras y sensores que funcionan como inspectores móviles de las carreteras.

Todo esto puede ayudar a localizar problemas con mayor rapidez.

Pero hay una realidad que ninguna cámara, sensor o algoritmo puede cambiar.

Porque el verdadero problema no aparece cuando se forma el bache.

Aparece mucho antes.

El problema que ninguna ciudad ha logrado resolver del todo

Los baches no son realmente la enfermedad.

Son el síntoma.

La verdadera crisis está debajo del asfalto.

Durante décadas, muchas carreteras estadounidenses han acumulado mantenimiento pendiente que nunca llegó a realizarse completamente.

Mientras tanto, los costos de construcción han aumentado, los materiales son más caros y las necesidades de reparación crecen año tras año.

Pero los ingresos destinados a financiar esas obras no han seguido el mismo ritmo.

Gran parte del mantenimiento vial depende de impuestos sobre la gasolina.

Y ese sistema está mostrando señales de agotamiento.

La inflación ha reducido el poder de compra de esos fondos.

Además, cada vez más vehículos eléctricos utilizan las carreteras sin contribuir mediante los tradicionales impuestos al combustible que durante décadas ayudaron a financiar las reparaciones.

El resultado es un desequilibrio difícil de ignorar.

Las ciudades siguen reparando baches porque es la opción más barata e inmediata.

Pero reconstruir una calle completa puede costar entre diez y veinte veces más que rellenar los agujeros que aparecen en ella.

Y cuando no existe presupuesto suficiente para esa reconstrucción profunda, los baches regresan.

Una y otra vez.

Por eso los expertos advierten que el problema no desaparecerá únicamente con más tecnología.

La inteligencia artificial puede detectar daños antes.

Las cámaras pueden encontrar grietas más rápido.

Pero ninguna aplicación puede generar por sí sola los miles de millones de dólares que muchas carreteras necesitan para ser renovadas de verdad.

Y ahí está la explicación que millones de conductores no suelen ver cuando esquivan un bache camino al trabajo.

El agujero en el asfalto no es el problema principal.

Es el recordatorio visible de una infraestructura que envejece más rápido de lo que los presupuestos actuales pueden reparar.

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