En una nueva jornada de reflexión sobre los documentos fundamentales del Concilio Vaticano II, el Papa León XIV presidió este miércoles la Audiencia General frente a miles de peregrinos reunidos en el Aula Pablo VI. Centrando su enseñanza en la constitución dogmática Dei Verbum, el Santo Padre entró a profundizar en el lazo visceral (el vínculo inseparable) que hay entre la Sagrada Escritura y la Tradición, las definió como la «estrella polar» necesaria para navegar la intensa complejidad que presenta hoy la historia.
Una fe viva, no «fósil»
En su discurso, el Pontífice fijó los tres ejes fundamentales sobre los que hay que detenerse para tener una idea católica de la Revelación: la acción del Espíritu Santo, la unión Escritura-Tradición y la propia responsabilidad de la Iglesia como guardiana del depósito de la fe.
León XIV fue rotundo en asegurar que la fe no consiste en un simple recuerdo del pasado, una memoria o historia que se intente rememorar, sino que es una presencia viva y actual que lleva a la Iglesia hacia la plena verdad. Aclaró que el Espíritu Santo no aporta nuevas revelaciones, sino que hace posible un conocimiento cada vez más profundo de la Palabra de Cristo, actualizando fielmente el Evangelio para iluminar situaciones culturales y sociales muy distintas a las del siglo I.
En esta línea, el papa advirtió que la Palabra de Dios no está «fósil», sino que es dinámica, aludiendo a San Gregorio Magno y San Agustín, señaló que la Palabra, en efecto, crece y se expande en la vida de la comunidad. De otro modo, el Pontífice recurrió al pensamiento de John Henry Newman y describió cómo la doctrina cristiana se desarrolla a partir de una especie de semilla, crece desde dentro, lo hace gracias a una fuerza vital interior, sin que nunca se extinga lo que se profesa ni pierda su identidad.
Escritura y Tradición: una sola fuente
El Papa, al contestar la cuestión de la relación entre la Biblia y la vida de la Iglesia, rechazó cualquier oposición entre ambas. Subrayó que la Sagrada Escritura y la Tradición se asimilan a la misma fuente divina, conformando, así, una totalidad única, la cual encuentra su objetivo en la salvación de los hombres.
«La Palabra de Dios, atribuible a la acción del Espíritu Santo, se excavó por la historia mediante la Iglesia, la cual discurre, guarda, resume, encarna a la Palabra», afirmó el Pontífice. Recordando a los Padres de la Iglesia, refirió a la enseñanza que decía que la Escritura fue hecha «en el corazón de la Iglesia» antes de quedar inmovilizada en la página exterior, lo que confirmaba que la Biblia no es una serie de palabras, sino el libro de un poblado creyente.
Custodios de la «estrella polar»
El Santo Padre lanzó una llamada a los fieles (obispos, sacerdotes, religiosos y laicos) para que asumieran la responsabilidad de la custodia del «depósito». Una tarea cuyo propósito, propio del Magisterio de la Iglesia, no es la ruptura con la tradición apostólica, sino hacer posible la implementación más creativa de esa tradición, sin rigidizar una lectura que impida el diálogo con la historia.
Y, al finalizar la audiencia, tras los saludos en otras lenguas, León XIV recordó que hoy la Iglesia celebra la memoria de Santo Tomás de Aquino. El papa dirigió mensajes específicos a los grupos presentes inspirándose en el santo doctor, exhortando a los jóvenes a seguir a Jesús como «auténtico maestro de vida», deseando a los enfermos la calma y la paz que brotan del misterio de la Cruz, y pidiendo a los nuevos casados que «posean sabiduría de corazón» para llevar con generosidad su misión en la sociedad.
