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El Papa pone en guardia a los fieles contra la especulación financiera

Por Luz
17 diciembre, 2025
en Mundo
Sacerdote leyendo la biblia

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Como todos los miércoles, miles de peregrinos se reunieron para escuchar al Papa León XIV expresando su catequesis semanal sobre uno de los males más extendidos en la vida moderna: la sensación de vacío en medio de una agenda bien repleta. Lejos de los tecnicismos, el Pontífice fue a la cuestión medular de la experiencia cotidiana. Describiendo así, esa angustia que todos conocemos, que nos empuja en todo momento a estar en constante movimiento, a producir y a correr detrás de metas que, al final de la jornada, muy raras veces logran dejarnos satisfechos.

El vórtice de la actividad y el corazón humano

El Papa recurrió a una expresión gráfica poderosa para dar cuenta de esta realidad: el «vórtice». Y fue explicando que muchas veces olvidamos que la plenitud no está en la cantidad de cosas que nosotros podamos hacer, sino que esa lógica deviene en un vórtice que «nos abruma, que nos deja sin serenidad y que no nos deja vivir mejor lo que realmente hay que vivir». Este es el riesgo: pasamos el día absorbiendo problemas prácticos y decisiones inmediatas, olvidando que «no somos máquinas, nosotros somos corazón; de hecho, podemos decir que nosotros somos un corazón».

Ese corazón, que fue descrito por el Pontífice como el centro de nuestra humanidad, esa región invisible donde conservamos los pensamientos y los deseos, ese es el lugar donde guardamos nuestro verdadero tesoro. El problema aparece cuando ese espacio queremos llenarlo con toda actividad pero elegimos una que no alimenta al espíritu. Y aunque acabemos cansados al final de jornadas de grandes eventos, de grandes supuestos éxitos, continúa la insatisfacción. León XIV nos invitó a detenernos y mirar hacia adentro, advirtiendo sobre el riesgo de «la dispersión y la desesperación».

La denuncia: inversiones al «precio sangriento» de vidas humanas

Este fue el momento en que la catequesis dio una vuelta al social y lanzó la advertencia más dura. El Papa León no vaciló y habló de los falsos tesoros de la Modernidad. No hizo una crítica abstracta, fue a lo concreto. Acabó por referirse al sistema económico global. «Nuestra tesorería no debe estar en las grandes inversiones financieras», sentenció el Papa con tono grave. Y fue más allá, fue dando a esos movimientos de capital una cruda descripción: «Podemos decir que hoy, más que nunca, están descontrolados y se concentran injustamente ¡al precio sangriento de millones de vidas humanas y al precio de una devastación de la creación de Dios!».

El enunciado se dejó caer en el auditorio. León XIV denunció la idolatría del dinero que se acumula al precio del sufrimiento ajeno y del medioambiente hecho dañado. Para el Papa, poner el corazón por esas «cajas fuertes de la tierra» es un error espiritual que tiene unas devastadoras implicaciones en el mundo real.

El remedio de San Agustín: pararse a mirar al otro

La Iglesia tiene que ser lo que siempre ha sido: un remedio para una aceleración y especulación deshumanizante y, digamos, el remedio clásico aunque difícil de aplicar consiste en reconocer el sentido del cor inquietum (corazón inquieto) del que hablaba San Agustín. Citando las famosas Confesiones de San Agustín (el santo de Hipona) León XIV nos recordó que el corazón no se mueve de manera ciega, sino que busca una «vuelta a casa», un descanso en la intimidad de Dios y, muy especialmente, en la relación con los otros.

El final de la audiencia fue un grito de la esperanza. León XIV recordó que el corazón humano fue hecho para la plenitud y no para la escasez, que la esperanza es posible si nos atrevemos a vivir en la lógica del amor y no en la lógica de la acumulación.

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