En el contexto del Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, el papa León XIV ha tenido la ocasión de expresar su voz para reafirmar la fidelidad de la Iglesia Católica contra la inquina racial y religiosa. En un mensaje que el Pontífice difundió el día de hoy en su cuenta de la red social X, recordó que la Iglesia «se ha mantenido fiel a la firme posición de la Declaración Nostra Aetate contra toda forma de antisemitismo». En su mensaje y mediante su petición, el Santo Padre no vaciló ni un instante al afirmar que «no puede haber ninguna discriminación o acoso por razones de raza, lengua, nacionalidad o religión».
La memoria de la humanidad como «sistema inmunitario»
Desde el Vaticano, se señala que la rememoración de la Shoá no debe considerarse un mero «ejercicio cognitivo» o un mero epígrafe de una fecha muy relevante para que la «gente joven» repase contenidos de historia. No debería existir un «Día de la Memoria», el Día de la Memoria es, en todo caso, una «lección esclarecedora» y, en primer lugar, una «invitación a la conciencia interior de cada hombre y de cada mujer».
La finalidad de este ejercicio de memoria y recuerdo es fortalecer el «sistema inmunitario de la familia humana» en contra de nuevos horrores de los cuales no puede estar libre la memoria, «cuando los abismos de la historia se abren, lo que sustituye al hecho fraternal es el nacionalismo extremo, la desconfianza, el lenguaje del odio». Las palabras de León XIV y de sus antecesores funcionan como una señal de alerta que invita a no volver a normalizar el antisemitismo.
Un legado de testimonios: De Pío XII a Benedicto XVI
El mensaje de León XIV se inscribe en una continuidad histórica que data de los momentos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. El 24 de diciembre de 1942, el papa Pío XII, en su mensaje radiofónico de Navidad, denunció la situación de cientos de miles de personas condenadas a morir o a una lenta extinción «solamente por causa de su nacionalidad o de su raza».
Benedicto XVI, al evocar estas expresiones en 2008, insistía en que se refería de manera explícita a la deportación y a la aniquilación de un pueblo, aquel de los judíos. Pero también advertía que Pío XII a menudo operaba de modo clandestino y en silencio para «evitar lo peor y para salvar el mayor número de judíos posible» y que su empeño fue reconocido después de la guerra por personas como Golda Meir.
Este sendero de memoria dolorida fue transitado por Juan Pablo II, quien evocaba los «terribles y penosos recuerdos» relativos a Berlín y a la «solución final», y también lo recorría Pablo VI, recordando el sacrificio de San Maximiliano Kolbe en Auschwitz como una llamarada de caridad en el seno de la barbarie.
«Máxima vigilancia» ante las grietas de la conciencia
La enseñanza del Holocausto exige una actitud activa para con el presente. El papa Francisco, en su visita de 2016 a la sinagoga de Roma, dijo que la Shoá nos enseña que hay que tener siempre «máxima vigilancia», para intervenir tempestivamente contra el mal y defender la dignidad humana. «Sus lágrimas nunca se tienen que olvidar», afirmaba Francisco advirtiendo que nuevos horrores pueden anidar en «las grietas de la conciencia», puesto que hay que tener siempre los ojos abiertos.
León XIV ha profundizado en la reflexión teológica ante el mal. En una homilía del pasado octubre de 2025, el actual Pontífice se refirió al «grito de dolor» que aparece ante la opresión, sabiendo que, aunque Dios guarde silencio, la respuesta de Dios es la esperanza de que el mal tiene un término y la justicia prevalecerá.
