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¿Es la inteligencia extraterrestre inevitable?

Simon Conway Morris sugiere que la evolución es finalista y que en otros planetas se alcanzarán las mismas soluciones para los mismos problemas porque la convergencia evolutiva sería universal. Por tanto, los ET se tienen que parecer a nosotros.

Estephen J. Gould mantenía que la evolución no tiene un propósito o dirección, que si se rebobinaba la película de la vida y se proyectaba de nuevo el resultado sería distinto.

Bajo esta premisa puede pasar cualquier cosa, o no pasar. Si la vida ha aparecido en otros planetas y sigue las mismas reglas evolutivas de selección natural, uno esperaría que, bajo esta perspectiva, la vida fuera muy diferente a la de aquí. ¿Habrá aparecido la inteligencia en esos mundos?, ¿es esto algo inevitable o fruto de la casualidad?

En la Tierra tenemos “miniplanetas” ecológicos, como Madagascar o Australia. En estas islas no aparecieron animales inteligentes a partir de lemures o canguros. De hecho los animales en esos lugares es distinta a la de otros sitios, aunque puede haber parecidos.

También es verdad que se pueden encontrar muchos casos de convergencia evolutiva, seres que, evolucionando por separado, han llegado a las mismas soluciones anatómicas para sobrevivir a los mismos desafíos del medio. Esa separación puede haber sido en el espacio, pero también en el tiempo. Así por ejemplo, la pluricelularidad se desarrolló en varias ocasiones y lo mismo se puede decir de la visión o del vuelo.

A partir de esta idea Simon Conway Morris, en su libro “The Runes Of Evolution”, llega a la conclusión de que el mapa de la vida en la Tierra permite pensar que si hay extraterrestres en algún exoplaneta, algunos de ellos deben parecerse a nosotros.

Según Conway Morris la convergencia no es que sea común, es que está por todas partes y gobierna cada aspecto del desarrollo de la vida en este planeta, desde las propias proteínas a la elaboración de herramientas y pasando por la inteligencia. Según él, este aspecto no se ha apreciado hasta ahora y que implica que es inevitable una vez que la vida emerge. La vida no sería algo aleatorio, sino un proceso predecible según un conjunto de reglas rígidas.

Si este profesor de paleontología (University of Cambridge) está en lo cierto, en otros planetas en donde haya aparecido la vida puede haber seres similares a los terrestres. Dada la profusión de exoplanetas que se están descubriendo, las probabilidades de algo así no serían nulas, aunque el planeta o planetas en cuestión nunca se puedan visitar debido a su lejanía.

“Frecuentemente la investigación en la convergencia es acompañada por la exclamación y la sorpresa, descrita como improbable, notable y sorprendente. De hecho, está por todas partes y eso es una notable indicación de que la evolución está lejos de ser un proceso aleatorio. Y si los resultados de la evolución son al menos ampliamente predecibles, entonces lo que se aplica en la Tierra se aplicará a lo largo de la Vía Láctea y más allá”, dice.

Según Conway Morris los alienígenas tendrán miembros, cabezas y cuerpos de tal modo que se asemejaran a nosotros. Incluso en otros planetas con vida compleja aparecerán depredadores similares a los tiburones, plantas jarro carnívoras, manglares, setas y muchas otras cosas que hay en la Tierra.

Argumenta que la inteligencia ha aparecido en otras criaturas terrestres como los pulpos o pájaros cuando han tenido que manipular objetos o tener vida social. Como la inteligencia es una consecuencia inevitable de la evolución en la Tierra entonces puede caracterizar también a la vida extraterrestre.

Según él se puede demostrar que la convergencia ha estado presente en cada paso importante que se ha dado en la evolución de la vida terrestre, desde las primeras células, la aparición de tejidos, órganos de los sentidos, miembros e incluso la habilidad para fabricar y usar herramientas.

Así por ejemplo, pese a que el pulpo y el humano no están emparentados, los dos han conseguido por evolución unos ojos con un diseño muy similar. Pero también cita el caso del colágeno, que apareció en hongos y bacterias independientemente, la capacidad de emborracharse que compartimos con las moscas de la fruta o la capacidad de sentir asco que compartimos con las hormigas cortadoras de hojas.

Predice que el pantera nebulosa asiática (Neofelis nebulosa) evolucionaría hacia una especie muy similar al prehistórico felino de dientes de sable del pasado, pero que, por desgracia, esto no sucederá porque se extinguirá por nuestra culpa.

Según este investigador toda la vida navega por este mapa evolutivo bajo una biología predecible. “La biología viaja a través de una historia, pero termina en el mismo destino”, afirma.

Este punto es interesante, pues entonces la evolución sería impredecible a corto plazo con un comportamiento histórico sujeto a cierta aleatoriedad, pero seria finalista o confluyente y tendería a objetivos específicos, soluciones casi iguales para problemas muy similares.

Aunque haya un número de planetas muy grande, Conway Morris admite que, al no saber el origen de la vida, no se puede saber si esta es abundante o no, pero que si la vida se da, entonces evolucionará hacia cualquier cosa que pueda y esto significa que algo análogo al ser humano aparecerá tarde o temprano con una alta probabilidad. Argumenta que, como ya se sabe que hay muchos planetas en la zona de habitabilidad de su estrella, aunque la inteligencia sólo aparezca una de cada cien veces, entonces los seres inteligentes como nosotros tienen que ser abundantes.

Pero, como nos enseña la paradoja de Fermi, también admite que, pese a esa supuesta abundancia, no hemos contactado con ninguna de esas civilizaciones, así que algo falta o tiene que ir mal. “No deberíamos estar solos, pero lo estamos”, añade.

Añade que la idea de que la evolución pueda terminar alcanzando las mismas soluciones hace que la gente se sienta incómoda, porque se preguntan cuántas maneras hay de digerir o de cazar algo y así sucesivamente, deducción que puede hacernos creer que las posibilidades se dan en un número astronómico, pero para que realmente todas ellas funcionen al final sólo son un fracción infinitesimalmente pequeña de todas ellas.

Simon Conway Morris se hizo famoso por ser el paleontólogo que revisó la fauna de Burguess Shale en los setenta. Algo que reflejó el libro de Stephen J. Gould “La vida maravillosa”. No deja de ser un poco paradójico que ahora Conway Morris hable de cierta inevitabilidad en la evolución en contra de la opinión de quien le hizo famoso. Además es conocido por tener una visión teísta de la evolución, ya que es creyente.

Aunque, sin nos fijamos bien, tampoco son visiones tan opuestas la de Gould y la de Conway Morris, pues similitud no es lo mismo que igualdad. Entonces sería una cuestión de interpretación. Además, Gould ya menciona en su libro “Full House” que la vida compleja aparece porque no queda espacio en los nichos de simplicidad ocupados por las bacterias, así que es más o menos inevitable que evolucione algo así. Bajo esta óptica, al final tiene que aparecer por evolución lo más complejo porque no le queda más remedio (no te dejan ser simple) si se da tiempo suficiente.

Pero para que podamos decir algo exacto sobre todo esto desde el punto de vista científico positivista, no nos quedaría más remedio que tener más ejemplos de biosferas bien documentadas (con su historia evolutiva) de otros planetas similares a la Tierra. Algo que parece imposible, incluso aunque contemos con bioindicadores que nos digan que hay vida en otros planetas, pues no sabremos cómo son los organismos que componen esa biosfera. Simplemente no podemos viajar allí, cualquiera que sea ese allí.

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