La humanidad «se salvó» de un producto altamente tóxico que podíamos sentir incluso en el agua y el aire. Existen determinados compuestos químicos que en ciertos procesos (como fabricación, uso, reparto o eliminación) generan daños (enfermedades o la muerte) en los seres vivos. Algunos de ellos son tan comunes como la acetona, el mercurio o el metanol. Si bien la toxicidad está presente en cualquiera de las fases, generalmente se vincula con este término cuando el ser humano lo ingiere, inhala o tiene una exposición directa con su cuerpo.
Exposición de la humanidad a productos tóxicos
Mientras se dice que la humanidad podría volver a la Luna a inicios de año, el ser humano debe permanecer alerta a los efectos que causan los recursos terrenales. Cabe destacar que la toxicidad de una sustancia está sujeta a la dosis en las que se halla. En otras palabras, una sustancia no considerada tóxica en determinadas dosis sí podría convertirse en algo tóxico si su dosis aumenta.
Cuando una sustancia tóxica ingresa en el organismo puede generar diversas alteraciones o lesiones estructurales (de células que se deterioran) o funcionales (como alteraciones del ADN o inhibición de la acción enzimática). Cuando el cuerpo humano supera la dosis inofensiva de ciertos elementos, se intoxica. En casos como este, generalmente los anticuerpos atacan la sustancia para ejercer control sobre ella, abatirla en poco tiempo y expulsarla.
No obstante, en ocasiones el procedimiento falla porque las defensas naturales (sistema inmune) se encuentran bajas o se da una concentración demasiado alta. Granos, ronchas, fiebre intensa, problemas para respirar, diarrea y vómitos son algunos de los síntomas que manifiestan una intoxicación, aunque también pueden venir acompañados de otros más severos.
Producto tóxico que estaba presente en el agua y hasta en el aire
En este contexto, un nuevo estudio de la Universidad de Utah ha revelado que el plomo en el cuerpo humano ha caído 100 veces desde que se prohibió su uso en la gasolina. Durante gran parte del siglo XX, el plomo era una sustancia presente en la cotidianeidad de la humanidad. Lo encontrábamos en la pintura de las casas, las tuberías de agua, polvo de las fábricas y en el aire desprendido por los tubos de escape.
No nos dábamos cuenta, pero estábamos expuestos a su influencia de día y de noche. Se trata de un metal pesado útil para el mundo de la ingeniería, pero que representa un significativo peligro a nivel biológico. Un grupo de científicos de la universidad mencionada estudió muestras de cabello datadas desde hace cerca de un siglo. Los resultados han sacado a la luz una realidad sobrecogedora: los niveles de plomo del ser humano se han visto acotados unas 100 veces.
¿Desde cuándo? Desde el momento en el que iniciaron las regulaciones ambientales allá por los años 70. El plomo se alzó durante décadas como todo un comodín industrial, siendo un recurso ampliamente utilizado en diferentes ámbitos por su maleabilidad, resistencia a la corrosión y fácil mezcla con otras sustancias. Muchos decidieron agregar su presencia en la pintura para que durara por más tiempo y brillara mejor.
También lo vimos en las tuberías para que estas resistieran más tiempo e incluso en la gasolina para suavizar el desempeño de los motores. Sin embargo, la problemática comienza cuando el cuerpo humano expuesto no cuenta con un buen sistema para deshacerse del plomo. Cuando ocurre esto, el plomo se va acumulando silenciosamente en huesos, tejidos y órganos. En el caso de los niños, puede interferir en el desarrollo neurológico, atención y memoria, informó EcoInventos.
Cómo se salvó la humanidad del plomo
La expansión del plomo en varios ámbitos de la vida cotidiana dejaba una huella peligrosa en la humanidad. Una realidad incómoda de la que se comenzó a salir en la década de 1970, cuando empezaron a surgir prohibiciones y límites legales al plomo. Primero ocurrió en la pintura, después en el combustible y luego en el agua potable. El cambio no se logró de la noche a la mañana, pero sí fue constante y hoy se nota la diferencia. Con este peligro lejos del ser humano, la humanidad puede centrarse en el avance de su especie con máquinas tan arrolladoras como el primer auto volador.
