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Una investigación científica de la ONU revela que los incendios de baja intensidad reducen drásticamente el peligro de siniestros forestales graves

Por Luz Vaquero · 13 julio, 2026 · 1:06 p. m. · 4 min de lectura Compartir: f 𝕏 in
Una investigación científica de la ONU revela que los incendios de baja intensidad reducen drásticamente el peligro de siniestros forestales graves
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La lucha contra los grandes fuegos forestales se ha llevado a cabo siempre en una lógica que parecía incuestionable: ante la menor chispa, había que apagar el fuego como sea. Un nuevo estudio muy revelador de la ONU viene a romper con esa vieja política de apagar todo. Investigadores de la Universidad de Stanford acaban de probar con cifras contundentes que permitir o incluso provocar fuegos de baja intensidad en espacios boscosos puede suponer una reducción del riesgo de que ese mismo espacio sufra incendios forestales de gran magnitud de hasta un 92 %. Lo más llamativo del hallazgo no es tanto el corto plazo de efectividad, sino que este escudo natural contra incendios severos se mantiene en el ecosistema a lo largo de hasta una década, ampliando sus capacidades preventivas hasta varios kilómetros de distancia a partir de las zonas quemadas.

La paradoja del fuego y del humo acumulado

Para hacerse una idea sobre en qué consiste esta proposición que puede parecer a primera vista contradictoria, conviene meterse a fondo en lo que los científicos de Stanford definieron como la «paradoja del fuego». En el transcurso del último siglo, dada la eficacia de las agencias públicas, el qué hacer adecuado fue la extinción de cada pequeño fuego que se desataba en el bosque, lo que supuso un entorpecimiento del ciclo natural de la naturaleza.

Los ecosistemas forestales que han evolucionado a lo largo de los milenios. Especialmente los bosques de coníferas han evolucionado para quemarse regularmente y así dejar el espacio un poco más limpio, para que luego sean reabastecidos. La supresión sistemática de estos pequeños incendios solo ha permitido la constitución de un enorme y peligroso apilamiento de madera muerta, pastos secos y matorrales que enciende el riesgo de un incendio en los estratos del bosque.

La aparición del cambio climático seca todo el combustible acumulado hasta convertirlo en una bomba de tiempo. Cuando se originan nuevos incendios, el fuego ya no limpia el suelo, sino que se encarama a través de los árboles de forma veloz y puede arrasar comunidades enteras o soplar nubes de humo tóxico por miles de kilómetros.

Los números detrás de las quemas prescritas

Ya que las agencias del Estado vienen realizando tan pocas quemas prescritas en el oeste de los EE. UU. (tan sólo unos 44 000 acres al año frente a los más de 800 000 quemados por los fuegos salvajes), los investigadores debieron ser ingeniosos. A fin de simular qué pasaría si esta técnica se aplicara en gran escala, analizaron dos décadas enteras de imágenes satelitales que documentaron los incendios de bajo grado que ocurrieron en California desde el año 2000 hasta 2021. Al cruzar la información sobre la severidad del fuego con estimaciones precisas de partículas finas tóxicas (las famosísimas y malignas PM2.5), los resultados fueron demoledores.

El modelo computacional indicaba que si el estado pudiera quemar a propósito unos 500 000 acres de bosques coníferos al año, la contaminación por el humo aumentaría inicialmente (cabe recordar que en los primeros años la negligencia por incendios naturales es muy baja) en una lógica de casi un 50 %. Pero la verdadera magia de la prevención asoma muy pronto. A partir del cuarto año, la reducción de material inflamable en los bosques empezaría a notarse, logrando reducir de forma neta la mortífera contaminación por humo de los megaincendios en aproximadamente un 10 % durante toda la década posterior.

Las limitaciones de la investigación y los pasos a dar

El presente estudio no computó de manera directa los impactos financieros directos de estos tratamientos en el terreno, que se cifran en alrededor de la cantidad de US$170 por acre en California. Asimismo, el análisis también obvió evaluar otras muchas alternativas de forma viable que liberan muchas menos emisiones directas, como puede ser la técnica del raleo mecánico en los bosques.

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