Industria textil: mirar la letra pequeña

Seis euros diarios es el salario medio en el mundo para quienes confeccionan ropa, en un sector que mueve a diario 34.000 millones de euros solo en Europa. Pero llegan las rebajas y las colas de las grandes tiendas se extienden hasta la calle. Corremos desesperados y nos preguntamos si todavía estará esa camisa que la semana anterior costaba el doble o el triple. Pero no nos preguntamos por qué las empresas textiles pueden disminuir el precio de las prendas de manera radical y aun así obtener ganancia. Será qué no nos lo preguntamos o que no lo queremos saber.

¿Por qué cooperamos y por qué no cooperamos?

El pensamiento apocalíptico cada vez es más frecuente en mucha gente[1],[2],[3] y no es para menos. Si estamos socavando las bases de la vida (desesperanza), somos una de las especies más vulnerables a pesar de nuestra extraordinaria adaptabilidad (esperanza), que no es nada, por ejemplo, comparada con la de las bacterias como ya hemos visto (modestia).

¿Por qué cooperamos?

Paco Puche recurre en este artículo a diferentes perspectivas científicas para dar respuesta a una pregunta que en realidad es una certeza: la de que el humano es básicamente un animal que hace de la cooperación el eje de su supervivencia. Ya Kropopkin nos anticipaba que en la naturaleza, además de la lucha mutua, “se observa al mismo tiempo, en las mismas proporciones, o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda mutua, (…) de manera que se puede reconocer la sociabilidad como el factor principal de la evolución progresiva”. En la actualidad, el psicobiólogo Michael Tomasello se expresa con igual contundencia: “Los Homo sapiens están adaptados para actuar y pensar cooperativamente en grupos culturales hasta un grado desconocido en otras especies”.

La economía feminista como paradigma alternativo

La economía neoclásica, neoliberal o capitalista ha fracasado. Casi ningún economista convencional lo reconoce, pero el crack del 2008 y sus consecuencias, la crisis climática, el ensanchamiento de la brecha de desigualdad y el hambre crónica del 20 por ciento de la población constituyen los argumentos irrefutables de cómo una economía que domina el mundo industrializado, sin competencia intelectual ni de poder, nos está llevando a una crisis global. El que esté en su crepúsculo no quiere decir que vaya a caer por sí sola, necesita de una eutanasia asistida.