La presión para expulsar a millones de inmigrantes era muy fuerte, hasta que algunos estados dijeron “basta”.
Desde las granjas lecheras hasta las grandes constructoras, las empresas privadas han hecho saber a los legisladores quiénes son los que realmente hacen que el país funcione cada día.
El debate ha dejado de ser una batalla de fronteras para convertirse en una lucha por la supervivencia de los negocios locales. ¿Se puede perseguir a quienes levantan las ciudades sin que todo el sistema termine por colapsar?
Cómo sería vivir bajo una vigilancia constante
Si se aprueban leyes muy estrictas, la vida de muchas personas se complicará.
Una de las medidas que más miedo da es el E-Verify, pues aunque parezca un simple trámite, obliga a los jefes a revisar los papeles de cada empleado antes de darle trabajo.
En realidad, esto significaría que muchas personas se quedarían sin trabajo y sin dinero de un día para otro. Incluso perderían empleos muy duros en el campo o la construcción.
Pero el problema no se queda solo en el trabajo. En algunos estados, como Tennessee, hay planes para que las escuelas, las oficinas de licencias y hasta los hospitales tengan que revisar y reportar quién tiene papeles y quién no.
Esto crearía un ambiente de miedo. Ir a la escuela o llevar a un niño al médico por algo tan simple como un resfriado podría terminar en una deportación.
La situación es muy difícil porque se le pide a médicos y maestros que actúen como policías, lo que nos hace preguntarnos: ¿de verdad vale la pena romper la convivencia y la salud de todos solo por una decisión política?
La triste realidad de los inmigrantes
Cuando la tensión baja un poco, muchos dueños de negocios se dan cuenta de que en realidad necesitan a los inmigrantes para que sus comunidades no se hundan.
En estados como Idaho, los ganaderos explican que casi todos los que trabajan en la producción de leche son extranjeros, y muchos no tienen sus papeles en regla.
Es así de simple: si se les exigen controles muy estrictos, la industria dejaría de existir de la noche a la mañana. Incluso en los grupos más conservadores, se está produciendo un cambio de opinión. Han entendido que los inmigrantes aportan algo valioso.
Muchas iglesias también han alzado la voz, recordando que castigar a quien ayuda al prójimo va en contra de su fe.
La percepción a nivel general está cambiando: los inmigrantes son integrantes de la comunidad que participan activamente en la industria y la economía del país.
Son padres que llevan a sus hijos a las mismas escuelas y pagan impuestos como cualquier otro.
Los estados que han dicho «basta»
A pesar de la orden nacional de querer cerrar las fronteras, en estados tradicionalmente republicanos como Idaho, Utah, Kansas y Tennessee, las leyes más duras se han quedado estancadas.
En Kansas, los dueños de empresas lograron detener un sistema de verificación obligatoria porque decían que era muy costoso y complicado para sus negocios.
En Idaho, los políticos han sido más cautelosos y solo han aplicado restricciones en contratos del gobierno, para no dejar sin empleo a los trabajadores de los ganaderos y agricultores que siempre los han apoyado.
Incluso en lugares como Florida, donde ya se acabaron las advertencias y los discursos suelen ser más fuertes, los bancos y las empresas han puesto obstáculos a las propuestas que los obligarían a actuar como policías.
Es curioso pensarlo, pero el «muro» que detuvo estas leyes no fue la política, sino la realidad económica de empresarios que entienden que cuidar a sus trabajadores es cuidar su propio futuro. Cuando el precio de la leche sube o las casas dejan de construirse porque no hay quien trabaje, las prioridades terminan inclinando la balanza.
