Cuando pensamos en la transición a energías limpias, normalmente pensamos en los paneles solares montados en los tejados o en automóviles eléctricos que circulan por sus amplias calles. Sin embargo, uno de los motores cada vez más gigantescos y silenciosos del consumo energético a nivel mundial está escondido entre las paredes del interior y el subsuelo de las grandes ciudades: los sistemas de energía de distrito. Estas enormes redes centralizadas que producen calor o frío en un único punto y lo transportan a través de tuberías aisladas cubren a día de hoy el 10% de toda la demanda de calefacción mundial.
Un mapa térmico que da calor a millones
Para tener una visión aproximada de la extensión de este sector, vale la pena mirar las cifras globales que aporta el informe de la AIE. En la actualidad, las redes de calefacción de distrito se extienden a más de un millón de kilómetros en el planeta, y llevan calor a más de 600 millones de personas. De hecho, la cantidad de calor suministrado por este tipo de sistemas ha crecido muy cerca del 35% respecto del 2010, consolidándose como una pieza clave de la infraestructura nacional en países como China, Rusia, la Unión Europea e incluso en varias partes de Asia Central.
La refrigeración de distrito, por su parte, está todavía menos extendida, pero está creciendo fuera de su nicho tradicional en el Medio Oriente, impulsada por las subidas de temperaturas y la densidad de las ciudades muy pobladas.
A pesar de su utilidad y del crecimiento que están experimentando, estas redes arrastran un problema de más envergadura, que no es otro que su fuerte dependencia de los combustibles fósiles.
El vínculo histórico con los combustibles fósiles
A pesar de su evidente utilidad y crecimiento, estas redes soportan un inconveniente complejo, ya que continúan estrechamente ligadas al carbón y al gas. En los estados que dependen de la importación de energía, aproximadamente dos terceras partes de su consumo de calefacción urbana es de tipo tradicional, haciendo que sus habitantes queden expuestos al vaivén de precios del mercado internacional y a los problemas geopolíticos propios del suministro.
En cuanto al actual panorama de la producción mundial de calor urbano, el carbón continúa siendo el rey absoluto, porque es capaz de cubrir la mitad de la producción mundial, mientras que el gas natural aporta casi un tercio de la producción total.
Esto evidencia que, particularmente en Europa del Este y en China, el sistema, aún hoy, depende en gran medida de infraestructuras heredadas y cadenas de suministro tradicionales. Las mejoras tecnológicas y el cambio hacia plantas de cogeneración de calor y electricidad han ayudado a que se produzca una disminución de la intensidad de las emisiones, pero el uso mundial de combustibles fósiles en este sector se mantiene a niveles alarmantes.
El gran reto de romper el estancamiento verde
La paradoja del momento está en contraste con las otras tecnologías limpias: mientras que en los últimos cinco años la capacidad de la energía solar fotovoltaica ha crecido por 4 y la eólica por 2 y la venta de coches eléctricos se disparó, el uso de las energías renovables en los sistemas de calefacción urbana ha experimentado una congelación casi total.
Hoy en día, las energías renovables solo acaparan un pequeño 7% de la producción de calor de distrito. Dicho porcentaje se encuentra muy concentrado en unos pocos países que han conseguido hacer convivir políticas públicas de apoyo firmes con recursos naturales locales explotables y una planificación urbana muy adaptada. Las redes existentes ya están construidas y listas, lo que hace que suponga una oportunidad ideal de llevar a cabo un cambio de combustible e integrar tanto la energía verde como el calor residual de las industrias.
