Una fuente de energía que muchos creían enterrada… hoy vuelve a escena.
Durante años, fue señalada como peligrosa, costosa y difícil de manejar. Un modelo del pasado que el mundo intentaba dejar atrás.
Pero ahora, en medio de una crisis energética que no da tregua, está regresando al centro del debate.
Y lo más llamativo es quién está liderando ese cambio: Estados Unidos.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿por qué la mayor potencia del mundo está dispuesta a asumir los riesgos de una energía que otros países intentaron eliminar?
El mundo sigue buscando nuevas fuentes de energía
Durante años, la respuesta al dilema energético era clara: el futuro es la energía solar y eólica.
Los gobiernos firmaron acuerdos, las empresas se comprometieron con metas de carbono cero y las energías renovables crecieron a un ritmo que parecía suficiente para cubrir la demanda futura.
Todos de acuerdo. Pero algo cambió. La inteligencia artificial hizo su aparición para transformar todos los planes.
No solo está transformando industrias y formas de trabajo por completo. También está modificando la forma en que consumimos energía.
Los centros de datos, el corazón de esta revolución, necesitan electricidad constante. Sin pausas. Sin interrupciones. 24 horas al día.
Y ahí aparece el problema.
Ni el sol ni el viento pueden garantizar ese nivel de estabilidad por sí solos. Dependen del clima, no de la demanda. Y la demanda no deja de crecer.
Las grandes tecnológicas lo saben. Empresas como Google, Amazon, Microsoft y Meta están invirtiendo miles de millones en nuevos centros de datos en todo Estados Unidos.
Y cada uno de ellos necesita una cosa: energía continua.
La energía continua menos esperada
El dilema es claro: la demanda crece y las energías renovables no pueden seguir el ritmo.
El gas natural tiene un coste ambiental y choca directamente con aquellos objetivos de “cero emisiones” de las empresas. No es una contradicción menor, es el centro del debate energético de los próximos años.
El conflicto en Medio Oriente y el cierre del estrecho de Ormuz volvieron a poner sobre la mesa un problema que muchos creían controlado: la seguridad energética.
Un desequilibrio en el sistema impacta de forma global.
Ante esto, el Departamento de Energía de Estados Unidos busca acelerar proyectos, reducir barreras regulatorias y acercar la producción eléctrica a los grandes centros de consumo.
Lo más curioso es que los esfuerzos se dirigen hacia una energía que parecía olvidada.
Una que muchos creían demasiado arriesgada para volver.
La energía que vuelve cuando más se necesita
Se trata de la energía nuclear, y el regreso no tiene nada de tímido.
EE.UU. elimina las barreras financieras de la energía nuclear y apunta a multiplicar por cuatro la capacidad nuclear del país para 2050, con metas intermedias que incluyen nuevos reactores en construcción antes de que termine esta década.
Las grandes empresas tecnológicas también han dado el paso.
Microsoft llegó a un acuerdo para reactivar parte de la central de Three Mile Island en Pensilvania, la misma planta que protagonizó el accidente nuclear más grave de la historia estadounidense, para alimentar sus centros de datos.
Amazon, por su parte, adquirió un campus directamente conectado a la central nuclear de Susquehanna, también en Pensilvania.
The White House ha modificado las normas tendientes a agilizar los procesos de aprobación para el despliegue de pequeños reactores modulares, con el objetivo de tener los primeros en funcionamiento a principios del 2030.
Lo que hace unos años parecía una conversación cerrada vuelve a estar en el centro de la política energética.
Estados Unidos no está ignorando los riesgos de la energía nuclear, los está sopesando frente a algo que considera más urgente: no quedarse sin la electricidad que necesita para competir en la carrera de la IA.
Aunque la energía nuclear no es la única a la que se está apuntando, EE.UU. propone la energía geotérmica como la próxima generación.
