La energía solar y la eólica tienen un problema que se repite una y otra vez.
A veces producen tanta electricidad que sobra.
Y otras veces, justo cuando más se necesita, no generan suficiente.
Para una empresa como Google, que tiene centros de datos funcionando las 24 horas del día, esa contradicción se ha convertido en uno de sus grandes desafíos.
Porque comprar energía renovable a lo largo de un año ya no es suficiente.
También hace falta disponer de electricidad limpia en las horas en las que no hay sol o el viento deja de soplar.
Y quizá la compañía haya encontrado una parte de la respuesta en Irlanda.
No en una nueva mina de litio.
Ni en una batería convencional.
Sino en un enorme domo lleno de dióxido de carbono.
¿Cómo puede una cúpula llena de CO2 convertirse en una gigantesca batería?
Cómo funciona el domo de CO2
Puede parecer extraño al principio, pero la idea es bastante sencilla.
Cuando los parques eólicos o solares producen más electricidad de la que la red necesita, ese excedente se utiliza para poner en marcha unos compresores que trabajan con dióxido de carbono dentro de un sistema completamente cerrado.
El gas se comprime hasta convertirse en líquido y la energía queda almacenada en el proceso.
Después, cuando la demanda aumenta o la producción renovable disminuye, el sistema hace exactamente lo contrario.
El CO2 vuelve a expandirse, pasa a través de una turbina y esa turbina genera electricidad que se devuelve a la red.
Todo ocurre dentro del mismo circuito.
El dióxido de carbono no se libera a la atmósfera y puede utilizarse una y otra vez en cada ciclo de carga y descarga.
La imagen es curiosa.
El enorme domo que almacena el gas cambia de volumen según la batería se carga o se descarga, casi como si respirara.
Y ahí está una de las características que más interés está despertando.
Esta tecnología no depende de litio ni de otros minerales críticos que suelen utilizar las baterías convencionales.
Las ventajas de almacenar energía sin depender del litio
La propuesta de Energy Dome intenta resolver un problema que las energías renovables todavía no han conseguido superar por completo.
No basta con producir electricidad limpia.
También hay que guardarla para cuando haga falta.
Las baterías de larga duración se han convertido en una de las grandes piezas que faltan en la transición energética.
Y es precisamente ahí donde esta tecnología quiere hacerse un hueco.
La planta que se construirá en el condado de Offaly, en Irlanda, tendrá una potencia de 23 megavatios y una capacidad de almacenamiento de 200 megavatios hora.
Detrás de las cifras hay algo bastante fácil de entender.
Se trata de una instalación diseñada para almacenar grandes cantidades de electricidad y devolverlas a la red durante varias horas cuando las energías renovables no puedan cubrir toda la demanda.
Los ingenieros han elegido además un lugar muy simbólico.
La planta se levantará sobre los terrenos de una antigua central térmica de turba.
Un espacio que durante años estuvo ligado a la generación de energía convencional y que ahora tendrá una segunda vida vinculada al almacenamiento de electricidad limpia.
Un posible salvavidas para un sistema eléctrico cada vez más complejo
Que este proyecto llegue precisamente a Irlanda no parece una casualidad.
El país dispone de una enorme capacidad eólica y cada vez produce más electricidad renovable.
Pero también se enfrenta a un problema cada vez más frecuente.
Hay momentos en los que se genera más energía de la que la red es capaz de absorber y transportar.
En ocasiones, incluso es necesario reducir la producción de algunos parques eólicos para evitar sobrecargas en el sistema.
Al mismo tiempo, la demanda sigue creciendo.
Especialmente por la presencia de centros de datos, que necesitan un suministro constante de electricidad durante todo el día.
Por eso el almacenamiento está empezando a ocupar un papel tan importante.
Poder guardar parte de la energía que sobra en determinados momentos y utilizarla después puede ayudar a que las renovables sean más útiles y estén disponibles durante más horas.
Por sí sola, esta enorme batería de CO2 no resolverá todos los desafíos de la transición energética.
Pero sí puede convertirse en una demostración importante de algo que el sector lleva años buscando: una forma de cubrir el espacio que existe entre las renovables baratas y la posibilidad de disponer de electricidad limpia a cualquier hora del día.
