La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) y UNICEF dieron la alarma y lanzaron un grave mensaje internacional advirtiendo que las amenazas climáticas han interrumpido la educación de más de 171 millones de estudiantes en 2025. Un nuevo estudio que revisó datos oficiales de 106 países y territorios señala que uno de cada diez alumnos de educación preescolar, primaria y secundaria sufrió la interrupción o la cancelación de sus clases debido a amenazas climáticas. Esta crisis sin precedentes pone de manifiesto que las sequías extremas, los incendios e incluso las tormentas no interrumpen de manera temporal el aprendizaje, sino que arrasan infraestructuras importantes, desarraigan comunidades enteras y expulsan de forma definitiva a los niños y niñas más vulnerables del sistema formal de la educación.
Magnitud del impacto y fenómenos destructivos
Las tormentas severas son las explicaciones más evidentes para las interrupciones, dado que se estima que azotaron a 109 millones de alumnos. Los sistemas frontales severos, que con los vientos de categoría huracán, devastan localidades a través de miles de millas, arrasan las techumbres de las aulas de clase y dificultan el acceso. A la par, las inundaciones masivas alcanzaron a más de 70 millones de niños y las olas de calor abrasantes, que provocaron temperaturas de más de 100 °F durante jornadas enteras en lugares con poca ventilación, también llevaron a la suspensión de clases como medio de protección de cerca de 50 millones de menores.
De todos modos, las perturbaciones impactaron a los niños de todas las economías de ingreso, pero tres de cada cuatro estudiantes afectados provenían de países de ingresos bajos o de ingresos medianos bajos, donde las comunidades no tienen la infraestructura para sustituir el aprendizaje.
Los efectos económicos y la vulnerabilidad de género
Las secuelas que dejan estas interrupciones abiertas no equivalen solamente a una pérdida de días de clase, sino que también afectan gravemente la futura estabilidad financiera de muchos de los países más vulnerables. El documento reitera que la falta de acción del gobierno frente a las interrupciones podría producir una pérdida de unos mínimos de US$200 000 millones de la esperada generación de ingresos de por vida de esta generación de niños y de niñas de hoy en día.
La pérdida económica es todavía más fuerte en los cuarenta países en los que se produjeron interrupciones educativas durante el año 2025. Por ejemplo, Madagascar se vio expuesta a ciclos de sequías y ciclones estacionales y en el caso de España, las lluvias extremas y las olas de calor destruyeron los calendarios escolares limitando la productividad a largo plazo. En este complejo contexto, las niñas están más amenazadas al salir de la escuela para siempre cuando hay interrupciones de las instalaciones educativas como consecuencia de alteraciones climáticas.
Estrategias de resiliencia y financiamiento inmediato
Como resultado de dicho análisis, a pesar del sombrío diagnóstico que imprime el mismo, también se dibujan soluciones prácticas y probadas que ya están logrando asegurar la continuidad del aprendizaje en medio de la furia de la naturaleza. Parte de la estrategia consiste en incluir la resiliencia climática en la planificación nacional de tal modo que se puedan activar de inmediato los métodos de aprendizaje a distancia en la crisis.
Ahora bien, esto requiere una inversión masiva en infraestructuras físicas que sean capaces de resistir la naturaleza, lo que implica construir edificios con cimientos sólidos que aguanten las inundaciones e incorporar sistemas de refrigeración correctamente dimensionados para hacer frente al calor abrasador, de modo que las instalaciones se parezcan más a refugios seguros que a edificios en sí mismos.
Para llevar a cabo esta transformación estructural necesaria, UNICEF lanza un llamamiento urgente a los gobiernos y a los socios internacionales a incrementar drásticamente la inversión nacional e internacional para la resiliencia de las escuelas.
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