Internacionales

Es tiempo para una conexión real

Encuentro G20 en Hamburgo – Un contribución anónima desde Quito, Ecuador - G20-Treffen in Hamburg – Ein anonymer Beitrag aus Quito, Ecuador (al pié, versión en alemán)

Escribimos estas palabras por los pueblos del planeta. Los pueblos que están atravesando crisis múltiples: dolores, conflictos, enfermedades, miedos, opresiones, deportaciones, violencia, peleas, hambres, guerras. Escribimos porque estamos convencidos de que el sufrimiento constante no está en la naturaleza de nuestra existencia y que el humano no es el lobo del humano. Escribimos por ellos que perciben parecido. Escribimos por los pueblos indignados que ya no quieren indignarse.

La crisis no es una simple crisis económica. Es una crisis de cómo nos relacionamos con el mundo: aislados en nuestras islas tecnológicas defendiendo nuestro “bienestar” con rejas, armas y cámaras, víctimas del miedo difundido por los medios de comunicación y con mucha conexión WiFi, pero poca con el entorno que habitamos. No nos vamos a perder en un análisis sobre el estatus quo, sino que compartimos lo que decía el filósofo Francés Stéphane Hessel (1917-2013): Está bien indignarse, pero después hay que comprometerse.

Es el paso que nos toca hacer a nosotros, tu, nosotros y los pueblos de esta tierra.

Es tiempo de comprometernos con nuestras vidas. Tenemos que llevar a la práctica lo que estamos hablando con nuestros amigos digitales y reales. ¡Basta con los sueños ajenos que se comparten en Facebook, Twitter y Youtube! Es momento de tejerlos con nuestros propios sueños y materializarlos en nuestras vidas cotidianas.

Sabemos que es difícil, ya que la mayoría de los pueblos hoy en día se encuentran en desiertos de cemento, desilusionados por la presión económica, contaminados por el tráfico, hambrientos por la falta de recursos, congelados por la escasez de calefacción y distraídos por los celulares y computadoras. ¡Tírenlos a la basura! Los electrodomésticos no nos van a ayudar a vivir bien.

Necesitamos las manos, los brazos, las piernas y los pies. Vale la pena cultivar nuestro primer hábitat: el cuerpo. Ojalá que reciba suficiente comida, movimiento, descanso, ternura, sexo y contención. Necesitamos nuestro cuerpo para materializar lo que tenemos en la mente. Si habitamos bien nuestro cuerpo nos sentimos más livianos. Y si nos sentimos más livianos nos movemos más abiertos hacia el mundo y se nos hace más fácil relacionarnos con la naturaleza, independientemente de nuestro color de piel, nuestro sexo, nuestro pensamiento o nuestra bandera.

Estamos hace apenas 40, 60, 80 o 100 años en esta tierra – poco tiempo para pelearnos con nuestro entorno. ¿Qué les vamos a contar a nuestros nietos? ¿Que ya no hay agua limpia? ¿Que los bosques fueron usados para cumplir con nuestras devastadoras formas de vivir y que la tierra en los campos está muerta por haber aplicado demasiados químicos sintéticos? ¿Qué va estar escrito en los libros de historia sobre las primeras dos décadas del siglo 21? ¿Que la humanidad se volvió loca, que no solo se suicidó de a poco sino que iba matando su hábitat del cual dependía?

Les preguntamos entonces: ¿Vamos a aceptar la locura de los que nos gobiernan, elegidos por los que le han metido el miedo durante los últimos años?

El miedo es el paralizador de los pueblos. Es el miedo de nuestra vecina, de nuestro compañero de trabajo, de nuestra amiga en el club o nuestro panadero en la esquina. Ellos eligieron determinado candidato, creyendo que pone orden al caos y limita la crisis. Y probablemente los juzgamos por eso. Pero ellos son parte del pueblo. Por lo tanto tenemos que buscar el contacto con ellos. Con ellos tenemos que establecer nuevos-viejos valores porque con ellos visitamos las escuelas de nuestros niños. ¡Somos vecinos carajo!

Y lo que posiblemente nos une, es la indignación misma. Esa cosa en común nos distingue fundamentalmente de los que están en la palanca del poder. Ellos saben solo teóricamente lo que significa indignación. Pero no conocen su fuerza. La mayoría de los presidentes, banqueros y gerentes nunca tuvieron que trabajar en la calle para poder comer. Nunca han limpiado baños o servido hamburguesas en una cadena de comida rápida para financiar la escuela de sus niños. Nunca pensaron en migrar a otro país por las tensiones económicas. Ellos no conocen las sensaciones del pueblo porque nunca han estado con él.

Pero más allá del poder que ejecuten sobre nosotros, hay un poder mucho más fuerte que cualquier institución. Es el poder intangible dentro de cada humano, de cada comunidad, de cada pueblo. Es el poder de la autogestión. Es un poder que solo se consigue en unión con otros. Se requiere siempre en situaciones de alerta. Si un sistema está a punto del colapso se necesita la iniciativa desde los cimientos de una sociedad: tu, nosotros y los pueblos de esta tierra.

¡Basta de deprimirnos en casa, entristecernos en nuestras camas, de robar y matarnos en la calle! Nosotros pueblos tenemos la responsabilidad de juntarnos y enfrentar las crisis múltiples. Que parloteen sobre crecimiento económico y sobre los números del producto interno. Que siembren miedo e incertidumbre. Mientras nosotros nos sostenemos y protegemos mutuamente en nuestra búsqueda de armonía y del buen vivir y percibimos la tierra como un organismo vivo, quedará intangible nuestro poder. Juntos transformamos la indignación en compromiso y podemos establecer valores que van más allá del valor financiero y de nuestras posibilidades de consumo.

Entonces, saquemos nuestras manos de las teclas y pantallas y las ponemos en la tierra. ¡Sembrémosla! Es ella la que nos da de comer. Activemos nuestro genio colectivo de nuestros ancestros y de los pueblos de esta tierra y volvamos de las ciudades al campo, a construir casas dignas con lo que tenemos a nuestro alcance: barro, paja, piedra, bambú, madera. Basta con la dependencia del petróleo y las importaciones de productos baratos hechos en condiciones indignas. Sembremos la materia prima como caña, lino u hongos y reactivemos nuestras producciones de ropa. ¡Que la última moda sea la última! Y sobre todo: Reconciliémonos con nuestros vecinos, también con ella o el que votó al otro candidato.

Es tiempo de unión, tiempo de nacer como humanos. Es tiempo de una vida en armonía con nuestro entorno. No solo con los humanos sino también con los animales, plantas, hongos y minerales.

Es tiempo de apagar los celulares y conectarnos con madre tierra, con la Pachamama.  

Es ist Zeit für eine wahrhaftige Verbindung

G20-Treffen in Hamburg – Ein anonymer Beitrag aus Quito, Ecuador

Wir schreiben diese Worte für die Völker dieses Planeten. Die Völker, die multiplen Krisen ausgesetzt sind: Schmerzen, Konflikte, Krankheiten, Repression, Ausschaffung, Gewalt, Kämpfe, Hunger, Kriege. Wir schreiben, weil wir überzeugt sind, dass konstantes Leiden nicht in der Natur unserer Existenz liegt und dass der Mensch nicht des Menschen Wolf ist. Wir schreiben für jene, die ähnlich wahrnehmen. Wir schreiben für die empörten Völker dieser Welt, die sich nicht länger empören wollen.

Die Krise, von der überall die Rede ist, ist keine simple Wirtschaftskrise. Viel mehr ist es eine Krise die verdeutlicht, wie wir zur Welt in Beziehung treten: isoliert auf unseren technologisierten Inseln des “Wohlstands” sitzend und diesen mit Mauern, Waffen und Kameras verteidigend. Unsere WiFi-Verbindung ist wesentlich besser als jene zur Erde, die wir bewohnen. Nun, wir werden uns nicht in Analysen zum Status Quo verlieren, ganz einfach weil wir die Meinung des französischen Philosophen Stephane Hessel (1917-2013) teilen: Es ist gut, sich zu empören aber danach sollte man sich auch verpflichten.

Das ist jener Schritt, den wir wagen müssen – Du, wir und die Völker dieser Welt. 

Es ist Zeit Verantwortung für unser Leben zu übernehmen. Lasst uns das umsetzen, was wir schon immer mit unseren digitalen und realen Freunden diskutieren. Genug fremdträumen auf Facebook, Twitter und Youtube! Es ist der Moment gekommen, in dem wir die geteilten Träume Anderer mit unseren eigenen verweben. Nur so lassen sie sich in unserem Alltag konkretisieren.

Wir wissen, dass das schwierig ist, zumal die Mehrheit der Völker heute in Zementwüsten lebt, desilusioniert ab dem wirtschaftlichen Druck, krank vom vielen Verkehr, hungrig weil kein Geld da ist, frierend wegen fehlenden Heizungen und doch abgelenkt durch Computer, Handys und Kabelfernsehen. Schmeisst sie in den Kübel, die Elektrogeräte! Sie werden uns beim gut lebennicht helfen.

Wir brauchen Hände, Arme, Beine und Füsse. Es lohnt sich unser erstes Zuhause zu kultivieren: den eigenen Körper. Hoffentlich bekommt er stets genügend Nahrung, Bewegung, Entspannung, Zärtlichkeit, Sex und Rückhalt. Wir brauchen unsere Körper, um das zu materialisieren was wir im Kopf haben. Wenn wir unseren Körper gut bewohnen, dann fühlen wir uns leichter. Und wenn wir uns leichter fühlen, dann gehen wir offener durch die Welt und es fällt uns einfacher mit der Natur in Beziehung zu treten – unabhängig von Hautfarbe, Geschlecht, Gedankengut oder politischer Gesinnung.

Wir sind knapp  40, 60, 80 oder 100 Jahre auf dieser Erde – also wenig Zeit, um uns dauernd zu streiten und unser Habitad zu vernichten. Was werden wir unseren Enkeln erzählen: Dass es leider kein sauberes Wasser mehr gibt? Dass die Wälder unserem ausufernden Lebensstil zum Opfer gefallen sind und das die Erde auf den Feldern tot ist, weil wir zu viele synthetische Chemikalien versprayt haben? Was wird in den Geschichtsbüchern über die ersten beiden Dekaden des 21. Jahrhunderts stehen? Dass die Menschheit durchgeknallt ist und sie sich nicht nur Stück für Stück selber umbrachte sondern auch gleich noch den Planeten, von dem sie abhängig ist?

Wir fragen euch also: Werden wir die Verrückheit jener akzeptieren, die uns regieren und die während Jahren Angst in unserer Gesellschaft verbreitet haben und dadurch erst in ihr Amt gewählt wurden?

Angst macht blind und lähmt sämtliche Völker dieser Welt. Es ist die Angst von unserer Nachbarin, von unserem Arbeitskollegen, von unserer Freundin im Club oder unserem Bäcker an der Ecke. Sie haben auf einen Kandidaten gesetzt in der Hoffnung, dass dieser Ordnung ins Chaos bringt und der Krise Grenzen setzt. Und möglicherweise haben wir sie verurteilt dafür. Doch diese Menschen sind Teil des Volkes. Mit ihnen müssen wir den Kontakt suchen. Mit ihnen müssen wir neue-alte Werte schaffen, denn sie sind es, mit denen wir am selben Elternabend unserer Kinder teilnehmen. Wir sind Nachbarn, verdammt nochmal!

Und möglicherweise verbindet uns sogar etwas zentrales: die Empörung selber. Diese Gemeinsamkeit – egal aus welchem politischen Lager wir kommen – unterscheidet uns grundsätzlich von jenen, die an den Hebeln der Macht sitzen. Diese wissen zwar theoretisch, was Empörung heisst. Aber sie kennen nicht deren Kraft. Die Präsidenten, Banker und CEOs mussten nie in der Strasse arbeiten, um sich zu ernähren. Sie haben nie öffentliche Klos geputzt oder in irgendeinem Take-away Hamburger serviert um die Schule ihrer Kinder finanzieren zu können. Sie haben nie darüber nachgedacht, in ein anderes Land zu ziehen, weil der wirtschaftliche Druck in ihrer Heimat zu gross geworden war. Sie kennen die Gefühle der Völker nicht, weil sie gar nie mit deren Lebensrealitäten in Verbindung gekommen sind.

Doch egal wie stark sie ihre Macht über uns ausüben, es gibt eine Macht, die stärker ist als jede Institution und die unantastbar in jedem Bewohner, in jeder Kommune und in jedem Volk innewohnt. Es ist die Macht des selber machens. Eine Macht, die sich nur in Union mit Anderen ausüben lässt. Sie ist immer dann gefragt, wenns brenzlig wird. Steht ein System vor dem Kollaps, brauchts die Initiative vom Fundament einer Gesellschaft: Du, wir und die Völker dieser Welt.

Genug des depremiert zu Hause sitzens, des traurig-sich-ins-Bett-verkriechens, genug des gegenseitigen ausraubens und tötens in den Strassen! Wir Völker haben die Verantwortung uns zusammenzutun und den multiplen Krisen die Stirn zu bieten. Sollen die weiter von wirtschaftlichem Wachstum und selbst gefälschten Statistiken erzählen. Sollen sie weiter Angst und Unsicherheit säen. So lange wir uns auf der Suche nach Harmonie und dem guten Leben gegenseitig stützen und schützen und die Erde als einen lebenden Organismus wahrnehmen ohne den wir nicht existieren könnten, solange bleibt unsere Macht unantastbar. Zusammen transformieren wir die Empörung in Kompromis und können so wieder Werte etablieren, die über die Finanzen und die individuellen Konsummöglichkeiten hinausgehen

Deshalb: Nehmt die Hände von den Tastaturen und Bildschirmen und steckt sie in die Erde. Lasst uns säen! Es ist sie, die uns zu essen gibt. Aktivieren wir das kollektive Gedächtnis unserer Vorfahren und der Völker dieses Planeten und verlassen wir die Städte wieder in Richtung Land. Da können wir uns würdige Häuser mit nachwachsenden Materialien bauen: Lehm, Stroh, Steine, Bambus, Holz. Genug der Abhängigkeit des Erdöls und der Billigkleider-Importe aus Übersee. Säen wir Rohstoffe wie Hanf, Leinen oder Pilze und reaktivieren wir unsere Kleiderproduktion. Und vor allem: Versöhnen wir uns mit unseren Nachbarn – auch mit ihr oder ihm, die den anderen Kandidaten gewählt haben.

Es ist Zeit für Union, Zeit, um als Menschen geboren zu werden. Es ist Zeit für ein Leben in Harmonie mit unserem Umfeld – nicht nur mit den Menschen sondern auch mit Tieren, Pflanzen, Pilzen und Mineralien.

Es ist Zeit unsere Handys auszuschalten und uns mit Mutter Erde zu verbinden, mit pachamama.

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