La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ha tomado la decisión de elevar el tono sobre un fenómeno climatológico. Un fenómeno que, si bien ha pasado a ser tan habitual en las temperaturas de los veranos, está muy mal comprendido por la ciudadanía en general. La OMM advierte que el verdadero riesgo de las temperaturas extremas no está en los picos de calor extremo a los que hemos llegado a ser acostumbrados en las horas del mediodía, expuestos a las radiaciones del sol. El verdadero riesgo está en la ausencia total de enfriamiento de las noches.
La progresiva acumulación de calor y la inercia térmica
La OMM nos invita a reflexionar sobre el directo vínculo existente entre calor específico y la capacidad de cualquier sistema físico de almacenar tal cantidad de calor, a fin de comprender la peligrosidad del fenómeno. Tanto si hablamos de una zona verde poblada de árboles, como de un cerrado barrio privado, como de la nutrida infraestructura de hormigón, acero y asfalto de las megaciudades contemporáneas, estas infraestructuras tienen, también, este fenómeno que la física denomina inercia térmica.
La inercia térmica hace que los materiales puedan absorber con gran lentitud la energía solar durante el día y, por el otro lado, que se requieran de largos y específicos periodos de cálculo para que se libere posteriormente la energía acumulada hacia la atmósfera y se retome la normalidad. Para que aquellos sistemas urbanos y biológicos continúen siendo funcionales y habitables para las personas, han de contar obligatoriamente con un periodo de reinicio térmico.
Si después de una jornada muy calurosa hay una noche fresca, el entorno físico, así como nuestros cuerpos, pueden liberar sin dificultades el calor absorbido, y se reinician de forma natural los contadores térmicos para el día siguiente. El problema mayor y silencioso, como señala la OMM, es cuando a un día sofocante le sigue una noche igual de cálida.
Los niveles dispares de intensidad y de riesgos
Otro elemento que suele resaltar la OMM es que la categorización es sumamente relativa en lo que respecta al medio geográfico local. En este sentido, lo que tal vez los propios sistemas meteorológicos puedan calificar como una noche agobiante y de riesgo alto en ciudades europeas como Londres o Helsinki, sería probablemente calificado como una situación bastante normal y hasta fresca, por las personas acostumbradas a los trópicos de Bangkok o Riad.
Para medir la auténtica severidad de un fenómeno climático tan extremo, se llevan a cabo comparaciones de la temperatura actual con el clima normal que esa zona geográfica ha experimentado en los últimos treinta años, emparejando dichas comparaciones con la capacidad de adaptación cultural y estructural de la población.
La mayoría de las olas de calor a las que nos enfrentamos son durante un periodo en el que la descarga térmica nocturna acaba por ser menor al calor ganado durante el día. Muchas personas tienden a minimizar este tipo de eventos prolongados para confundirlos con el clima o la climatología habitual de la época y existe la idea falsa y socialmente muy extendida de que solamente corre peligro la gente anciana o crónicamente enferma.
El peligro duradero en la etapa de recuperación
Uno de los mensajes más contundentes y contraculturales que quería transmitir la OMM tiene que ver con debilitar ese sentido de bienestar que se genera cuando el pronóstico del tiempo finalmente parece dar una tregua a la población. Es importante valorar que el riesgo de golpes de calor o de colapsos de infraestructura no desaparece justo en el instante en que los termómetros oficiales ya empiezan a registrar ese descenso esperado. Por esta razón, la organización insiste a los gobiernos para que los sistemas de alerta temprana se mantengan activos constantemente y se puedan evitar golpes de calor.
