El Etna lleva siglos siendo uno de los volcanes más observados del planeta.
Sus erupciones han sido estudiadas por generaciones de científicos y su actividad está documentada con un nivel de detalle extraordinario. De hecho, pocos volcanes en el mundo han sido vigilados tan de cerca.
Por eso, parecía uno de esos lugares que ya no guardaban demasiados secretos.
Sabíamos que era un volcán activo, conocíamos muchas de sus señales y creíamos entender bastante bien cómo funcionaba.
Pero una nueva investigación acaba de demostrar algo inquietante: el Etna todavía puede sorprender a los científicos.
¿Qué descubrieron dentro de un volcán que creíamos conocer tan bien?
Cuáles son los secretos que guarda este volcán
El Etna ha estado en erupción, con mayor o menor intensidad, durante gran parte de la historia registrada.
Los antiguos griegos y romanos ya describían su actividad, y hoy sus laderas están cubiertas de instrumentos que miden desde pequeños movimientos del suelo hasta cambios en la composición de los gases que salen del volcán.
La mayoría de sus erupciones suelen producir flujos de lava relativamente previsibles y las grandes explosiones son menos frecuentes.
Precisamente por eso, el Etna daba una cierta sensación de familiaridad. Era un volcán activo, sí, pero también uno de los mejor conocidos del mundo.
Sin embargo, un estudio liderado por investigadores de la Cornell University acaba de cuestionar parte de esa seguridad.
El mismo volcán fue capaz de producir dos erupciones explosivas mediante mecanismos internos completamente distintos.
Dos caminos diferentes, un solo volcán
La violencia de una erupción depende, en buena medida, de los gases que quedan atrapados dentro del magma y de la velocidad con la que este asciende hacia la superficie.
En la erupción del año 122 a.C., el magma era rico en agua y subió lentamente desde unos 22 kilómetros de profundidad.
El proceso fue tan lento que el magma terminó quedándose atrapado a poca profundidad durante semanas. Allí fue acumulando presión poco a poco hasta que finalmente se produjo una explosión muy violenta.
La otra erupción estudiada, conocida como Fall Stratified, siguió un camino completamente diferente.
En este caso, el magma contenía grandes cantidades de dióxido de carbono. Ascendió desde zonas mucho más profundas y llegó a la superficie en apenas unas horas.
La diferencia puede entenderse con algo tan cotidiano como una botella de refresco.
Cuando el gas permanece atrapado y encuentra una salida repentina, todo puede liberarse de golpe.
Eso es, en esencia, lo que ocurre también dentro de un volcán.
En otras palabras, el mismo Etna utilizó dos «tuberías» internas completamente distintas para llevar el magma hasta la superficie.
Y eso deja una pregunta importante en el aire: si un volcán tan estudiado puede comportarse de maneras tan diferentes, ¿hasta qué punto entendemos realmente las señales que emite antes de entrar en erupción?
Un cambio en la forma de interpretar las señales de un volcán
El estudio de Cornell University sugiere que vigilar un volcán no consiste únicamente en detectar que existe actividad.
También es necesario entender desde qué profundidad está ascendiendo el magma, qué gases lo impulsan y con qué rapidez se está moviendo.
Para reconstruir estas antiguas erupciones, los investigadores analizaron diminutas burbujas que quedaron atrapadas dentro de los cristales del magma.
Esas pequeñas burbujas funcionan casi como cápsulas del tiempo. Conservan información sobre la presión y las condiciones en las que se encontraba el magma antes de la erupción.
Ahora el equipo está aplicando el mismo método en volcanes de Chile, Hawái y otras partes del mundo para desarrollar modelos de riesgo más precisos.
Porque lo que el Etna acaba de mostrar es algo tan sencillo como sorprendente: incluso los volcanes que creemos conocer muy bien todavía pueden comportarse de maneras inesperadas.
Y entender cómo ocurrieron las erupciones del pasado podría ayudarnos a interpretar mejor las señales que aparezcan antes de la próxima.
