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Abejas y mariposas, víctimas de sicarios sistémicos

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El sistema de concentración del capital, ése que domina el mundo, envenena a las abejas y termina con el refugio de las mariposas. Es el mismo sistema que hambrea niños, que les dispara por la espalda y que los separa del territorio de los privilegios por su escasa rentabilidad.

La muerte de 72 millones de abejas en Traslasierra, el crepúsculo de la miel, el peligro de extinción de las mariposas monarca y la consecuente retirada de los espíritus de los muertos que viajan con ellas es la declinación de la vida. En el país hay un millón y medio de colmenas menos que en 2010.

Y el glifosato está arrasando con el algodoncillo donde las monarcas se alimentan y ponen sus huevos.Fue el SENASA el que finalmente confirmó que la muerte, hace poco más de un mes, de 72 millones de abejas fue por envenenamiento con agroquímicos. Y es el mismísimo INTA el que admite que el 80 por ciento de los cultivos depende de la polinización. Bello proceso, trabajo de las abejas y las mariposas. Sin embargo el modelo de producción basado en la super-rentabilidad, el monocultivo y los agrotóxicos es una calavera y dos tibias en el camino de la vida. La muerte de las abejas derrumba la polinización, el consumo interno y las exportaciones por 168 millones de dólares. Además de ese país de leche y miel, la tierra prometida a los niños.“¿Y qué van a hacer con esto?

Porque el modelo productivo no va a cambiar”, les dijo Luis Miguel Etchevere a los apicultores de SADA (*), todavía en vigilia por las muertes masivas. Y le respondieron que “las abejas están desapareciendo. Porque están desapareciendo sus montes, sus bosques, sus flores” porque “el campo se volvió marrón y se sumergió en venenos, que hoy la hipocresía de muchos llama productos fitosanitarios”. Porque el INTA, el año pasado, prohibió el uso del sustantivo agrotóxicos en la Argentina. Como si las palabras envenenaran. “Con las abejas desaparecen además el resto de los polinizadores silvestres, y con ello buena parte de las frutas y verduras que comemos, así como las que alimentan a nuestros animales”.

Un mes después de la masacre de abejas mielíferas, Naturaleza de Derechos –sobre datos oficiales del Ministerio de Agroindustria- desnudó la desaparición del 44 % de las colmenas en ocho años: en 2010 eran 3.264.649. En 2018, 1.828.203. El mapa apicultor coincide con el mapa sojero.

Son víctimas silenciosas de un modelo de producción de alimentos que tiene como herramienta principal el veneno, aunque sea una sombría paradoja. Millones de litros de insecticidas, herbicidas y fungicidas allanan el camino de la riqueza de un ramillete de empresas sin bandera, sostenidas por la transgénesis de semillas y la devastación de todo aquello que sea innecesario. Vano. Excedente. Aunque en el patio del fondo del sistema sean el sostén final de la vida.

Reinas sin tierra

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La cultura náhuatl que florecía en el valle de México las veía llegar y saludaba el regreso de los espíritus de sus muertos caídos en defensa de la tierra. Para ellos la monarca se llamaba quetzalpapalotl o mariposa sagrada.

Cada año emprenden su prodigioso proceso de migración que les consume cuatro etapas de su vida y cuatro generaciones. Las mariposas adultas viajan desde el sur de Canadá hasta los bosques del centro – sur de México para invernar. Como las abejas, las monarca son protagonistas del ecosistema: son profesionales polinizadoras y su vínculo estrecho y amoroso con el algodoncillo los hace imprescindibles la una del otro y viceversa: es la única planta que les da hospedaje a los huevos que después serán larvas y luego orugas que se encerrarán en las crisálidas para cambiarse y salir a la vida con el brillante atuendo de mariposas.

Ninguna investigación científica ha podido saber cómo las monarca, varias generaciones después, siguen encontrando la ruta de migración que han seguido sus ancestros para soportar el invierno. Sin gps ni googlemaps, encuentran siempre el camino de regreso, coincidente en el tiempo con el nacimiento del algodoncillo de primavera.

Sin embargo, desde los 90 son menos. Cerca de un 60% menos. Los cambios de uso del suelo, la tala indiscriminada, el modelo agricultor rehén de los agroquímicos, el uso feroz de glifosato en determinadas zonas de Estados Unidos se han ido devorando el algodoncillo. Y las mariposas monarca (**).

Ellas llegan a México el día de los muertos. Por eso es una fiesta. Porque los espíritus se aparecen de a millones, coloridos y hermosos, para celebrar la vida. Para los aztecas son las almas que tienen su casa en el cielo. Y los guerreros sacrificados en las piras. Y las mujeres que murieron en el parto.

En medio de la sangre y la muerte de la conquista, la esperanza náhuatl se posaba en la mariposa de noviembre. Papalotl en mano, la contemplaban y le susurraban su deseo. Papalotl escuchaba, inmóvil. Después, salía en vuelo. Hasta la flor donde vivía la diosa Xochiquetzal, que tenía la última decisión sobre ese deseo. Los náhuatl se quedaban tranquilos cuando les murmuraban sus secretos: ellas tienen una lengua tan larga y enrollada que pueden guardar millones de secretos y deseos que jamás compartirán con nadie. Salvo con Xochiquetzal.

Ultimas

“Cuando se muera la última abeja, cuatro años después, desaparecerá la especie humana”, dijo Einstein, tan lejos del glifosato y el 2-4D.

Los apicultores de Traslasierra, con los cadáveres de sus mielíferas en las manos, le dicen a Etchevere que “el actual modelo agroindustrial es antiético, porque destruye los entramados sociales, productivos y económicos de nuestras comunidades, condenando a la miseria a sus ciudadanos y es ecocida, porque daña irremediablemente la tierra, el agua y el aire, envenena nuestros alimentos y mata nuestras abejas”.

El único camino posible es una agricultura sin pesticidas. Un regreso a la tierra y a su productividad sana. Un proceso que no afecta la rentabilidad de los productores sino la de las empresas y los laboratorios que producen los venenos. Los que hoy andan timoneando las palancas de cambio en el planeta. Y siempre con rumbo hacia sus intereses.

Habrá entonces que pegar un volantazo a la vida que declina. Traerla para estas orillas, donde los chicos viajan en mariposa en la búsqueda de otros mundos que puedan construirse con todos. Donde se derogue el hambre con espadas de zanahoria y pan flauta. Y se deporte al veneno con un golpe de colmena y algodoncillo. Con abejas y monarcas en pie.

Por Silvana Melo

2 de mayo, 2018

Notas

(*) Sociedad Argentina de Apicultores

(**) “La disminución en las poblaciones de mariposas monarca en las décadas recientes coincide con la aparición de los cultivos modificados genéticamente para tolerar herbicidas como el glifosato, o para resistir a insectos que podrían ser considerados plaga (…) El uso masivo de glifosato en el medio oeste de los Estados Unidos está arrasando la presencia de las plantas de algodoncillo y de otras plantas que son una fuente de néctar para la alimentación de las mariposas; el algodoncillo es particularmente sensible al glifosato y hasta ahora no se ha reportado la existencia de algodoncillo resistente a este herbicida (Emmanuel González-Ortega, Biodiversidad en América Latina y en el Caribe).

Edición: 3605

Ecoportal.net

Fuente: Pelota de Trapo

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