Agua

El viejo timbó

Una brisa suave y fresca del sur cruzaba la laguna grande generando diminutas olas, aportando una melodía más a la madrugada. Las pajas bravas, los sauces jóvenes en la playada, los alisos, los juncos y las mburucuyá se sumaban al concierto. La luna llena se recostaba en el oeste, tiñendo de plata una noche techada de estrellas que lentamente se iba despidiendo. Para el lado de las Cuatro Bocas, el alba comenzaba a modificar los colores de un paisaje que iba creciendo.

Por Gustavo Piérola

Una brisa suave y fresca del sur cruzaba la laguna grande generando diminutas olas, aportando una melodía más a la madrugada. Las pajas bravas, los sauces jóvenes en la playada, los alisos, los juncos y las mburucuyá se sumaban al concierto. La luna llena se recostaba en el oeste, tiñendo de plata una noche techada de estrellas que lentamente se iba despidiendo. Para el lado de las Cuatro Bocas, el alba comenzaba a modificar los colores de un paisaje que iba creciendo.


Por el medio de la laguna, un pescador cruzaba con su carpinchera. El fondo plateado permitía ver cuando la tacuara se clavaba en el barro impulsándolo a su destino. Él iba de pié. Firme y concentrado acompañaba la música del viento cantando y silbando uno de los himnos a las islas y al Paraná, “Madrugada del pescador”, de Polo y el Zurdo Martinez.

Mientras surca el ancho río
en la madrugada clara
una canoa que deja
el ritmo de las remadas,
se oye un silbo que trasunta
río, hombre, cielo en calma…
Pescador del Paraná,
te acompañaré hasta el alba,
para que la soledad
no logre apagar tu llama.
Hermano del corto sueño
y de la esperanza larga,
pescador del Paraná
te acompañaré hasta el alba…

Fue amaneciendo, la luna no quería irse pero el sol le fue robando protagonismo. La laguna se hizo mar, aparecieron arroyos, más islas, otras lagunas y el verde fue cada vez más verde; se abrieron flores y la Dama de la Noche se fue cerrando; dos chajaes le daban la bienvenida al nuevo día.

La última crecida del río Paraná, hizo el trabajo de siempre, un trabajo de miles y miles de años. Este “pariente del mar”, amado y cuidado por siglos por los pueblos originarios, ha acarreado y acarrea millones y millones de toneladas de sedimentos. De esta manera, se van formando centenares de islas a lo largo de su recorrido y terminan dando vida a uno de los ecosistemas más hermosos y ricos que poseemos, el delta argentino.

El viejo timbó no quería abandonar la isla. Hacía muchos años su semilla original llegó quién sabe cuándo, cómo y de dónde, flotando con la corriente, en los camalotes, con las aves; comenzó a crecer junto a sauces, ceibos, curupíes y otros, en la ribera de una de las tantas islas que forman esta región de nuestro país.

La agresiva corredera de agua marrón fue socavando el albardón, de floja consistencia, mezcla de limo, arcilla y arena. Como si sus raíces fueran garras, se aferró como podía a lo poco que quedaba de la barranca donde creció. Su viejo tronco parecía cansado y se iba inclinando ante la furia de un río que diariamente va modificando todo, cambiando vida por vida. Lo acompañaba, abrazándolo, una Flor de Patito que abría sus flores a medida que el sol la calentaba.

No se resignaba a dejar aquel lugar, un paisaje que lo envolvía, entre arroyos, lagunas y una flora y fauna con una diversidad única.

Sus ramas se abrían como largos brazos y eran el refugio de loros, horneros, zorzales, benteveos, juancho chiviros, cardenillas y tantos otros.

Desde una de las ramas que acariciaba el río, un martín pescador fijó la vista en un cardumen de mojarrines esperando el momento justo para el ataque; en lo más alto, un biguá abrió las alas secándose al sol y parecía agradecer formar parte de tanta belleza; apenas por encima, pasaba una bandada de siriríes con su estricta formación habitual.

En una de sus gruesas raíces que ya se mostraban al descubierto estaba José, sentado y en silencio; a su alrededor, jilgueros y chingolos picoteaban semillas e insectos. Estaba inmóvil, con los ojos clavados en un palito de sauce seco que hacía de boya de su mojarrero, una vara de aliso con una piola y un anzuelo. La boya se había metido en una entrada de agua, la misma que iba terminando poco a poco con la vida del viejo timbó. Las mojarras eran para encarnar el espinel que su padre había fondeado del otro lado de la isla, ya que estaban pasando cardúmenes de mandubí y surubí y se pagan bien en Puerto Ruiz, Gualeguay.

No estaba preocupado por el viejo árbol, era la realidad de las islas; otros timboes ya crecían alrededor. Cuando llegara su día, se lo llevaría el río y ayudaría a formar otras islas o su madera blanda se transformaría en calor para su hogar en el duro invierno.

A pocos metros de ahí Luis, su padre, estaba metido hasta las rodillas en la laguna, en el corazón de la isla, tratando de auxiliar una ternera con riesgo de empantanarse, el peligro no era tanto el barro y sí las palometas.

– José, José… vení – gritó el padre.

– Ahí voy, ahí voy, está picando.

La ternera, siguiendo a su madre, se había atascado en el barro lagunero. Ante el griterío de padre e hijo, casi no quedaron aves en la laguna; patos rosados, sirirí, marruecos, garzas blancas, moras y cigüeñas levantaron vuelo buscando mayor tranquilidad en islas vecinas. Las gallaretas parecían correr encima del agua. Un carpincho sumergido entre los camalotes, al igual que unas tortugas, desconfiados, apenas dejaban ver sus ojos; un par de culebras abandonaron la cacería de unas ranas distraídas con pequeñas langostas; un pacaá apuró el paso entre los pajonales. El agua pura y cristalina de la laguna dejaba ver los lomos de unos sábalos mezclados entre los irupés; el borbollón producido por un dorado los hizo alejarse al instante, unos patos zambullidores hicieron lo mismo entre los canutillos.

La isla Los Talas, llamada así por los pobladores, está ubicada del lado entrerriano, a media hora de viaje en lancha desde Puerto Ruiz. Es una isla grande con bastante altura lo que la hace habitable también por el ser humano; durante años, las crecidas fueron dejando su riqueza de sedimentos naturales, ramas, arcilla, raigones, limo, árboles, arena, canutillos, camalotes, frutos, huevos y demás, construyendo así la base de formación y crecimiento de este hermoso paraje entrerriano. Los espinillos, talas y algarrobos comprueban la altura y la edad de la isla.

José tiene quince años, nació en el lugar sin necesidad de médico ni partera, es el mayor de tres hermanos y el soporte principal en las tareas de la casa, la huerta y los animales. Así mismo, diariamente concurre a la escuela cerca del puerto. Una lancha realiza la ronda buscando y llevando a hijos de pescadores, puesteros y pequeños productores.

Luis llegó con sus padres cuando era muy pequeño. Aprendiendo a caminar, fue testigo cuando sus hermanos mayores ayudaron a levantar el rancho de adobe, alisos, sauces y paja. El padre de Luis, don Aurelio, fue el primero en habitar la isla; llegó solo, cuidando un centenar de vacas de un patrón que tenía campos en la zona de Nogoyá. La isla no era de este estanciero, pero tenía influencias en el gobierno de la provincia y había conseguido el permiso para criar ganado en islas fiscales, por supuesto, a cambio de asados con cuero y otros aportes en épocas de campaña. Colonos criollos y europeos fueron ocupando el hábitat donde antes lo hicieron los chanás; los planes de Sarmiento y Mitre también llegaron a estas islas.

Al poco tiempo llegó la familia completa, doña Elena, Juan, Ramón y Luis. No fue fácil para ellos, pero era gente de trabajar duro, criada en el campo, corrida por las grandes estancias. Poco a poco se fueron acomodando.

Luis tuvo la suerte de concurrir a la misma escuela de José. En aquella época lo hacía a remo con sus hermanos. Pudo terminar la escuela primaria pero el trabajo no le permitió completar la secundaria; por eso soñaba con que José sí pudiera lograrlo.

Con el tiempo, sus padres murieron y sus hermanos emigraron para tierra firme en busca de otras posibilidades de trabajo. La historia de Luis fue diferente, se aferró a esa isla como lo estaba haciendo el viejo timbó en la barranca, allí estaban sus raíces, allí estaba su vida. En ese entorno fue creciendo y se hizo hombre, peón, ganadero, pescador, agricultor; sembró huertas, frutales, crió animales propios y ajenos, y fundamentalmente amó esa tierra y la cuidó, como nadie, de turistas, cazadores y pescadores que se acercaban al lugar, siempre tratando de educar al visitante. Así, fue maestro, consejero y guarda parque sin salario.

– Buenas tardes, ¿cómo va la pesca? – preguntó Luis a un grupo de acampantes, montado a su alazán.
– Bien, da para comer y disfrutar el paisaje.
– Mi nombre es Luis, ¿y el suyo?
– Turco, me dicen Turco y ellos son Corete, Lulo y Jano.
– ¿De dónde son?
– De Paraná.
– Les pido un favor, amigos.
– Claro…
– No maten por matar, no corten árboles vivos y lleven la basura para la ciudad.
– Ningún problema, así lo hacemos siempre.
– Linda lancha, no anden rápido, muchas aves tienen sus nidos en las orillas, en los juncales o en los canutillos. ¡Ah!, atenla bien que puede venir tormenta.
– Bueno, bueno, gracias.
– Disfruten del lugar y vuelvan cuando quieran


En una fiesta de la comunidad isleña, en homenaje al Cristo de las redes, Luis conoció a María, también hija de isleños y entre chamamé y chamamé le declaró su amor a la mujer que sería la futura madre de sus hijos; juntos formaron una nueva familia que se incorporó para siempre a ese paisaje.

Llegaron los hijos, y el hogar de adobe y paja fue cambiando por ladrillos y chapas. La venta en el puerto de frutas, pescados, chivos y algunas terneras lo fue permitiendo.

– José, tirá fuerte de la soga que yo le levanto las patas y la vamos sacando.

Poco a poco la ternera fue liberada y pudo salir detrás de su madre. Padre e hijo se tomaron un descanso debajo del viejo timbó. Luis armó un cigarro mientras José continuó llenando de mojarras un pequeño balde.

El martín pescador lo miraba desde lo alto con cierta envidia. Unos morajú husmeaban un nido ajeno en la Uva del Diablo entrelazada a otra rama.

Ya el sol estaba cayendo sobre la laguna grande que hacía de espejo, dorando todo el atardecer. En lo alto, una calandria, brava como siempre, alejaba un aguilucho que amenazaba sus pichones.

A José le gustaba mucho ir a la escuela, allí estaban los amigos, el deporte y nuevos conocimientos que lo acercaban al mundo y su padre no dudaba en compartirlo con él.

– ¿Cómo fue la escuela hoy hijo?
– Bien padre, tuvimos una clase sobre ecología, medio ambiente y el cuidado de nuestra tierra. El martes que viene es 5 de junio, día mundial del medio ambiente.
– Muy bien ¿Con la maestra?
– Sí, y con unos muchachos de una agrupación ecologista que nos vinieron a hablar de nuestras islas.
– ¿Y qué dijeron? – se interesó el padre.
– Eran de Victoria y estaban preocupados con la posibilidad de que el gobierno de la provincia permita la siembra de arroz y soja en las islas.
– ¿Aquí, en nuestras islas?
– Parece que sí, pasaron una película y nos dieron este papel.
– A ver, contame…

José incorporó muy profundamente las enseñanzas de sus abuelos, de sus tíos y ahora de su padre y aprendió a amar y a defender todo aquello. Recordando la película, con el papel en la mano y con mucho entusiasmo comenzó a contarle todo lo vivido aquel día en la escuela.

– La película se llama “El Delta no se toca” y empieza mostrando imágenes del delta desde un helicóptero. Reconocí algunos lugares papá…
– Sí, ¿cuáles? – ahora el que se entusiasmaba era el padre.
– La isla de Las Tacuaras, La Laguna Brava, el Remanso del Diablo, el Monte de las Lechuzas, la casa de don Manuel – y así fue avanzando en el relato.
– Nos contaron sobre convenios internacionales para defender los humedales…
– ¿Humedales, qué son los humedales?
– Son las zonas con mucha agua papá, como el delta – sigo… – que hay que defenderlos por su valor económico sustentable, hídrico, cultural, científico y recreativo y principalmente por el insustituible ecosistema existente; sobre acuerdos entre las provincias en el mismo sentido y estructuras del estado para desarrollarlos y controlarlos.
– ¿Ecosistema?, hablame en criollo che…
– Bueno, ecosistema es cuando hay un equilibrio entre quienes viven en una región, como acá.
– Y claro, mirá todo el bicherío que hay.
– ¿Y cómo es eso de la soja y el arroz? – insistió el padre.
– Ahí está la mayor preocupación de ellos. Nos hablaron sobre las leyes que se fueron creando para la defensa del delta y ahora, otras que borran las anteriores permitiendo primero la ganadería y ahora la agricultura intensiva.
– Pero… ¿la ganadería es mala?
– Dicen que en las islas sí, porque va cambiando ese ecosistema. Te acordás de la gran quema de pastizales, era por la ganadería, hay más de doscientas mil cabezas de ganado en las islas y eso no es bueno.

Y así, relatando y leyendo José casi no paraba, leyó textualmente cuando el escrito mencionaba al Gobernador y sus legisladores, quienes consideraban estas tierras improductivas, derogaron las leyes anteriores sin consultar a la sociedad, permitiendo con una nueva ley, que se produzca arroz y soja en el delta lo que implicaría el uso de agroquímicos, plaguicidas y la modificación de todo el sistema hídrico natural, lo cual causaría la muerte de todo lo que vive y ha vivido en el delta durante miles de años, inclusive el agua y, por supuesto, el ser humano. Además le daban la concesión de estas tierras y los puertos de la región por noventa y nueve años a una empresa, Arroz del Delta Entrerriano S.A., endeudando también a la provincia con créditos. Todo esto, para el beneficio de unos pocos y en detrimento de todos. Contaban como destruyeron los montes, en otras provincias están destruyendo las montañas, los ríos y ahora vienen por las islas.

– ¿Y cómo quedó todo ahora? – preguntó Luis muy preocupado.
– Gracias al trabajo de estos muchachos y de mucha gente, tuvieron que derogar esta nueva ley, pero continúa el alerta ya que el delta quedó sin resguardo jurídico.
– ¿Derogar?
– Anularla, borrarla papá.
– ¿Qué podemos hacer?
– Y, lo que ellos hacen, hablar con la gente, denunciarlos y defender lo nuestro.
– Prestame ese papel, el sábado tenemos una reunión de pescadores y productores, voy a llevar este asunto.
– Buenísimo, papá.
– Nos reunimos en la cooperativa por el tema de los acopiadores de pescados y por el precio de la miel. ¿Cómo los ubicamos a esos muchachos, a los, ¿cómo se dice?…ecologistas.
– La maestra los conoce.

Ya el sol mostraba sus últimos gajos de fuego para el lado de la curva de Las Iguanas; un casal de zorzales se acomodaba en el viejo timbó, un lobito de río apenas se veía saliendo de la laguna con una boguita apretada entre los dientes, gaviotines, gallitos del agua y pacaás competían con su canto despidiendo la tarde.

Padre e hijo regresaban para la casa terminando la jornada, arreando unos chivos hacia el corral. La ternera ya estaba con su madre junto a la batea. Un par de nutrias y un carpincho criados por los gurises comían pomelos caídos del árbol.

– ¿Islas improductivas? – se preguntó Luis casi murmurando.
– ¿Cómo improductivas?, y todo lo que nos dan, ¿qué haríamos sin ellas? … ¡Qué locura!
– Papá, los plaguicidas y agroquímicos, ¿son muy venenosos?
– Sí, hijo, tu tío Ramón siempre cuenta sobre eso. Él trabaja en la estancia de unos franceses por la zona de Urdinarrain; son diez mil hectáreas, donde no hay árboles, pájaros, ni perdices se ven. Hay gurises enfermos por la mugre que tiran. Pero el peor veneno es la crueldad, la avaricia, la enfermedad por la plata. No respetan nada, ni siquiera la vida respetan.
– No señores…, ¿cómo se llama la película?
– El Delta no se toca.
– Sí, eso, eso, el Delta no se toca.

Llegando a la casa, ya se sentía el delicioso aroma de un guiso calentándose en la olla de hierro. María retiraba los panes del horno mientras Pedro, el más pequeño, jugaba al panadero con restos de masa y harina. Julia, la segunda, se entretenía aprendiendo a hacer unos cestos de mimbre.

– Hijo, en un rato vamos a encarnar el espinel con tus mojarras.
– Claro papá.
– ¿Puedo ir? – preguntó Pedro.
– Vení, cara con harina, dame un abrazo.

José se quedó debajo de la higuera preparando los faroles a kerosene. Por un momento quedó pensativo y disfrutando el atardecer; la silueta del viejo timbó quedó gravada en el centro rojizo del horizonte, la Dama de la noche abrió sus flores y le regaló su perfume.

Desde la laguna grande, el viento le llenó los oídos de música y de esperanza; apenas perceptible, podía escuchar a don Manuel en su carpinchera cantando nuevamente la “Madrugada del pescador”.

Y José sonrió. www.ecoportal.net

Gustavo Piérola – Paraná – Entre Ríos

Estos artículos también podrían interesarte

Agrega un Comentario

Pulsa aquí para hacer un comentario