Contaminación

Desproporción

En el caso español, tenemos disperso por todas partes (basta asomarse a una ventana para verlo) unas tres millones de toneladas de amianto que nos acompañan cuando respiramos, comemos, bebemos o trabajamos. Se desprende de los coches, edificios, tuberías, depósitos, tejados, y así hasta de miles de objetos. Hay unos 60 kg de amianto instalado o en vertederos incontrolados per cápita. Como están prohibidos nuevos usos desde 2003, esta cuenta no aumentará, pero ya es suficiente. “Un solo gramo retenido en los pulmones basta para desencadenar una asbestosis”

Por Paco Puche

En el caso español, tenemos disperso por todas partes (basta asomarse a una ventana para verlo) unas tres millones de toneladas de amianto que nos acompañan cuando respiramos, comemos, bebemos o trabajamos. Se desprende de los coches, edificios, tuberías, depósitos, tejados, y así hasta de miles de objetos. Hay unos 60 kg de amianto instalado o en vertederos incontrolados per cápita. Como están prohibidos nuevos usos desde 2003, esta cuenta no aumentará, pero ya es suficiente. “Un solo gramo retenido en los pulmones basta para desencadenar una asbestosis”


Vació el bidón de arsénico en la planta potabilizadora que abastecía a toda la ciudad. Sabía que su mujer siempre bebía agua del grifo. Manuel Moyano (Del libro Teatro de ceniza)

Cesare Beccaria, ya en el siglo XVIII, sostenía que por robar peras no te pueden ahorcar, por lo que el principio de proporcionalidad debe regir en el mundo penal, al igual que en el cotidiano.

El marido airado en un alarde de imaginación y crueldad mataba moscas a cañonazos, fantasea el poeta.

Pero la imaginación del narrador se queda en mantillas ante las invenciones de la realidad social.

Dos casos tomados de la vida real vienen a ilustrarnos.

El primero en el tiempo nos traslada a la ciudad de Duluth, en Estados Unidos, allá por 1955.

Con el desarrollo de una nueva técnica de extracción de hierro a partir de un mineral llamado taconita, cuyo contenido metálico es del 30%, se empezó la explotación minera de una montaña próxima a la ciudad de Duluth. Cada día se echaban a un lago próximo miles de toneladas de restos pulverizados. Por ejemplo, en 1965 se arrojaban a diario 67.000 toneladas de esos restos pulvígenos. De resultas, esas aguas del lago, de las que se suministraba de agua potable a la ciudad, empezaron a aparecer de color verduzco. Primero se sospechó que fuesen algas, pero hecho el análisis de la taconita se descubrió que el 20% de la misma era amianto. Se podía pues estimar que las aguas del lago, que luego pasarían a usos domésticos, habían recibido durante cerca de 20 años millones de toneladas de este mineral mortífero.

La epidemiología, esa ciencia de la probabilidad de enfermar, mostraba que los trabajadores del amianto tenían una propensión a padecer cáncer de estómago (aparte de otras enfermedades) en un porcentaje tres veces superior a los obreros de actividades no cancerígenas. Se podría sospechar que no sólo la inhalación del polvo de amianto es cancerígena sino también su ingestión.

Cuando se celebraba el juicio contra empresa contaminadora, en 1973, el afamado Dr. Selikof, máximo especialista en patologías del amianto, declaró como entendido en la materia lo siguiente: “No conoceremos los efectos precisos en materia de cáncer más que dentro de veinticinco o treinta y cinco años. En mi opinión es una especie de ruleta rusa en que no se sabe en qué lugar está la bala”. El amianto produce sus fatales efectos, justamente, a los veinticinco o treinta años de ser inhalado o ingerido.

Seguimos esperando resultados.

(Un Tribunal acabó prohibiendo los vertidos allá por 1977, 22 años después)

El segundo episodio nos remite a Italia, al pueblo del Piamonte llamado Casale Monferrato, en la cuenca del río Po.

En 1906 se instaló una fábrica de amianto-cemento (la conocida uralita española) que permaneció hasta 1986, ochenta años emitiendo polvo amiantífero. Como era de esperar, (pues desde 1889 (sic) se sabía de las enfermedades que provoca este mineral) han muerto miles de vecinos a causa no sólo del trabajo en la fábrica sino de las ropas contaminadas que llevaban a sus domicilios, emponzoñando a su mujer e hijos, y también a causa del polvo disperso por el ambiente del pueblo. Para hacerse una idea del orden de magnitud de esta tragedia, al día de hoy muere aún un vecino de Casale cada semana a causa de aquellos polvos mortales, 25 años después de cerrada la planta de amianto.

Con motivo del juicio que se celebra actualmente en Turín contra el principal propietario de la empresa, el magnate y filántropo suizo Stephan Schmidheiny, por el que el fiscal pide 20 años de cárcel, un testigo de la acusación, el geólogo Turconi Laura, declaraba “que el lecho del río Po recibía en los últimos veinte años unas 20 toneladas de residuos con amianto a la semana, que en 50 años habían supuesto unas 32.000 toneladas de desechos contaminados vertidos en el río. La escoria acumulada en la orilla trazó un nuevo mapa del río y creó el famoso resultado de las playas en la zona, a la que todos los ciudadanos de Casale asistían como lugar de ocio, picnic, pesca y descanso. Y los niños solían venir aquí a nadar ya que era el único lugar accesible“.

Los residuos de amianto de la fábrica que no iban al río se regalaban a los habitantes que hacían con ellos carreteras, jardines, campos de fútbol, etc., eso durante ochenta años.


El amianto

En sus distintas presentaciones, una vez extraído de sus depósitos naturales tiene la propiedad de deshacerse en pequeñísimas fibras que tienen una longitud del orden de micras (la micra es la millonésima parte de un metro). Por ejemplo, una pulgada de mineral (unos 25 mm) puede dar lugar a un millón cuatrocientas mil fibrillas invisibles. Estas partículas son indestructibles, eternas, por lo que una vez liberadas andan de un lado para otro sin descanso. Al ser inhaladas (o ingeridas) pueden terminar clavándose en los alveolos pulmonares (origen de enfermedades, incluso el cáncer) o en otras vísceras, igualmente dando lugar a futuras graves dolencias.

Al ser un cancerígeno no se conoce dosis segura, por lo que todos los organismos de salud (OMS, IARC, etc.) recomiendan la dosis cero, es decir la prohibición universal de su extracción, manipulación y uso.

Al no ser degradable es acumulativo. Al no ser visible resulta muy peligroso. Al tener un periodo de latencia alto entre la contaminación y la aparición de la enfermedad, hace difícil establecer los nexos de causalidad.

Fruto de estas características, unida a la voluntad decidida de los magnates del amianto de ocultar su letalidad (para lo que desde 1929 han mantenido poderosos lobbys que han logrado ir retrasando su prohibición en distintos países), tenemos el siguiente panorama: más de cien países en donde está permitida su manipulación y uso, y cerca de 300 millones de toneladas de amianto esparcido por todo los rincones del planeta, fuera de su medio natural originario que es donde resulta inocuo, susceptibles de envenenamiento universal. De momento matan más de ciento cincuenta mil personas al año, según la OMS.

En el caso español, tenemos disperso por todas partes (basta asomarse a una ventana para verlo) unas tres millones de toneladas que nos acompañan cuando respiramos, comemos, bebemos o trabajamos. Se desprende de los coches, edificios, tuberías, depósitos, tejados, y así hasta de miles de objetos. Cabemos a unos 60 kg de amianto instalado o en vertederos incontrolados per cápita. Como están prohibidos nuevos usos desde 2003, esta cuenta no aumentará, pero ya es suficiente. “Un solo gramo retenido en los pulmones basta para desencadenar una asbestosis” (1)

La gran desproporción

A lo largo del siglo XX, cuatro grupos empresariales (uno norteamericano, dos británicos y uno centroeuropeo) han dominado el negocio de este mineral. Han controlado precios y competencia, así como las legislaciones e informaciones públicas, por lo que ha sido un sector enormemente lucrativo. Por ello, el beneficio de las industrias de manipulación de amianto es superior a la media de las industrias de cada país (2). La producción mundial ha tenido su máxima expresión desde los años 1960 a la actualidad (entre 2 y 5 millones de toneladas extraídas anualmente). En años anteriores, desde 1889 a 1960, la literatura sobre asbestosis, cáncer de pulmón y mesoteliomas (cáncer específico del asbesto) había ya establecido inequívocamente la patogenicidad del amianto. A sabiendas por tanto se han amasado las mayores fortunas, a costa de la vida de millones de personas. Genocidio se suele llamar a esta figura. Presunto genocidas consideramos a los magnates del amianto, convertidos en filántropos algunos de ellos en la actualidad.

En el caso de España es la empresa llamada Uralita, que ha estado bajo el poder de la familia March, gran colaboradora del franquismo en la guerra civil, la que detenta el siniestro honor de cumplir la función que las cuatro grandes han cumplido en el mundo.

(No podemos dejar de pasar la ocasión para advertir que la fundación AVINA, que está financiado por el magnate suizo del amianto, procesado como hemos visto, está consiguiendo engatusar a movimientos sociales de prestigio, a los que va espolvoreando con financiación de los polvos letales).

Para hacerse millonarios, unos pocos han envenenado el mundo entero con el amianto.

Así se escribe la acumulación originaria del capital: “Desde luego hay un charco de sangre en las tierras de mademoiselle Taillefer, la herencia de su padre es un inmenso haceldama” (3).

Una monumental desproporción. www.ecoportal.net

Paco Puche – España

Notas y referencias:

(1) Congregado Córdoba, J. (1985) “Informe pericial sobre el amianto”, Sevilla

(2) En EEUU, en el periodo 1967-71, del 9% al 15%; en Inglaterra, en 1969, la media del sector amianto es del 12% (en “El amianto mata”, CEDOS, 1978, p.16)

(3) Haceldama: “campo de sangre”, lugar donde se ahorcó Judas, según las Actas de los Apóstoles. En Balzac, La posada roja”, Ed. Aguilar

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