Las crecientes tensiones geopolíticas, el aumento acelerado de la demanda de energía y la inestabilidad en los mercados internacionales están cambiando drásticamente el mapa energético del mundo para el presente año 2026. En un contexto así, la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) ha previsto una transformación profunda que va a articular la siguiente etapa de la transición energética mundial, la cual se va a basar fundamentalmente en la electrificación masiva, la implantación a gran escala de fuentes renovables y la salida acelerada de los combustibles fósiles tradicionales.
Proyecciones de electrificación sectorial y la caída de los combustibles fósiles
La hoja de ruta de IRENA apunta a que la electricidad asuma un peso destacado en el consumo final de energía a nivel global para las próximas décadas (en la actualidad se sitúa en 23%, alcanzará 35% en el año 2035 y superará el 50% a la mitad de siglo).
Este gran incremento en la demanda de electricidad será satisfecho en su gran mayoría por fuentes renovables. Estas fuentes serán las encargadas de suministrar la energía necesaria para la operación del sector transporte, la climatización de los edificios y para los procesos de la industria pesada. Por lo tanto, la electrificación queda consolidada como el principal motor estructural para desplazar de manera definitiva a los hidrocarburos de los balances de consumo final.
Simultáneamente a la expansión eléctrica, el informe de IRENA plantea una contracción drástica e histórica de la participación de los combustibles fósiles en todos los sectores productivos. Los datos facilitados por la institución prevén que la dependencia de todo tipo de hidrocarburos perderá capacidad del 80% actual al 50% para el año 2035.
Cuellos de botella en la infraestructura y necesidades de inversión masiva
Aunque la viabilidad técnica de las energías limpias es bastante alta, la incapacidad de la infraestructura física se ha convertido en el principal cuello de botella para hacer realidad estas proyecciones en el futuro.
Actualmente, alrededor de unos 2500 gigavatios de energía eólica y solar ya construida permanecen congelados a nivel global a la espera de poder conectarse a las redes de distribución de electricidad porque los sistemas están saturados. Los expertos advierten que las actualizaciones necesarias para 2035 y 2050 no serán alcanzadas sin políticas públicas de permisos ambientales más rápidas y un aumento sin precedentes de las inversiones privadas y públicas.
Para eliminar estas limitaciones y asegurar la llegada de redes eléctricas fiables y asequibles que sean capaces de absorber la nueva demanda, IRENA considera que la inversión en las redes de transmisión tiene que promediar unos US$1,2 billones anuales en el mundo, lo que se traduce en más del doble de los US$500 000 millones invertidos en 2025.
Metas globales vinculantes y el camino hacia las próximas cumbres climáticas
La velocidad con la cual las economías den el paso para acabar con los hidrocarburos va a depender, en última instancia, de la rapidez con la que logren electrificar las actividades cotidianas y comerciales. Para conservar a la mano el objetivo de 1,5 ºC, la dirección de IRENA propone la instauración formal de un objetivo global de electrificación con carácter vinculante para el año 2035, el cual ha de ir obligatoriamente acompañado de metas claras de fortalecimiento de redes y de flexibilidad de los sistemas de potencia.
Contar con esta métrica homogénea es relevante para encauzar predeciblemente el esfuerzo de las naciones y poder medir con exactitud el retroceso real de la utilización de petróleo y gas.
El profundo análisis presentado por IRENA ratifica que la reducción drástica en el uso de hidrocarburos constituye una necesidad imperativa para garantizar la sustentabilidad climática y la seguridad geopolítica global. Para lograr los objetivos, será importante lograr un consenso mundial que permita un trabajo en conjunto hacia la electrificación.
