Durante más de cien años, fabricar un automóvil fue un proceso lento.
Las marcas pasaban años diseñando piezas, construyendo prototipos y destruyéndolos en pruebas de choque antes de dar luz verde a un nuevo modelo.
Era caro, complejo y, sobre todo, llevaba tiempo.
Mucho tiempo.
El problema es que el negocio del automóvil ya no se mueve al ritmo de hace medio siglo.
Mientras las compañías tradicionales siguen desarrollando vehículos durante cuatro o cinco años, fabricantes chinos y empresas como Tesla han demostrado que es posible avanzar mucho más rápido.
Y esa diferencia empieza a marcar la distancia entre quienes lideran el mercado y quienes corren el riesgo de quedarse atrás.
Por eso General Motors ha decidido probar algo distinto.
En lugar de construir primero el automóvil y corregir después sus errores, quiere hacer justo lo contrario.
Primero lo crea en un mundo virtual.
Y solo cuando todo funciona, comienza a fabricar.
El largo camino que recorría un automóvil antes de llegar al mercado
Desarrollar un coche siempre ha sido una tarea gigantesca.
Desde el primer boceto hasta la producción final podían pasar entre cuatro y seis años.
En ese tiempo, cientos de ingenieros trabajaban en miles de componentes diferentes. Si aparecía un problema durante las pruebas, muchas veces había que volver atrás, modificar piezas y empezar otra vez.
El proceso consumía enormes cantidades de dinero y materiales.
Además, había otro inconveniente.
La tecnología avanzaba tan rápido que un vehículo diseñado en 2020 podía llegar a los concesionarios varios años después con soluciones que ya no parecían tan innovadoras.
En una industria donde la electrificación, el software y la inteligencia artificial evolucionan constantemente, perder tiempo se ha convertido en un lujo que pocas empresas pueden permitirse.
El laboratorio virtual de General Motors
La presión de los fabricantes chinos ha cambiado las reglas del juego.
Marcas asiáticas capaces de lanzar nuevos modelos en plazos mucho más cortos han obligado a los grandes fabricantes tradicionales a replantearse la forma de trabajar.
General Motors cree haber encontrado una respuesta.
La compañía está utilizando inteligencia artificial y sistemas de simulación avanzados para crear lo que, en la práctica, es un laboratorio completamente digital.
Allí, los ingenieros pueden probar miles de situaciones sin fabricar una sola pieza.
Es posible recrear tormentas de nieve, carreteras mojadas, maniobras de emergencia o impactos, observando cómo reaccionan tanto la estructura del vehículo como los sistemas electrónicos.
Lo que antes requería meses de trabajo y numerosos prototipos físicos puede resolverse ahora en cuestión de días.
Los resultados ya han comenzado a aparecer.
Al aplicar estas herramientas al diseño de una pieza del Corvette, los ingenieros lograron obtener un componente un 20% más ligero, un 30% más resistente y con una vida útil mucho mayor que la versión anterior.
El objetivo es ambicioso: reducir a aproximadamente dos años el tiempo necesario para desarrollar un vehículo completo.
Y eso abre una posibilidad que hasta hace poco parecía reservada al mundo del software.
¿Y si las automotrices pudieran evolucionar sus modelos con la misma velocidad con la que se actualizan los teléfonos móviles?
Cuando toda la industria funcione así, los autos podrían cambiar mucho más deprisa
La tecnología que está desarrollando General Motors no pretende sustituir las pruebas físicas.
Pero sí reducir drásticamente el número de prototipos y acelerar el proceso de aprendizaje.
Eso significa menos desperdicio de materiales, menores costos y una capacidad mucho mayor para adaptarse a cambios en las regulaciones o en las preferencias de los consumidores.
Muchos expertos creen que este tipo de herramientas terminarán extendiéndose al resto de la industria.
Y si eso ocurre, el impacto podría ir mucho más allá de General Motors.
Los fabricantes podrían lanzar vehículos nuevos en plazos mucho más cortos, corregir errores con mayor rapidez y experimentar con diseños que hoy serían demasiado costosos de desarrollar mediante métodos tradicionales.
En cierto modo, la industria del automóvil podría empezar a parecerse cada vez más a la industria tecnológica.
Las compañías que aprendan más rápido tendrán ventaja.
Y las que sigan dependiendo exclusivamente de procesos que llevan décadas utilizándose podrían encontrarse con un problema incómodo.
En una época donde China, Tesla y los nuevos fabricantes avanzan a gran velocidad, el desafío ya no consiste únicamente en construir buenos coches.
La verdadera carrera consiste en aprender y evolucionar más rápido que los demás.
Y General Motors acaba de decidir que esa batalla se librará primero en el mundo virtual.
