El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha decidido poner en circulación la edición decimosexta de la llamada brecha de emisiones y ha optado por llamarla «Fuera de meta». En el documento se hace eco de que las promesas climáticas actuales bajo el marco del Acuerdo de París apenas han conseguido mitigar el aumento de la temperatura del planeta, lo que provoca que el mundo deba enfrentarse a un incremento muy grave del riesgo y los daños climáticos a lo largo de este siglo.
Proyecciones de la temperatura y contribuciones nacionales
Las proyecciones de calentamiento global según el cumplimiento total de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC) a las que se han sumado las nacionalidades, se sitúan entre 2,3 °C y 2,5 °C, mientras que las políticas existentes se encuentran en el umbral de los 2,8 °C. Es cierto que son cifras más bajas que las de la edición previa, pero la mejora se debe en parte a cambios metodológicos. Y nos advierte que la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París le quitará parte de este avance, o sea, que las nuevas NDC han cambiado muy poco la tendencia.
Es fundamental limitar todo este exceso de temperatura mediante recortes más rápidos y más drásticos en los gases de efecto invernadero para reducir las pérdidas tanto en las personas como para los ecosistemas. Cada fracción de grado que se evite no solo reduce los daños, también disminuye los costos económicos y la dependencia futura de técnicas inciertas de eliminación de dióxido de carbono. Aun cuando el camino de regresar a los 1,5 °C para 2100 será especialmente desafiante, la aceleración de la acción climática ahora es la única forma de evitar los peores efectos de la crisis.
Disponibilidad tecnológica y barreras para la acción
Una buena noticia para el 2026 es que las tecnologías bajas en carbono necesarias para lograr recortes de emisiones a gran escala ya están disponibles en todo el mundo. El desarrollo de la energía eólica y solar está proliferando, lo cual ha tenido como efecto la caída de los costos de despliegue y la posibilidad de que la transición en la industria de la energía fuera generalizada. Esto da fe de que la comunidad internacional tiene la capacidad técnica para descarbonizarse rápidamente y reducir las emisiones si considera en sus prioridades estas soluciones sostenibles.
Para hacer los recortes con la suficiente inmediatez, sin embargo, hay que actuar en un contexto geopolítico complejo y redefinir la arquitectura de la asistencia financiera internacional. El informe señala que se necesita una subida masiva del apoyo financiero y técnico a los países en vías de desarrollo, para permitirles participar de lleno en la transición energética. La operatividad de estas tecnologías necesita un compromiso transfronterizo y que la soberanía climática se convierta en una realidad para todos.
El sistema ha sido transformado hacia la sostenibilidad
A diez años de la aprobación del Acuerdo de París, las proyecciones de temperatura han bajado desde el corte de 3 a 3,5°C, lo que da cuenta de que la acción climática ha tenido efecto, pero la velocidad no es la suficiente para evitar los riesgos más catastróficos. La transformación exige cambios estructurales en distintos sectores económicos, desde la producción de energía, pasando por la gestión de recursos industriales, de manera que la descarbonización sea el eje del crecimiento económico del siglo XXI.
El compromiso con una transición justa y libre de emisiones implica que la transición a la economía baja en carbono no debe dejar a nadie atrás, para lo que requerirá políticas ambiciosas que promuevan la innovación y la inversión en sectores limpios, generando empleo de calidad y reforzando la resiliencia de las comunidades vulnerables.
