La inteligencia artificial se encarga de provocar niveles preocupantes de gases de efecto invernadero que incrementan el calentamiento global del planeta. Además, el impacto que produce se extiende con una rapidez capaz de agotar recursos naturales de la Tierra. De acuerdo con la proyección realizada por la ONU, los centros de datos que sustentan esta tecnología en todo el mundo podrían requerir hasta 945 teravatios-hora de electricidad al año. Se trata de una enorme cantidad que equivale a multiplicar casi por tres el consumo año tras año del total combinado de electricidad de Pakistán, de Bangladesh y de Nigeria, países que albergan entre todos a más de 650 millones de personas.
Redefinición de los costos ambientales y el impacto del uso cotidiano
El cálculo exclusivo de las emisiones de gases de efecto invernadero constituye solo un enfoque reducido a la hora de verificar la sostenibilidad de la inteligencia artificial, ya que tiende a tener como centro de atención el impacto del aprendizaje de los hipermodelos y a ignorar otros costos ecológicos.
Un estudio de la Universidad de la ONU pone de manifiesto que cada unidad de electricidad utilizada por parte de los centros de datos también es responsable de una huella hídrica destinada a la refrigeración y de una huella territorial asociada a las cadenas de suministro energéticas.
Se estima que hacia finales de esta década el empleo del agua de esta tecnología podría estar a la par de las necesidades básicas anuales de más de 1300 millones de personas, mientras que su huella territorial podría ser de más de 14 500 kilómetros cuadrados, esto es un tamaño equivalente a más del doble del área metropolitana de Yakarta.
El debate público suele centrarse en la energía que hace falta para entrenar la inteligencia artificial, pero la investigación indica que el uso diario representa entre 80 y 90% de toda la demanda energética. La cifra es impresionante: un servicio extensamente utilizado procesa unos 2500 millones de indicaciones al día, lo que equivale a cientos de gigavatios-hora por año.
Desbalances geográficos y la carga de los desechos electrónicos
Los impactos que la infraestructura de la inteligencia artificial ha generado en el medioambiente no están distribuidos de forma equitativa en el mundo. En tanto que los beneficios de la tecnología son globales, sus costos operativos tienden a concentrarse más en regiones específicas, en las que la expansión de las infraestructuras acaba con los recursos acuáticos locales, incluso en condiciones de sequía, y presiona en gran medida a los sistemas eléctricos de las naciones.
Aparte del agua y la electricidad, el informe habla de un reto creciente con los desechos electrónicos: prevé que la infraestructura llegue para 2030 a generar hasta 2,5 millones de toneladas anuales de basura electrónica. Una gran parte de este costo acabará de nuevo en manos de países de menores ingresos que presentan una capacidad limitada para su correcto reciclaje.
La expansión tecnológica está creando nuevas disparidades en el acceso y el poder, donde esa gran brecha digital y ambiental se ha visto reforzada. Según el informe, más del 90% de la capacidad de computación especializada en inteligencia artificial está concentrada en solo dos estados: Estados Unidos y China.
Camino hacia un marco de responsabilidad y gobernanza de los recursos
A pesar de los terribles resultados que contienen, los investigadores de la Universidad de la ONU insisten en que el informe no es una crítica contra el progreso de la inteligencia artificial tal y como es. Todo lo contrario: el estudio es un grito para actuar de un modo diferente, para garantizar que la tecnología se desarrolle y opere estrictamente dentro de los límites planetarios. Para lograrlo, se propone un marco de trabajo para conseguir un ecosistema de inteligencia artificial confiable.
