El plan de transición energética, impulsado por diversas organizaciones internacionales, como el G20 o el World Economic Forum (WEF), atraviesa una etapa complicada. Según un reciente informe, las tensiones geopolíticas, la infraestructura y la reciente crisis del petróleo fragmentaron los objetivos y países como Estados Unidos, o incluso China, registraron trabas en el cumplimiento del acuerdo conjunto.
Una difícil situación
Existe una gran preocupación entre las organizaciones internacionales por la incertidumbre política y económica que azota a países de todo el mundo. Es que las tensiones, la guerra y la creciente demanda energética crean un panorama complicado para las inversiones en proyectos energéticos libres de emisión, lo que deja el camino libre a la utilización y las exportaciones de combustibles fósiles.
Un reciente informe del World Economic Forum constata que los avances en los objetivos de transición energética planteados para el 2030 están siendo contrarrestados por un notable deterioro a causa de la crisis energética provocada por el cierre del estrecho de Ormuz. Según explicaron, esta situación intensificó las vulnerabilidades ya existentes, a las que se sumaron la fragmentación geopolítica, la concentración de los flujos de inversión y una mayor demanda.
Dichos factores generan una notable brecha entre las economías líderes y las rezagadas, por lo que acortar esa diferencia se convirtió en uno de los principales desafíos actuales. Pese a ello, nada asegura que las principales potencias mundiales tengan un progreso marcado respecto a los objetivos de energía limpia, algo que puede evidenciarse con el presente de China y Estados Unidos, que ocupan el puesto 16 y 19, respectivamente, en el ranking de avances regionales.
La situación de EE. UU.
El informe de Índice de Transición Energética, que evalúa a 120 países según el desempeño en sus sistemas energéticos y la preparación de su entorno propicio, indica que Estados Unidos está lejos de los principales puestos en el ranking de progreso. Esto se debe principalmente a la incertidumbre política y al cambio de su agenda energética, que puso como prioridad la producción de combustibles fósiles.
Otro factor que complica el progreso del país norteamericano en este aspecto es la guerra que protagoniza en Oriente Medio, la cual creó un escenario de escasez de petróleo que repercutió en su sistema energético nacional. Asimismo, al aumentar la demanda y las tarifas, la administración de Donald Trump optó por la producción nacional de petróleo, gas y carbón, con el objetivo de reforzar la seguridad energética y alcanzar la independencia en este aspecto.
A diferencia de EE. UU., China continúa con inversiones récord en proyectos de energía limpia, aunque eso no alcanzó para posicionarse entre los países con mayores progresos. De acuerdo con el informe compartido por el WEF, son los países nórdicos, como Noruega, Suecia, Finlandia y Dinamarca, los que lideraron el ranking.
Próxima fase de la estrategia
Con el objetivo de solucionar el complicado escenario global respecto a la transición, el WEF planteó una estrategia que tiene tres pilares fundamentales. En primer lugar, las autoridades internacionales destacan la necesidad de integrar la asequibilidad, la seguridad y la resiliencia como parte de un diseño prioritario, reforzando la arquitectura del sistema para abarcar combustibles, cadenas de suministro, redes y minerales críticos.
Por otro lado, insta a los países a simplificar los permisos para acelerar la expansión de la red y la integración del sistema. De esta forma, se podrá reducir la brecha entre el despliegue de energías renovables y la capacidad de la red, además de destrabar los más de 2500 gigavatios de proyectos estancados en la lista de espera de conexión en todo el mundo.
El ítem final de esta estrategia tiene que ver con el restablecimiento de la capacidad de inversión mediante políticas estables y flujos de capital específico, con la mira puesta en la reconstrucción de la credibilidad de la política y la reducción de la divergencia en el costo del capital. A través de esta estrategia, se dirigiría la financiación hacia las economías emergentes que podrían impulsar la mayor parte de la demanda futura.
