Biodiversidad

Historia de un árbol (fragmento)

De pronto el bosque se estremece. Se oyen ruidos desconocidos: pasos de un animal que raras veces llega por esos lugares apacibles, pero que, siempre que llega, deja una huella de dolor, porque lleva la muerte: mata a los animales, hiere a los árboles, destroza a las flores…

Por Rómulo Calzada

De pronto el bosque se estremece. Se oyen ruidos desconocidos: pasos de un animal que raras veces llega por esos lugares apacibles, pero que, siempre que llega, deja una huella de dolor, porque lleva la muerte: mata a los animales, hiere a los árboles, destroza a las flores…


Sobre el hombro trae en instrumento de muerte. Mucho le temen los árboles. Un árbol viejo se inclina sobre su hijo como queriendo ocultarlo y le dice:

– Mira aquel animal que viene por ahí donde el sol es más brillante… Es un animal muy malo. Yo mismo tengo en mi tronco heridas que me hizo su maldad. ¡Dios te proteja, hijo mío!-

– ¿Pero, quién es ése animal? – pregunta el curioso hijo.

– Es un animal, el único que se destruye así mismo. Construye grandes ciudades y después las arruina, sembrando la muerte y la desolación.

Crea grandes civilizaciones y después las destroza. Hiere por gusto, por deseo de maldad.

Dicen que es un animal que está enfermo de aburrimiento. El hastío es su mal mayor.

Posee todos los atributos de los animales malos y muy pocos de los buenos: unas veces es sinuoso como la serpiente y astuto como el zorro; otras es cruel como el lobo y cobarde como el ciervo; raras veces es valiente como el león, menos veces es fiel como un perro y mucho menos es tierno como una paloma.

También posee atributos que ningún animal posee. Posee la mentira, con la que corrompe todo, hasta su alma. Posee la calumnia, con la que destruye las almas, la honra, la paz de otras almas. Posee la envidia, la que le ciega su alma rencorosa y lo impulsa a hacer mucho mal sobre la tierra. Acumula riquezas que después lo hacen infeliz porque teme que se las quiten. Sobretodo, posee un raro don que dice Dios le dio: el lenguaje.

¡Cuánto mal hace con ese don y muy pocos bienes! Casi siempre sale de su boca la palabra que injuria, la palabra que ofende, la palabra que como una saeta envenenada e invisible, se clava en el alma haciéndola sufrir horriblemente. Muy pocas veces sale la palabra que consuela, que alienta, que acaricia… Es un animal que guarda las ofensas como una ponzoña con que envenena su propia alma.

Su maldad es infinita. Míralo como golpea, con su infernal instrumento de muerte, a tus hermanos. Se ha proclamado el rey del universo, porque cree que sólo él tiene alma. Es morboso hasta en el dolor y cree que sólo él sufre.


No cree que los pájaros sufran, y les mata a sus hijos, les destruye su hogar. Los ve amar tan tiernamente y no cree que sufran.

No ha comprendido que el tristísimo canto de la alondra es el canto que llora un amor muerto.

No sabe que el nocturno canto del ruiseñor es el dolor, transformado en canto, de un amor imposible.

No sabe que el lúgubre rumor de nuestras frondas en las noches negras, es el alma de los árboles que llora a los árboles muertos.

No sabe del alma de las cosas, del dolor callado de las cosas. Su egoísmo, como su maldad, no tienen límites…

Posee el raro don de la imaginación, y por medio de ella su fantasía del mal descubre mil formas de tortura, pero esa misma imaginación es su condena, por ella su dolor es infinito. ¡Pobre animal enfermo…!

– ¿Pero, quién es? – inquirió el árbol hijo.

– ¡Es el hombre! – dijo tristemente el árbol viejo…

Y el hombre llegó hasta los árboles que platicaban. Oyó murmullos, voces mil desconocidas que salían del bosque, pero no entendió nada. Los pájaros huyeron espantados y armando una gritería angustiosa. Lo árboles se estremecieron en su dura materia. Sólo el arroyuelo siguió su eterna canción, prisionero en su cárcel de rocas…

¡Y el hombre hirió a los árboles, como hiere siempre, inconscientemente!

– Este me agrada – dijo satisfecho.

Y comenzó su tarea de muerte. Hirió terriblemente al árbol hijo. Sangraba éste por las heridas su transparente sangre, y sus hojas, desfallecidas, sabían del pronto hundimiento de muerte. El hombre siguió su labor de destrucción hasta que el árbol rodó por tierra. De él cortó el hombre un pedazo, se lo echó al hombro y se alejó de la selva, dejando la mayor parte del árbol, que ahí quedaba para pudrirse y abonar la tierra y florecer nuevamente en flores del campo, en otros árboles, por la ley eterna de la vida…

Y por la noche hubo himnos lúgubres y sombríos de frondas: ¡el alma de los árboles lloraba al árbol muerto…! www.ecoportal.net

Rómulo Calzada

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