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La milpa como centro de origen

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“El Maíz no es una cosa, es un centro de origen”, es una frase que surgió en la Red en Defensa del Maíz en México, que cuenta de un compilado de saberes colectivos de los pueblos indígenas y campesinos en lucha por la defensa de las semillas criollas de maíz contra los transgénicos. El presente ensayo reflexiona sobre el caso costarricense, pero no pierde de vista el ámbito mayor latinoamericano.

El maíz es un centro. La meseta

En el barrio, las casas están apretadas, secas, silenciosas. La gente sale con su auto, regresa con su auto, entra al parqueo del supermercado, se pasea por pasillos con temperatura controlada, toma lo que “necesita”, paga en la caja, regresa al auto, pasa al restaurante de comida rápida, regresa al auto, al tráfico, regresa al garaje.

La cocina de esas casas, aunque todavía sea parte de ese espacio de encuentro ancestral donde la conversación de historias y la mezcla de alimentos es una magia, se convierte ahora, en un espacio de despensa de productos procesados, envueltos en plástico, refinados, conservados, enlatados, tostados, congelados. Los alimentos que comeremos, comprados en ese supermercado –o en el mejor caso comprado en la pulpería del barrio– fueron pasteurizados, esterilizados, radicidiados, radurizados.

Se les añadió sal, azúcar, glicerol, glutamato monosódico, solutos, sulfitos, nitritos, sorbatos, benzoatos, parabenos e incluso antibióticos.

En la mesa del desayuno, almuerzo, café o cena, se sirve parte de la identidad de “la meseta central costarricense”: un jugo Dos Pinos, una tostada de pan Bimbo, un huevo de Pipasa (empresa comprada por Cargill), arroz y frijoles del gallo pinto –importados de Centroamérica–.

Las milpas que algunas vez vimos cuando éramos niñas, fueron convertidas en residenciales, centros comerciales y carreteras. El maíz, en el mejor de los casos, lo encontramos en una tortilla emplasticada, de marcas comerciales como Tortirricas o en la bolsa de Maseca para preparar los tamales de fin de año.

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La comida es un centro de haceres, pero también es parte de la comunidad imaginada que constituye una identidad nacional o un nacionalismo.

Como dice el investigador mexicano José Luis Juárez (2018),la comida es también un territorio conformado por sentidos y símbolos mediante los cuales las comunidades crean y reproducen sus identidades.

Las identidades nacionales, como concepto que transmuta en el tiempo, producen y reproducen prácticas e ideologías. Los patrones de alimentación en la meseta central de Costa Rica representan parte de esa construcción de nacionalismos en una larga historia que compren de la invasión española, que luego convergió en Estados nación liberales y ahora se configura desde los Estados neoliberales.

Los nacionalismos hegemónicos tienen que ver con los sistemas alimentarios, en tanto son productos también de una construcción en movimiento. Según el investigador Rafael Cuevas Molina (2005), el nacionalismo tico que fue construido por sectores liberales se impuso desde arriba tomando como referencia modelos eurocéntricos de una copia que nunca pudieron ser. ¿Quiénes somos los pueblos latinoamericanos en medio de la relación entre identidad y alimentación?

Pues así como se quiso blanquear la piel, el pensamiento y las espiritualidades de los pueblos indígenas, afrodescendientes y orientales –ahora diversos habitando el continente latinoamericano–; así también se quiso blanquear la comida.

– Mural de José Manuel Montalvo.

– Para acceder al ensayo completo, haga clic en el siguiente enlace:

Ecoportal.net

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