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Vuelta del Río diez años después de un desalojo frustrado

Promediaba marzo de 2003 cuando recibimos la noticia de una orden judicial que obligaba a una familia mapuche a abandonar sus tierras ancestrales. Recuerdo el abrazo de Don Fermín y mi juramento de que nada de esto quedaría impune. No perdemos la esperanza de que muy pronto se haga definitiva justicia con esta familia y con todas las comunidades mapuche que viven la amenaza de desalojos y la violencia de un sistema responsable de crímenes de lesa humanidad. Porque de eso se trata, sin eufemismo alguno.

Mi testimonio en la justicia

Promediaba marzo de 2003. La ciudad de Esquel, “el abrojal” a los pies de la cordillera andina, se hallaba a punto de pasar a la historia expulsando a una de las primeras transnacionales mineras del oro patagónico. En eso estábamos cuando recibimos la noticia de una orden judicial que obligaba a una familia mapuche a abandonar sus tierras ancestrales. Entre relatos cruzados por emociones dispares, familiares de los mapuches damnificados nos pidieron ayuda y decidimos partir hacia las tierras de la comunidad Vuelta del Río, donde una de las viviendas había sido derribada con saña y violencia extrema.

Contamos y filmamos lo que vimos y no quedó medio de difusión de la Patagonia austral que no recogiera el informe. La descripción pormenorizada del suceso obligó al Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Chubut a destituir al juez que había impartido la orden de desalojo, sin duda por la descabellada forma de llevarla a cabo.

Recuerdo el momento y las preguntas del juez, quien tenía a la vista varios ejemplares de los medios periodísticos que habían publicado mis notas. Las podemos resumir así:

Llegar a Vuelta del Río no es difícil pero requiere cierta paciencia para subir. Esa tarde nos avisaron del desalojo de una de las veinticinco familias mapuche que habitan las tierras de esa comunidad. La marcha de las seis mil personas contra la mina de oro del Cordón Esquel se detiene unos minutos frente a los tribunales de esa ciudad. Parte de los manifestantes son organizaciones mapuches que resuelven tomar las instalaciones del vestíbulo principal y pasar la noche hasta que la justicia atienda los reclamos de uno de los pueblos indígenas más castigados, brutalmente atropellado en su propio territorio. A la mañana siguiente abandonaron los tribunales con la promesa de que la justicia habría de rever el desalojo en el término de diez días.

Con José Luis Pope, responsable del programa de televisión Protagonista que se difundía semanalmente por Canal 7 de Chubut, salimos hacia Vuelta del Río. Después de 90 minutos de auto desde la ciudad de Esquel hasta el puesto sanitario camino a El Maitén cruzamos a pie las nacientes del Río Chubut para llegar dos horas después a El Galpón.

El jefe de la familia desalojada, Don Mauricio Fermín bajó con cinco caballos que nos trasladarían hasta la comunidad, tarea que quiso hacer personalmente. Callado, siempre en silencio, la mirada de este abuelo mapuche que no le afloja al trabajo de campo mientras haya luz, me dejó mal. Sabíamos cuál había sido el desenlace de lo ocurrido en las tierras mapuche-tehuelche de Vuelta del Río y la mirada de aquel hombre reflejaba desazón, angustia.

Su sobrino contaba que después del desalojo frustrado Don Fermín no era el mismo. Y es cierto, mantiene durante el trayecto un permanente silencio aunque muy atento a lo que se dice. El respeto que le profesa el resto de las familias de la colonia no me sorprendió: Don Fermín no responde a los agravios, no es violento y no contestó los empujones ni la prepotencia policial. Su vida consiste en criar cabras (posee medio millar), una docena de terneros y algunas vacas, unas cuarenta ovejas, además de suficientes caballos para moverse en el campo y los bueyes que hacen el trabajo fuerte. Semejante labor en las alturas de ese territorio es por si misma, una hazaña.

Se puso al frente e iniciamos la marcha de dos horas a caballo a través de riscales escarpados con partes que, debo admitir, me cortaban el aliento. Nos habían contado que la parte del desfiladero era la más difícil y ahora, transitándola, lo compruebo y reconozco mi susto. El sendero es inclinado hacia un precipicio de ignoto final, con base de piedra laja suelta y tan estrecho que no se cómo hacen estos cuadrúpedos para colocar dos de sus cuatro patas. Así que aflojé las riendas lo más que puede y dejé que el animal hiciera su trabajo, exclamando: "hágase tu voluntad amigo y no la mía", y me entregué, provocando la risa de doña Segunda y de Inés, la cuñada y la sobrina de don Fermín, que nos acompañaban. Hay que ver cómo se mueve esta mujer de setenta y tantos años, arrimando el caballo a una roca para saltar sobre él con particular estilo; es una verdadera institución entre las familias. Al avanzar entre las altas paredes de la montaña sólo se escucha el eco que los cascos provocan sobre esa laja esparcida, a pura fila india, como en una película del oeste americano.

Me molesta la comparación, pero la hice.

Después de dos horas a caballo llegamos a la colonia. Nos esperaba gran parte de la comunidad mapuche. La primera que se acerca es doña Carmen Jones algunos años más joven que don Fermín. Alrededor de un fogón próximo a un viejo árbol y debajo de unas chapas, se mantenía caliente otro costillar de capón.

Pero nuestro ánimo era otro. Conocíamos la historia; ahora éramos parte.

La humilde vivienda de bloques de adobe y techo de chapa era una danza de escombros. Veintidós policías de las comisarías de El Maitén y Cushamen aparecieron por sorpresa tres días antes, le colocaron el yugo al buey más manso de Don Fermín y soga mediante que envolvieron alrededor de la casa la derribaron de golpe con todos los enseres adentro. Las pocas paredes que aguantaron cayeron a puntapiés de las botas policiales, mientras José Vicente El Khazen, el hombre que reclama esas tierras, daba órdenes e instrucciones. Por algunos sitios asoman partes de la cocina, cosas de labranza, colchones y camas quebradas, el telar de doña Carmen y una muñeca descabezada de una de sus hijas. Más allá la huerta pisoteada con inexplicable saña, los corrales abiertos y los cables cortados donde momentos antes estaban las ovejas y las cabras que los forajidos de la ley intentaron arrear con ánimo de llevarse algunas.

La cámara de mi amigo José Luis Pope recorría con dedicación minuciosa ese cuadro espantoso de intolerancia, despojo y fraudes legales como paso a contar:

La familia de Don Mauricio Fermín y de doña Uberlinda Jones (Carmen) es uno de los veinticinco grupos familiares que habitan la Comunidad Mapuche-Tehuelche "Vuelta del Río". La familia de Don Fermín la integran diez personas en la reserva mapuche Cushamen. El despojo violento y criminal fue ordenado por el juez de instrucción de Esquel José Colabelli, según expediente Nº 2061/00, Mauricio Fermín sobre denuncia de El Khazen, de la localidad de El Maitén.

La comunidad mapuche Vuelta Del Rio tiene personería jurídica otorgada por la Nación y por la Provincia del Chubut. Las tierras son reserva de estos pueblos originarios de la Patagonia. Pero por lo visto eso no alcanza, como tampoco los papeles que andan por los archivos históricos donde el general magnicida Julio Argentino Roca les dio 50 leguas en esa región, seguramente harto ya de matanzas.

Un juez da lugar a un reclamo de quien fue acumulando tierras a la vieja usanza de canjear cosas, espejos e ilusiones pasajeras como viene ocurriendo desde hace 500 años.

Personalmente creo que las tierras que reclama José Vicente El Khazen son ricas en metales, en piedras preciosas y semipreciosas, conforme a ciertas opiniones de geólogos. Supe también que la esposa del juez Colabelli tiene registrada una mina a su nombre en la zona de Cushamen. El vínculo de Colabelli con la minería lo descubrimos por casualidad. Dios quiso que mientras repasaba la lista de emprendimientos mineros de la provincia ante un periodista, un ingeniero amigo leyó de reojo el nombre de Gladys Carla Rossi advirtiéndome que es la esposa del juez Colabelli. El resto está claro. El expediente Nº 13399, en carácter de manifestación en la Dirección de Minas de Chubut, data de 1999 y registra una mina de cuarzo con el nombre de Carla I. No está en las tierras de don Fermín sino más hacia Piedra Parada, también en el departamento de Cushamen.

No podemos evitar la superposición de estos hechos. Un juez que tiene inclinación por la minería, que el domingo 23 de marzo en el plebiscito en torno a la mina de oro El Cordón Esquel, votó a favor del emprendimiento en oposición al 80% de un pueblo que rechazó la minería, que intenta expulsar a la Comunidad Mapuche de Vuelta del Río escondiendo otros motivos de El Khazen y tal vez propios, no puede menos que permitirme la sospecha de quien es juez y parte.

Así que aún emocionado, recuerdo el abrazo de Don Fermín y mi juramento de que nada de esto quedaría impune. De igual modo ante Rogelio, su hijo de 18 años y de los treinta mapuches solidarizados con la familia, presentes durante nuestra visita, a la vez que iniciaban la construcción de una nueva vivienda. Me consta que no están solos porque la decisión de toda la identidad indígena es muy clara: "de aquí nos sacan muertos". No será la primera vez que se tiña de rojo el suelo patagónico con lo mejor y más auténtico de sus pueblos: el alma.

Concluía de ese modo una de las notas que formaron parte de nuestro testimonio y que influyeron en la destitución de José Oscar Colabelli como juez. Fueron publicadas por los medios de prensa de Trelew y Comodoro Rivadavia, y durante esa mañana no hubo programa de radio que no leyera la desventurada odisea de la comunidad mapuche. Sin embargo, decisiones políticas intervinieron años después y el 27 de diciembre de 2010, Colabelli fue restituido como juez penal de Esquel por el Superior Tribunal de Justicia del Chubut, declarando nula la sentencia que lo había relevado. Gustavo Macayo, abogado de la familia Fermín sostuvo que “hubo una decisión política” porque los argumentos de la apelación presentada eran viables y “sólidamente fundados en Derecho.”

En el juicio llevado a cabo en El Maitén, los días 6, 7 y 8 del corriente, ratificamos aquella exposición, ahora como testigos en la causa contra el comisario César Ricardo Brandt, quien estuvo al frente del operativo policial que destruyó todas las mejoras y bienes de la familia Fermín en marzo de 2003. No perdemos la esperanza de que muy pronto se haga definitiva justicia con esta familia y con todas las comunidades mapuche que viven la amenaza de desalojos y la violencia de un sistema responsable de crímenes de lesa humanidad. Porque de eso se trata, sin eufemismo alguno.

Recuerdo haberle dicho al juez que mis notas en los diarios no recogían totalmente lo que alcanzamos a ver en Vuelta del Río tras el paso de la horda policial que arrasó con toda la vivienda y enseres de la familia; que las crónicas que estaban ahí, en la mesa de su despacho eran incompletas. Me pide -manifestando sorpresa- que cuente “lo que considero que hay que agregar a la descripción apuntada”.

Respondí que una cosa es observar y contar literalmente el daño que aparece a simple vista y otra es la suma de imágenes que incita respuestas reflexivas, de profundo dolor, por ejemplo, observar la huerta de doña Carmen aplastada por los cascos de los caballos de la policía. Es decir, la tropa policial se ensañó repetidamente con el campo sembrado destruyendo cultivos y hortalizas que se estaban por recoger, lo que permite definir la mente retorcida, siniestra, de quien dio la orden. Resalté que en las alturas de pre cordillera patagónica, las heladas y nevadas son frecuentes anunciando el invierno, el frío en la Patagonía siempre se vive anticipadamente, y estos alimentos son el oro más preciado de pobladores que hacen verdadera historia -y país- en esos lugares. Si a esto le agregamos que parte de la soldadesca que intervino pretendía arrear con algunas cabras, estoy hablando de facinerosos, no de policías. www.ecoportal.net

Javier Rodríguez Pardo

UAC Unión de Asambleas Ciudadanas Contra el Saqueo y la Contaminación
www.asambleasciudadanas.org.ar

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