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Monocultivos, fumigaciones, agronegocios y modelos neocoloniales

06/07/12 Por Jorge Eduardo Rulli

Agobiados por los monocultivos, las consecuencias de las fumigaciones y la creciente inseguridad alimentaria, nos planteamos la necesidad de pensar nuevos modelos agrícolas para nuestra América Latina. Los que nos han impuesto y sufrimos actualmente, son el modo en que el capitalismo globalizado, a través de las empresas transnacionales, aplica en nuestros países creando nuevas situaciones de dependencia colonial: modelos extractivistas y de agro exportación y con ellos, la primarización de nuestras economías y la producción masiva de commodities. Estos modelos conllevan la apropiación de los recursos naturales, con devastación de los ecosistemas y fuertes impactos sobre las poblaciones rurales, que son arrastradas a una urbanización forzosa.

Necesitamos hallar los elementos intelectuales que nos permitan visualizar y enfrentar estas nuevas situaciones; necesitamos repensar las relaciones de la ciudad y el campo en épocas de globalización; demostrar que el avance de los Agronegocios y de los modelos de agricultura industrial con cultivos transgénicos, no son ineludibles como se nos enseña y se los naturaliza mediante la colonización pedagógica y académica.

Necesitamos tomar conciencia de que estos roles que nos fueran asignados por los mercados globales, configuran una agresión a la identidad cultural de nuestros Pueblos, al arraigo de las poblaciones, a sus patrimonios alimentarios y sus posibilidades inmediatas de supervivencia en una sociedad transcolonizada por las corporaciones. En especial ahora, frente a horizontes de cambios climáticos y catástrofes bancarias y financieras como jamás antes ocurriera.

Para una o dos generaciones previas a la nuestra, el haberse preguntado por el origen de los alimentos que componían la mesa familiar, no hubiera tenido mayor sentido. De hecho, todos sabían de dónde provenían los alimentos que consumían; lo que no se producía en el propio hogar, provenía de la casa de algunos parientes, de las redes de amigos o lugares cercanos de producción o mercadeo, donde las familias acostumbraban a surtirse de lo necesario, pero siempre sabiendo quiénes y cómo lo producían.

Esta situación se ha modificado de manera sustancial en un par de generaciones: nos han impuesto la industrialización de los alimentos; la preocupación por las fechas de vencimiento, que tienen relación tan sólo con los productos químicos añadidos; el hábito de ingerir comida chatarra; una comercialización despersonalizada en que nos surtimos en las góndolas; por último, la inmensa dilapidación de energía que suponen las enormes distancias recorridas por los productos, las cadenas de frío, de conservación, envasado y comercialización, hasta llegar a nuestra mesa. Si a ello se suma todo cuanto han logrado a través de la publicidad para modificarnos los hábitos de consumo, estamos frente al secuestro de nuestras vidas por las corporaciones.

Tanto los numerosos pequeños productores chacareros, los campesinos y poblaciones originarias, así como diversos sectores neorurales provenientes de la ciudad, convocados por una vocación de vida en el campo, tienden naturalmente a preservar los ecosistemas y sus elementos fundamentales. No obstante, la presión del consumismo y de los modelos de la insumo-dependencia sobre ellos, junto a las tentaciones de las tecnologías llamadas de punta, las demandas de la exportación y de los modos de vida urbano, son constantes y crecientes. Más aún, se explicitan sin ambages desde los más altos niveles de gobierno y como políticas de Estado, las propuestas demenciales de urbanizar el campo y de industrializar la ruralidad.

El PEAA o Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial del Ministerio de Agricultura, así como muchos otros planes para pequeños agricultores, tanto del INTA como de otros organismos encubiertos en la necesidad de una presencia fuerte del Estado o en las falacias de añadir valor, apuntan directamente a liquidar lo que resta de la vida rural. En este final de época, esas propuestas propias de una modernidad tardía y neocolonizada, atentarían en forma directa contra los procesos culturales que durante centenas de miles de años permitieron a los seres humanos construirse como tales y en sociedad. En la Argentina, por lo contrario y paradójicamente, se enfatizan como progresivos los proyectos de una agricultura sin agricultores y se hace la apología -tal como en el caso de Gustavo Grobocopatel- de la promoción de prácticas agrícolas supuestamente democratizadas, porque pueden realizarse aún desde un departamento de la gran ciudad, en la sola medida en que se aporte a los fondos fiduciarios de los nuevos pooles y consorcios empresariales que producen soja.

Hacia nuevos paradigmas de desarrollo rural

Resulta urgente entonces, la necesidad de instalar criterios y paradigmas que posibiliten desarrollos rurales locales. Necesitamos generar modos de vida que permitan recuperar la autoestima del trabajo de la tierra y muy especialmente de los tan menoscabados cultivos de auto-subsistencia, a la vez que imaginar modelos de producción cada vez más amigables con la Naturaleza; modelos que posibiliten recuperar aquellas relaciones inteligentes de observación y aprovechamiento de los recursos, que se han ido extraviando en los prolongados procesos de aculturación, como consecuencia de las prácticas de agricultura química y a gran escala.

Una de las principales causas del menosprecio a las tradiciones campesinas y/o relacionadas con la tierra o con el campo, es que todas las experiencias de cambio revolucionario habidas en América Latina con posterioridad a la Revolución Mexicana, provienen de lecturas del marxismo. Con excepciones importantes como la de José Carlos Mariátegui en el Perú, no ha habido intelectuales marxistas que bucearan suficientemente en nuestras raíces culturales para indagar sobre las propias necesidades, intentando adaptar a ellas esos pensamientos.

Todo lo contrario, la mayor parte de las corrientes de izquierda se constituyeron en expresiones de una universalidad que nos modeló bajo la luz de sus razones y nos convirtió en objetos, sin poder siquiera atender las propias voces recónditas de la cultura y las tradiciones. Recién a finales del siglo XX, después del colapso de la URSS y habiéndose levantado el Zapatismo en México, conmoviendo las grandes manifestaciones antiglobales en las principales capitales del mundo, resurgió en América Latina un movimiento campesino que, con marcada autonomía de los partidos políticos, se esforzó por generar propuestas tan importantes como fuera la de Soberanía Alimentaria.

Este resurgir de las experiencias campesinas ha mostrado en los últimos diez años sus fortalezas y también sus debilidades. De hecho, se impuso en el campo de las luchas populares un nuevo protagonismo, aunque defensivo y subsidiario de ideologías urbanas progresistas. Para muchos movimientos sociales ciudadanos, nacidos al calor de los despoblamientos masivos a consecuencia de la sojización compulsiva, el adherir a esos movimientos campesinos fue un modo de exorcizar sus propias memorias rurales, a la vez que afirmar su reciente urbanidad periférica hasta el extremo de proponerse como derecho humano y sin vergüenza alguna, el de vivir en la ciudad y en especial el tener el propio lote mínimo, tal como ocurrió en las últimas ocupaciones de tierras en el ingenio Ledesma.

A lo largo de los últimos años, los incidentes sociales a causa de desmontes u ocupación de tierras, en las zonas de impacto de lo que se denomina el área de expansión de la frontera agropecuaria, operaron como escenarios distractivos que permitieron, por una parte, reafirmar los sentimientos de urbanización en las nuevas megalópolis y, por otra, ignorar el modelo impuesto de sojización, o en todo caso ilusionarse con que era posible vencer a ese modelo dándole batalla en Santiago del Estero; no en el corazón de las políticas de Estado o en la promoción académica de la Biotecnología y de una ciencia empresarial puesta al servicio de los patentamientos y la privatización de los conocimientos.

De ninguna manera estoy planteando una mirada desde Buenos Aires, ya que en cada provincia se repitió como fractales un similar esquema. En Córdoba, muchos estudiantes de agronomía que no dieron o no supieron dar la lucha académica contra las corporaciones en el ámbito de la propia Universidad, una vez graduados emigraron a las zonas rurales y se convirtieron en líderes campesinos. Desde ya que subyacía en ellos la convicción que, a falta de un proletariado industrial, los supuestos campesinos, en general no más que pastores o pequeños productores, permitirían suplir la ausencia de un sujeto histórico que guiara los procesos sociales en el sentido de una creciente modernidad, tal como les habían enseñado los manuales.

Sin lugar a dudas, el modo en que se instaló el socialismo, al menos en su versión urbana, industrial y militarista en la vieja Unión Soviética, resultó determinante para la Humanidad: me refiero al modo en que en la Rusia bolchevique el Ejército Rojo, las líneas eléctricas y el ferrocarril, barrieron con las últimas resistencias de autonomía campesina. Recordemos la consigna “socialismo es igual a poder soviético más electrificación”.

La victoria de esa versión del marxismo, convertida más tarde en una cosmovisión, selló también una continuidad y una adhesión del pensamiento y de las propuestas de los oprimidos del mundo con el universo de la ciencia europea del siglo XIX, con su materialismo positivista y su visión mecanicista y unilineal de la revolución y, en especial, con esa mirada eurocéntrica que intentaba reordenar la realidad desde los propios parámetros y durante el siglo XX acompañó desde posiciones de izquierda, los avances coloniales sobre la periferia del mundo.

Lamentablemente, aquellas opciones incluyeron asimismo el dar la espalda a la Ecología y hacerse cargo de un mandato inexcusable, que podemos reencontrar en los socialismos latinoamericanos y hasta en la carta del Che a sus hijos: el de dominar a la Naturaleza. Esa herencia tiñe todavía los pensamientos progresistas y de izquierda con los que debemos convivir y debatir a diario. No es posible imaginar que la izquierda latinoamericana aún no haya advertido la importancia de la preservación del ambiente o acaso de los desarrollos locales amigables con la Naturaleza, del valor del comer sano o del vivir de un modo más armonioso con el entorno.

Sería una ingenuidad de nuestra parte, no comprender que priman en esa izquierda los viejos paradigmas que sustentan esos pensamientos progresistas, el enamoramiento por las chimeneas como símbolo de la industrialización y esas opciones constantes por las categorías de la gran escala y del empleo, junto a las profundas certezas respecto de un progreso ilimitado.

Hoy nuestro continente vive un concierto de diversos gobiernos populares o acaso populistas, renovadores o acaso reformistas, algunos de ellos autodenominados socialistas y en general fuertemente antiimperialistas en el sentido de las consignas que tuvieron vigencia cuarenta años atrás. Consecuencia de fuertes persistencias de las ideologías setentistas y de sus lógicas de construcción del pensamiento, es evidente que ese antiimperialismo cuyo objetivo es lo norteamericano, no suele incluir ni los modos de vida norteamericanos que se nos proponen, ni las grandes corporaciones con las cuales se negocia o acuerda, sin mayores conflictos de conciencia.

Nuestras élites dirigenciales son paradójicamente antiimperialistas, pero a la vez globalizadas y globalizantes; continúan, en definitiva, confiando en el Progreso ilimitado y en el Crecimiento. A la vez, consideran que, a falta de una burguesía empeñosa, serían los viejos revolucionarios, hoy en el rol de funcionarios progresistas, los que lleven adelante las tareas pendientes del capitalismo, aún al precio de que las inversiones estén a cargo de las corporaciones transnacionales.

Peor todavía, aunque resulte grotesco, suelen equiparar a los CEOS y ejecutivos de las oficinas locales de esas corporaciones, como sucedáneos de las antiguas burguesías nacionales responsables de acompañar los procesos de crecimiento. En el caso argentino se dan además, de manera parecida a la llamada nomenclatura rusa, casos de una nueva oligarquía de pensamientos progresistas y de extracción y formación de izquierda, cuyos bienes suelen tener orígenes en las empresas del antiguo Partido Comunista o en las expropiaciones revolucionarias de los años setenta.

Que la izquierda comparta muchos de los mismos paradigmas respecto al llamado Crecimiento y por lo tanto a las ideas de Progreso, con la derecha política y hasta neoliberal, permite que las formas globales de las nuevas dependencias sean en general visualizadas como irrelevantes o no se las considere en los discursos políticos.

Los modelos de monocultivos; las producciones masivas de commodities; la Biotecnología y las semillas GM; la minería por cianurización; los bosques implantados de árboles exóticos; la alimentación de animales en encierro con sojas transgénicas y balanceados industriales; el avance de las fronteras de agricultura industrial sobre las tierras campesinas y los montes nativos; la desaparición de pastizales nativos y de humedales bajo la lógica de una mayor rentabilidad; la conversión de los productores locales en eslabones de grandes cadenas agroalimentarias; así como la producción de biocombustibles para los automóviles de Europa desde la agricultura de América Latina; se consideran aspectos propios de un precio inevitable que es preciso pagar a la modernidad.

Las campañas en defensa de la Ecología movilizan cada vez más población comprometida contra las políticas de devastación, pero aún no logran instalarse en las agendas de los partidos o de los gobiernos. Mientras tanto, los movimientos campesinos se debaten en la confusión y fluctúan entre el creciente acorralamiento de sus bases por las políticas de los Agronegocios y los equipos ideológicos anacrónicos de sus líderes, cuando no la importante seducción de subsidios o puestos funcionariales ofrecidos por los gobiernos progresistas, que les imposibilitan enfrentar esas situaciones; y si no, desde sesgadas perspectivas de reivindicaciones sociales localizadas, que terminan siendo funcionales al modelo productivo.

Tan sólo se trataría de reconocer que la situación es sumamente compleja y que a una situación compleja debiéramos enfrentarla, no con pensamientos binarios o fragmentarios, sino con pensamientos asimismo complejos; pero eso para muchos no resulta sencillo, pues exigiría reaprender a pensar o acaso incorporar los nuevos paradigmas de la decolonialidad y del decrecimiento. Se nos plantea la necesidad imperiosa de avanzar en un proyecto de diferente tipo, un proyecto capaz de recobrar otras miradas, de pensar tanto lo global cuanto lo local, de dar primacía a una visión ecológica y a una agricultura con capacidad de reparar los ecosistemas y de incluir la conservación de la Biodiversidad como tema prioritario. En definitiva, lo que deberíamos proponernos es buscar modelos agrícolas que sean capaces de generar desarrollos locales, que arraiguen familias en la tierra y posibiliten la recuperación de patrimonios genéticos y saberes culturales.

Liberarnos de las nuevas colonialidades

Tal vez el buscar y relevar esos proyectos a lo largo del continente y destacar sus líneas comunes a fin de transformarlos en paradigmas de una agricultura mejor, sea el modo de comenzar a instalar otro modelo de vida, alternativo y no extractivo, no consumista y más en armonía con lo que ahora se denomina en Bolivia el buen vivir, que los argentinos conocimos como procurar la felicidad de nuestro Pueblo. Quizá lo más delicado a llevar a cabo en los debates que tenemos por delante, sea fundamentar las razones por las que se justifique el esfuerzo de innovar y de buscar la originalidad de desarrollos propios por fuera de la Modernidad, liberándonos de este modo de las nuevas colonialidades. Esto escaparía absolutamente a lo meramente económico y nos conduciría a una revalorización de la Cultura como manifestación de la identidad en el marco de los horizontes simbólicos dados.

Rodolfo Kusch, un pensador americano ineludible para repensar lo americano, decía que lo europeo y en especial su filosofía -y al decirlo incluía lo norteamericano, que no es más que un transplante de Europa en América- decía entonces que, “la filosofía europea, es un indagar constante por el Ser, a la vez que una enorme incapacidad por reconocer el propio Estar, extraviado a lo largo del desarrollo de su historia”. También decía que: “lo americano en cambio, era un prolongado permanecer en el Estar, sin que se nos permita alcanzar el propio Ser”. Lograr definir el propio Ser en el estar siendo del Estar de América, sería para nosotros desentrañar esos modelos y lograr aplicarlos. Esos modelos deben surgir desde el estar mismo del mestizaje cultural, donde se reúnan las diversas corrientes que nos conforman, siempre desde su instalación existencial en el suelo de América: el trabajo de indagación que nos debemos es tan sólo para encontrarlos, para destacarlos y sumarnos a ellos con nuestras propias existencias, con nuestro arraigo y nuestros sueños por un mundo mejor. www.ecoportal.net

Jorge Eduardo Rulli - Artículo publicado en la Revista Causa Sur

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