Cuando se habla del océano como fuente de energía, la mayoría piensa en olas, mareas o corrientes marinas.
Sin embargo, un grupo de investigadores surcoreanos está mirando el mar desde una perspectiva completamente distinta.
No quieren aprovechar su movimiento para producir electricidad.
Quieren utilizar uno de sus recursos más abundantes para resolver uno de los mayores problemas de la transición energética: almacenar la energía cuando sobra y recuperarla cuando hace falta.
La cuestión es más importante de lo que parece.
Cada vez que el viento deja de soplar o las nubes cubren una gran instalación solar, las redes eléctricas necesitan sistemas capaces de compensar esa pérdida de producción.
Y ahí es donde aparece uno de los grandes desafíos de las energías renovables.
¿Cómo guardar enormes cantidades de electricidad de forma barata, segura y sostenible?
El ingrediente que el océano tiene en abundancia
Actualmente, gran parte del almacenamiento energético depende de baterías de ion-litio.
Han demostrado ser eficaces, pero también presentan desafíos importantes.
Su fabricación requiere materiales cuya extracción puede resultar costosa y compleja, además de depender de cadenas de suministro concentradas en determinadas regiones del mundo.
Por eso numerosos grupos de investigación buscan alternativas.
En Corea del Sur, científicos de la Universidad Nacional de Ciencia y Tecnología de Ulsan (UNIST) están trabajando con un elemento mucho más abundante: el sodio.
Este mineral se encuentra disuelto en enormes cantidades en el agua de mar.
La propuesta consiste en utilizar baterías acuosas que emplean sodio y agua salada en lugar de recurrir a algunos de los materiales más utilizados por las baterías convencionales.
Además de apoyarse en recursos abundantes, estas baterías eliminan gran parte del riesgo asociado a los electrolitos inflamables presentes en otras tecnologías de almacenamiento.
El funcionamiento básico es relativamente sencillo.
Durante la carga, los iones de sodio se desplazan y quedan almacenados dentro del sistema.
Cuando la red necesita electricidad, esos mismos iones participan nuevamente en las reacciones químicas que liberan la energía acumulada.
La idea no es nueva.
Los investigadores llevan años explorando esta tecnología y distintos proyectos han demostrado que puede funcionar.
Sin embargo, si parece una solución tan interesante, surge una pregunta inevitable: ¿por qué las baterías de agua de mar todavía no se han convertido en una alternativa masiva al litio?
Lo que puede ofrecer esta tecnología y lo que todavía le falta
La principal ventaja de estas baterías es su potencial para reducir costes en aplicaciones de gran escala.
El sodio es abundante, el agua de mar está disponible prácticamente en todo el planeta y los sistemas presentan un perfil de seguridad atractivo para instalaciones fijas donde el espacio no es un factor crítico.
Por eso muchos expertos ven posibilidades especialmente interesantes en parques solares, instalaciones eólicas, puertos, complejos industriales o sistemas de respaldo para redes eléctricas.
En estos escenarios, almacenar grandes cantidades de energía durante horas puede ser más importante que reducir unos pocos kilos o centímetros de tamaño.
Pero también existen limitaciones.
Las baterías de agua de mar almacenan menos energía por unidad de volumen que las baterías de ion-litio.
Dicho de otra manera: para guardar la misma cantidad de electricidad necesitan más espacio.
Esa desventaja dificulta su uso en vehículos eléctricos, teléfonos móviles u otros dispositivos donde cada centímetro cuenta.
Además, la industria del litio lleva décadas perfeccionando sus procesos de fabricación, mientras que las tecnologías basadas en sodio todavía se encuentran en una fase de desarrollo y escalado mucho más temprana.
Por eso no parece probable que una tecnología sustituya completamente a la otra.
Lo que muchos investigadores imaginan es un futuro en el que ambas convivan.
Las baterías de litio seguirían dominando aplicaciones donde el tamaño y el peso son determinantes, mientras que las baterías de agua de mar podrían ocupar un papel cada vez más importante en el almacenamiento estacionario a gran escala.
Si esa combinación llega a consolidarse, el océano podría terminar desempeñando un papel inesperado en la transición energética: no como una fuente directa de electricidad, sino como una de las claves para almacenarla cuando más se necesita.
