Brasil

No hay un nivel seguro para el uso de pesticidas

Informe publicado por la ANVISA (Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria) de la presencia de residuos de plaguicidas en 1.655 muestras de alimentos mostró que en el 36% de las muestras analizadas en 2011 y 29% de las muestras controladas en 2012 fueron considerados insatisfactorios los resultados.

Por Silvia Alonso

El Profesor Wanderlei Pignati, médico sanitarista del área de toxicología hizo hace unos años un estudio cuidadoso de los impactos de los agronegocios en el medio ambiente y la salud.

En la actualidad, el profesor centra su trabajo en el tema de los plaguicidas. Él presentó el martes (28) en el primer día del Seminario Nacional sobre el uso indiscriminado de pesticidas y modelo de producción en el campo organizado por la CUT en colaboración con el Centro de Solidaridad de la AFL-CIO, algunos datos y cifras que demuestran que no hay un nivel seguro para el uso de pesticidas.

Los impactos de la cadena de producción de la agroindustria son muchas. Los de mayor efecto para la salud y el medio ambiente como la contaminación, la aguda y la intoxicación crónica están directamente relacionados con el uso de pesticidas. "venenos verdaderos que presentan riesgos para la salud, salud ocupacional y medio ambiente", resumen Pignati.

Estudio del profesor y doctor en Geografía de la USP, Larissa Mies muestra que los últimos 11 años se registraron 60 000 casos de intoxicación por plaguicidas en Brasil. Es decir cinco mil casos al año y un episodio de intoxicación por cada 90 minutos.

Pero el informe publicado por la ANVISA (Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria) de la presencia de residuos de plaguicidas en 1.655 muestras de alimentos mostró que en el 36% de las muestras analizadas en 2011 y 29% de las muestras controladas en 2012 fueron considerados insatisfactorios los resultados.

Un caso emblemático – en 2006, los agricultores dessecavam soja transgénica para la cosecha con paraquat (herbicida) en la fumigación aérea en las inmediaciones del municipio de Lucas do Rio Verde, Mato Grosso. Una nube tóxica fue volado a la ciudad y mató a miles de plantas ornamentales y medicinales, plantas de secado de 65 granjas de la ciudad de vegetación de los alrededores y provocó un brote de intoxicación aguda en niños y ancianos.

A partir de este hecho, un equipo del Centro de Estudios Ambientales y de la Salud de la Universidad Federal de Mato Grosso del Trabajo, dirigido por el profesor Wanderlei Pignati, inició una encuesta en el sitio de 2007-2010 para recoger datos y muestras.

La ciudad de 37.000 habitantes, tenía IDH (Índice de Desarrollo Humano) de 0.818 (tercera MT), producido en 2010 cerca de 420 mil hectáreas de soja, maíz y algodón y consume 5,1 millones de litros de pesticidas, especialmente herbicidas , insecticidas y fungicidas.

"Los resultados detectaron un uso intensivo de pesticidas en los cultivos, un hecho crucial para la contaminación de los diversos componentes del medio ambiente y la población, las familias y la leche materna", informó Pignati.

El profesor señaló que a pesar de la publicación de la normativa instrucción 02/2008 MAPA (Ministerio de Agricultura, Ganadería y Abastecimiento) que prohíbe la fumigación aérea a menos de 500 metros de fuentes de agua potable, arroyos, cría y residencias, hay una falta de respeto en curso la norma.

También señala las fallas en el control social, la supervisión pública y estudios sobre el impacto del uso desenfrenado de estos productos.

Prohibido en otros países, algunos pesticidas siguen siendo utilizados libremente en Brasil, país que lidera el ranking mundial de consumo de plaguicidas y emplea a más pesticidas en sus cultivos. En 2010, el consumo era 828 millones de litros, lo que equivale a cerca de cinco galones de veneno per cápita.

Daños a la salud que van desde el daño agudo (gastrointestinal y el hígado), así como las enfermedades crónicas psiquiátricos (depresión, trastornos del desarrollo), neurológicas (sordera, enfermedad de Parkinson), los disruptores endocrinos (diabetes, hipotiroidismo, infertilidad, aborto involuntario), teratogénico (malformaciones, abortos), mutagénicas (induce defectos en el ADN de los espermatozoides y óvulos) y cancerígenos (mama, ovario, próstata, testículos).

Vignati destacó algunas medidas urgentes para ratificarse como el cumplimiento de la legislación, prohibición de la pulverización por las aeronaves y el uso de pesticidas ya enrejadas en la Unión Europea, el fin de los subsidios públicos a estos venenos.

"Esto debería ser una lucha de la CUT y de toda la población, ya sea rural o urbano, pues todos son directa o indirectamente afectados. En la Unión Europea la prohibición de los plaguicidas se produjeron a partir de una toma de conciencia y la movilización de los consumidores y este es el camino que debemos seguir con la publicación sobre los efectos del uso indiscriminado de estos producto, infertilidad, Parkinsons para la salud y el medio ambiente", dijo Pignati, que se unió a la primera dirección de la CUT.

Discapacidad transgénica

Médica en Chaco revela conexión entre discapacidad y agrotóxicos: ‘Están dañando el territorio, la genética y el futuro’

El periódico Mu, editado por la cooperativa La Vaca, dedicó su edición del mes de julio a indagar sobre las consecuencias de la aplicación de los agrotóxicos. DIARIO JUNIO reproduce el reportaje a la doctora que en el Chaco integra la Red de Salud Popular “Dr. Ramón Carrillo”, María del Carmen Seveso. La doctora conecta la cantidad alarmante de escuelas para jóvenes discapacitados que hay en Chaco con esta exposición crónica a los biocidas: “Donde yo vivo, con una población de 89.800 habitantes hay aproximadamente 7 escuelas privadas y concentran una matrícula de 700 niños con capacidades diferentes”, cuenta Seveso

Viene de un lugar llamado Resistencia, con un pendrive repleto de fotos de bebés nacidos con malformaciones, órganos fuera de lugar, caras deformes, narices enormes, ojos imperceptibles, pies torcidos.

“Más que fotos, son pruebas”, apunta con tono inquisidor hacia los responsables de seguir las puntas de este ovillo que hilvanaron médicos de distintos puntos del país, entre quienes ella se ha erigido como referente.

“¿Quién va a pagar por esto?”, pregunta señalando esas dolorosas fotografías.

La doctora María del Carmen Seveso mostrará estas pruebas en una de las conferencias del Congreso de Ciencia Digna, y luego se quedará charlando con la doctora Delia Aiassa, de la Universidad Nacional de Río Cuarto, especialista en investigar el daño genético que produce la exposición a agrotóxicos. Están planeando algo concreto: conectar las imágenes con la evidencia científica.

Esa foto que las mostraría a ellas coordinando sus trabajos -y que no estará nunca en ningún pendrive ni diario ni nada- es otra prueba: la de cómo se construye la ciencia digna en tiempos indignos.

Los síntomas

Seveso es médica especialista en Terapia Intensiva y en Terapéutica Farmacológica, entre otras cosas, y siempre trabajó con adultos. Primero en el servicio de terapia intensiva del Hospital Perrando, en Resistencia. Luego se radicó en Presidencia Roque Sáenz Peña (segunda ciudad más poblada del Chaco), donde dirigió el Servicio de Terapia del Hospital 4 de Junio, del cual actualmente es miembro del Comité de Bioética. Además, integra el Consejo de Bioética de la provincia del Chaco y forma parte de la Red de Salud Popular doctor Ramón Carrillo, una organización que desde hace años acompaña el reclamo de los pueblos fumigados. Su caso es similar al de otros profesionales de la salud con las antenas paradas: una médica intensivista que empezó a notar cosas raras. “Insuficiencias renales, deformidades físicas, y después los cánceres – enumera-. Recibía personas que tenían enfermedades gravísimas: unos entraban en coma, otros con insuficiencia respiratoria, y no tenían un diagnóstico, pero la enfermedad había evolucionado muy rápidamente. ¿Qué estaba pasando entonces? Había algo que aceleraba los procesos”. Seveso comenzó una investigación digna de cualquier serie norteamericana, con las herramientas que tenía a mano: recurrió al sistema de datos del servicio de terapia intensiva del Hospital 4 de Junio (centro de salud pública de referencia de la mitad de la población del interior del Chaco) para ver qué decían esos números. Cuenta:

– “En la base de datos de pacientes internados se registraba un número importante de mujeres con patología del embarazo y puerperio”.

– “Predominaban las que tenían complicaciones graves derivadas de la hipertensión inducida por el embarazo”.

– “En el año 2007 aumentaron en tal magnitud que igualaron a la suma de los últimos 5 años anteriores. En ese año la siembra de soja transgénica fue la más importante y así también las fumigaciones”.

– “Comenzamos a sospechar que había una relación, al igual que con otras enfermedades como cáncer en personas más jóvenes y con evolución tórpida, enfermedades neurológicas, respiratorias, etc.”

– “En ese momento nos acercan la estadística de neonatos con malformaciones que provienen de la misma región y que triplicaban los datos de otros servicios de zonas no fumigadas”.

– En la actualidad, dice, la multiplicación es mayor.

– Según los parámetros de la normalidad, el 10% de las mujeres embarazadas puede tener esta problemática. En el Hospital 4 de Junio, “de 10 que llegaban a Tocoginecología, 4 eran casos con hipertensión inducida por el embarazo”. Es decir, el 40 por ciento.

Seveso cuenta que la hipertensión durante el embarazo es una enfermedad sistémica, que enferma a los vasos y afecta a todos los órganos, y que produce nacimientos de bebés en condiciones críticas: neonatos con bajo peso, puede haber desprendimiento de placentas, corre riesgo la vida de la madre y el niño.

Ir al campo

Hay que imaginarse a María del Carmen Seveso, metro cincuenta de estatura, andando por los pueblos del interior del Chaco, visitando los lugares de donde llegaban sus pacientes enfermos para atar los cabos sueltos: “Se sumaba a nuestra sospecha que en los pueblos, cuando hablábamos con el personal de salud -entre ellos médicos, agentes sanitarios- nos decían que el problema que tenían era que las embarazadas presentaban hipertensión”. Es decir, la tendencia que notaban en el hospital también la constató en los lugares que visitaba. ¿Cómo comprobar si esa tendencia estaba relacionada con los agrotóxicos? No contaban con laboratorios. “Justo en ese momento nos llega un informe de una investigación realizada en Colombia por el doctor Jaime Altamar Ríos que mencionaba que los herbicidas que se utilizan actualmente provocan los mismos cambios endócrinos y hormonales que se describen en estos embarazos”. Eureka.

Discapacidad transgénica

Luego llegaron las evidencias científicas. “Hasta entonces no había muchas investigaciones publicadas, pero luego se pudo acceder a publicaciones de todas partes del mundo y de nuestro país que informan sobre investigaciones que demuestran que todos estos productos biocidas son los responsables del cambio en el número de autismo, obesidad, problemas de aprendizaje”, dice Seveso.

Su conclusión es contundente: “Todo esto nos hace pensar que ya no tenemos que preguntarnos si estas enfermedades son causadas por el envenenamiento del medio ambiente y la calidad de la alimentación, sino al revés: tendríamos que preguntarnos qué enfermedad no es causada por esto”.

Otro dato escalofriante: la doctora Seveso conecta la cantidad alarmante de escuelas para jóvenes discapacitados que hay en Chaco con esta exposición crónica a los biocidas, término que refiere al paquete de semillas transgénicas y agrotóxicos.

En la actualidad son cuarenta las escuelas públicas, distribuidas en distintas localidades, y en las ciudades más grandes hay muchas más instituciones privadas. “Donde yo vivo, con una población de 89.800 habitantes hay aproximadamente 7 escuelas privadas y concentran una matrícula de 700 niños con capacidades diferentes”, cuenta Seveso.

Y razona: “Si conectamos este dato al nuevo modelo de siembra, se entiende por qué hace 10 años la cifra de matriculados, en Sáenz Peña y en ese tipo de escuelas, era sólo de 100. Es decir, 7 veces menor”.

Concluye con otro dato clave: “Los niños provienen de zonas fumigadas, prácticamente sin excepción”.

El mapa del cáncer

Durante el 2011 la doctora Seveso formó parte de un equipo de investigación encabezado por Mirta Liliana Ramírez, geógrafa, encargado de relevar las condiciones epidemiológicas de los departamentos de Bermejo, Independencia y Tapenagá, de la provincia del Chaco. Los resultados son contundentes:

– En la localidad de Napenay (1.960 habitantes) el 38,9% declaró haber tenido en los últimos 10 años algún familiar con cáncer.

– En Avia Terai (5.446) el porcentaje era de 31,3%.

– En La Leonesa ( 8.420), el 27,4% tuvo un familiar con cáncer .

– En Campo Largo, el 29,8%.

– En otros pueblos testigos que fueron encuestados y que son ganaderos -Charadai y Cotelai- las respuestas positivas bajaron: sólo el 5 y el 3 %.

El informe también resaltaba el “alto grado de inequidad” observado al analizar la exposición a los agrotóxicos: “Se observa una exposición desigual en los residentes de las zonas rurales y urbanas, en los diferentes estratos económicos de las zonas urbanas, entre los hombres y las mujeres, y los trabajadores del sector formal e informal; y en particular, los niños y los ancianos”.

Seveso lo traduce a la realidad chaqueña: “Hay mucha gente muy pobre. La mayoría no tiene agua potable y se abastecen de los pozos y de aljibes, que es agua contaminada con agrotóxicos. Bañan a los bebés con esa agua, y la toman, porque no tienen ni para comprar un bidón. Son los más vulnerables”, reitera.

Lo insostenible

El diagnóstico de la doctora Seveso culmina en un razonamiento elemental, básico a toda ciencia: “En un sistema sano todo está regulado. Es un tipo de sistema que, cuando hay una disrupción, funciona mal. Es como cuando vos alterás algo del sistema operativo de una computadora: se para, o se cuelga, o se te mete un virus. En síntesis: funciona mal. En un sistema de equilibrio perfecto, este tipo de alteraciones que representan los biotóxicos logran romperlo, porque son disruptivas. Los venenos estos, todos, son productos diseñados para matar la vida”.

¿En qué etapa estamos ahora?

“Estamos en una etapa en que la difusión está: la gente sabe de qué estamos hablando. Los políticos también. Entonces, cuando haya necesariamente un cambio por lo insostenible de este discurso, ellos van a ser solidariamente responsables por su negligencia. Esto recién empieza. Van a tener que pagar. Me duele mucho que los organismos de derechos humanos no asuman esto como una transgresión a esos derechos, en su máxima expresión: están dañando el territorio, la genética y el futuro. Y si no hacemos algo, va a ser cada vez peor.

Porque en el futuro van a venir nuevas biotecnologías y nos va a resultar muy difícil identificarlas. Y hasta que eso ocurra ya habrán hecho aún más daño; tendremos que empezar a investigar de nuevo. ¿Viste esas películas de la devastación? Va a ser así algo así.

En medio de esta postal desoladora, ¿qué representa la ciencia digna? No me considero científica. Yo soy de trinchera, trabajé con lo que muestran los pacientes y fui al lugar donde se enfermaban para entender qué pasaba. Creo que la ciencia digna es eso: tratar de explicar que pasó y que pasa con la sociedad en el momento en que te toca actuar. ¿Es posible que la ciencia hoy juegue ese rol? Te tendría que definir primero a la otra ciencia: la ciencia adicta al poder, la ciencia hegemónica que siempre dijo lo que al poder le interesaba que diga, la ciencia al servicio de las corporaciones, siempre con la complicidad de los Estados.

Las universidades públicas investigan hoy con fondos de Monsanto y de las farmacéuticas. ¿A quién le sirve eso? Creo que la ciencia digna es Andrés Carrasco, que investigó y descubrió al monstruo: el glifosato. Lo dijo públicamente y murió peleando por eso. Y quizás sea un poco ese nuestro destino: pelear hasta morir, porque ya somos grandes”.

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