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El Conicet enumera daños de las quemas: desertificación, pérdida de semillas y huevos, contaminación

En lo que va del año, se constataron más de 3.700 focos de incendios en islas del Delta superior del Paraná bajo jurisdicción de Entre Ríos. Es la mayor cantidad en los últimos nueve años. El manejo descontrolado del fuego y los endicamientos como prácticas productivas están devastando el humedal.

Los extendidos incendios en el Delta del Paraná a lo largo de toda la ribera frente a la provincia de Santa Fe y parte de la del norte bonaerense generarán estragos cuantiosos en la flora, fauna y suelo del humedal, además del propio río. Varios científicos del Conicet enumeraron los daños: pérdidas de bancos de semillas, muerte de crías de animales, liberación de grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera con su consecuente aumento de efecto invernadero, desertificación del humedal que se suma a su “pampeanización” por los permanentes endicamientos para hacer ganadería y agricultura, contaminación del río por las cenizas. Y sigue la lista. Los investigadores describieron un incompleto abanico de efectos adversos e insistieron en la necesidad de modificar el esquema de explotación productiva del humedal, aplicar de una vez las leyes vigentes y diseñar un plan estratégico integral para no tener que lamentar recurrentes episodios como los de este año que, advierten, aún no está controlado.

En lo que va del año, se constataron más de 3.700 focos de incendios en islas del Delta superior del Río Paraná bajo jurisdicción de la provincia de Entre Ríos. Es la mayor cantidad en los últimos nueve años, desde los siniestros de 2008, y 2011. Las columnas de humo llegaron hasta Rosario y otras ciudades santafesinas, además de las bonaerenses de San Nicolás y San Pedro.

Alba Imhof, docente de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la UNL (Litoral) y coordinadora del programa de Extensión Ambiente y Sociedad, recuerda que hay antecedentes de estas prácticas de fuego para renovar pastizales. “Particularmente, el de 2008, cuando se quemó casi el 17% de toda la superficie del Delta, desde Rosario hasta la zona de Campana”, ejemplifica.

La vegetación muere en el lugar porque no tiene posibilidad. Los animales se mueven, pero en realidad, pierden sus huevos, nidos, cuevas, hasta se pierde la posibilidad de que puedan alimentarse, por eso huyen”, señala.

Quemas y terraplenes para hacer del humedal otra cosa

Patricia Kandus, bióloga de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), pone en contexto las quemas de 2008, cuyas prácticas fueron acompañadas de una marcada proliferación de emprendimientos de endicamiento (los terraplenes denunciados en Rosario por colectivos como El Paraná no se Toca). “Los endicamientos o polders son áreas delimitadas por terraplenes que impiden el libre ingreso de agua por crecientes fluviales o mareas, evitando así que un campo ubicado en un humedal se inunde naturalmente. Este tipo de intervención expandió el proceso de «pampeanización» que ya venía ocurriendo en la región. Es decir, el esfuerzo de tratar de desarrollar también en las islas del Paraná actividades productivas con los modos de tierra firme. Hoy, cerca del 13% de la superficie de la región se encuentra endicada”.

Reserva incendiada

La bióloga de la Unsam sostiene que aún si el fuego se apaga, lo quemado persiste. “De estos focos, el 82,5% se concentran en la provincia de Entre Ríos, gran parte en las islas de la Reserva (municipal) de Usos Múltiples Islas de Victoria (más del 60% de los focos totales). Los restantes 11,4% y 6,1% ocurrieron en Buenos Aires y Santa Fe, respectivamente”, sostuvo en su último informe, recientemente publicado.

Se trata de un problema que atraviesa las fronteras jurisdiccionales, tanto en tierras de propiedad privada como en tierras fiscales arrendadas a privados”, insiste la investigadora.

Las semillas perdidas

Alejandro Giraudo, profesor de Biología de la Conservación en la Facultad de Humanidades y Ciencias (UNL) e Investigador del Conicet, señala que si bien las quemas tal vez tengan por objetivo, como argumentan los ganaderos, “limpiar o desmalezar las islas y quemar los pajonales” en forma racional, “tienen varios efectos negativos importantes”.


La gravedad de los daños, explica Giraudo, dependen de las condiciones del humedal que no se tienen en cuenta. “Como hay una sequía muy grande, los focos llegan a altas temperaturas que pueden afectar bancos de semillas de las plantas en el suelo y provocar que las plantas verdes que se refugian debajo de estos pajonales se quemen también. Siendo uno de los pocos recursos que tiene el ganado en invierno”, reveló. Es decir, incluso, un tiro por la culata si el fin es el declarado por los productores.

El uso (o abuso) del suelo

Ernesto Massa, ingeniero agrónomo de la Estación Experimental Agropecuaria (EEA) Paraná, del Instituto de Tecnología Agropecuaria (Inta), apuntó que el uso del suelo, desde un punto de vista vista ganadero, cambió desde hace unos años. Muchos rodeos de cría llegaron a la isla. En parte, explican otros, por el avance de la frontera agropecuaria por la expansión de los cultivos de soja, como producción más rentable.

Los humedales son muy productivos, no solamente para el aprovechamiento del forraje del ganado, sino que también tienen altas tasas de crecimiento diario. Este año llovió poco y hubo buen crecimiento del forraje, mientras que en el río se observa una bajante histórica. Estas condiciones favorecieron que los fuegos del delta sean incontrolables”, especificó Massa.

El fuego ancestral, hoy desmadrado

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La quema controlada de pastizales en los campos es una práctica tradicional, pero en los últimos años se convirtió en un enorme problema ambiental.

En condiciones controladas, bajo una planificación regional y con una estricta consideración de las condiciones ambientales, el manejo del fuego puede contribuir a promover una variedad de respuestas de la vegetación e incluso de biodiversidad, con algunos efectos potencialmente benéficos para las prácticas ganaderas, como el rebrote de especies forrajeras. Sin embargo, realizar quemas en un contexto de sequía y bajante extraordinaria del Paraná, con múltiples focos simultáneos en toda la región sin planificación ni control, implica un riesgo de devastación de los ecosistemas, superando cualquier nivel de resiliencia que pudieran presentar las especies nativas”, advirtió la bióloga Kandus.

El manejo del fuego debe ser integral. Tiene que sintonizar con los objetivos de manejo de las tierras, responder a una planificación estratégica teniendo en cuenta factores como los efectos dañinos, los riesgos y costos por destrucción del ambiente.

El biólogo Giraudo enfatiza que “esto constituye una problemática ambiental”. Y desarrolla: “Estas quemas se están realizando en momentos de mucha sequía, con escasas precipitaciones y hay mucha materia seca. Además de quemar biomasa, microorganismos del suelo y animales mayores, libera dióxido de carbono a la atmósfera“, lo que genera, de nuevo, daños al ambiente, las personas, la flora y la fauna.

Intención humana, no naturaleza: un desierto

Los incendios también se inician por causas naturales. Los investigadores coinciden –como varios funcionarios nacionales y santafesinos– en que hoy son consecuencia mayoritaria de acciones intencionales que buscan obtener un mejor rinde de las pasturas.

Estos incendios tan grandes, tan prolongados por tanto tiempo, producen desertificación, principalmente cuando afectan a las raíces de las plantas que se encuentran bajo tierra. Esto significa que dejan huellas que son imborrables en los ambientes naturales, y al mismo tiempo, consecuencias para la salud del hombre como las que se vieron en Rosario, en la calidad del aire por el humo que se desprende y las cenizas que se acumulan en el río”, advirtió la docente de Humanidades y Ciencias Imhof.

Nada terminó, el riesgo persiste

El Delta del Paraná es un macrosistema de humedales de gran importancia para la conservación de la biodiversidad y la regulación de inundaciones. Massa aseguró que el fuego en el Delta puede permanecer e incluso producirse focos aún más severos por las actuales condiciones del ambiente. “En las lagunas, hay una vegetación adaptada que ahora está seca, se generan grandes colchones de acumulación de materia orgánica de distinto grado de descomposición, y en esa zona los fuegos o los incendios, pueden tener o alcanzar temperaturas más severas”, precisó el ingeniero agrónomo Massa.

– Material de origen: Universidad Nacional del Litoral

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