Contaminación

Las algas de la discordia: La agricultura intensiva de una región francesa en cuestión

En las playas de Bretaña, al noroeste de Francia, las algas verdes se acumulan durante el verano. Huelen mal, desfiguran las playas y aún peor, pueden matar. La ulva armoricana o lechuga de mar, cuando se decompone, desprende un gas, el hidrógeno sulfurado, que resulta mortal si se respira varios minutos. Según los científicos, la culpa cae en la agricultura intensiva. El origen del problema son mayoramente los abonos usados por los agricultores.

Por Jérôme Le Boursicot

En las playas de Bretaña, al noroeste de Francia, las algas verdes se acumulan durante el verano. Huelen mal, desfiguran las playas y aún peor, pueden matar. La ulva armoricana o lechuga de mar, cuando se decompone, desprende un gas, el hidrógeno sulfurado, que resulta mortal si se respira varios minutos. Según los científicos, la culpa cae en la agricultura intensiva. El origen del problema son mayoramente los abonos usados por los agricultores.


Cada año, los turistas que vienen a disfrutar del magnífico litoral bretón huyen. Huyen de las algas verdes que se acumulan durante el verano en las playas de Bretaña, al noroeste de Francia. Porque huelen mal, hasta tal punto que tuvieron que cancelar el mercado en Douarnenez, recuerda un habitante, y desfiguran las playas. Aún peor, pueden matar. La ulva armoricana o lechuga de mar, cuando se decompone, desprende un gas, el hidrógeno sulfurado, que resulta mortal si se respira varios minutos. Según los científicos, la culpa cae en la agricultura intensiva.

Se observaron proliferaciones de algas en Estados Unidos, Australia, Inglaterra, Dinamarca, Holanda o en la laguna de Venecia, aunque las algas puedan ser de color marrón o rojo y de menor tamaño. Al proliferar en las aguas, algas semejantes amenazaron la competición de veleros en los Juegos Olímpicos de Pekín, en agosto de 2008. Las autoridades chinas tuvieron que mandar el ejército y voluntarios para limpiar las aguas a tiempo. Quizás la próxima proliferación de algas verdes tenga lugar en la Argentina, otra plaga que sería en parte culpa de la agricultura nacional.

Los 2700 kilómetros de costa de Bretaña reúnen las condiciones óptimas para que se desarrollen las algas verdes: se encuentran bahías cerradas que tienen poca profundidad de agua, lo que deja pasar la luz, y se encuentran nutrientes en el agua.

Esta costa bretona atrae muchos turistas durante el verano, siendo una fuente de ingresos primordial para la región. También Bretaña representa el 50% de las crías de cerdos y el 30% de las crías de aves de corral. La agricultura ganadera intensiva nutre el país, exporta productos agrícolas y emplea miles de personas en Bretaña. Así que no resulta fácil resolver el problema cuando los dos pilares de la economía local, el turismo y la agricultura, están poniéndose trabas.

Cada año, el tema se pone por encima de la mesa mediática y política. El problema tuvo especial importancia cuando falleció un caballo el año pasado y murió un hombre tras haber pasado varias horas recogiendo y trasladando algas verdes. Era un año record en términos de recogida ya que más de 20.000 hectáreas de playa fueron cubiertas de algas verdes, según el Centro de Estudios y Valorización de Alga en Bretaña, un órgano sostenido por las autoridades locales y grupos industriales.

En la emoción del momento, el gobierno francés anunció medidas y en enero de 2010 lanzó un plan quinquenal de lucha contra la proliferación de las algas verdes. También el ministro de la agricultura, Bruno Le Maire, y la Secretaria de Estado encargada de la Ecología, Chantal Jouanno caminaron simbólicamente y delante de muchos periodistas por una playa inmaculada el 19 de julio. Venían a inaugurar un centro de compostaje y constatar la aplicación de la serie de medidas. El plan quiere tratar el daño, es decir “asegurar una gestión intachable de esas algas mejorando las técnicas de recogida y desarrollando las capacidades para tratarlas.”

Y quiere atacarse al origen del problema impidiendo que se fomenten las algas verdes. El origen del problema son mayoramente los abonos usados por los agricultores. Por eso, el plan consiste en disminuir los flujos de nitratos, esas sustancias que contienen los abonos y generan el fenómeno. Los nitratos alcanzan las playas mediante los ríos que desembocan en el mar. Las plantas no absorben la totalidad de los nitratos contenidos en los abonos y, por consiguiente, se difunden en la naturaleza chorreando en los campos.

Como muchas asociaciones ambientalistas, la asociación Eaux et rivières de Bretagne quiere que los culpables, es decir los agricultores y grupos agropecuarios, paguen por suprimir sus desechos y que no sean los contribuyentes franceses quienes lo hagan.

Yves-Marie Beaudet, Presidente de Cap Bretagne, una asociación de sindicatos y diversos organismos agrícolas fundada especialmente para que el sector tenga una voz unida con respecto al problema ambiental, lamenta que esas asociaciones ecologistas estigmaticen a los agricultores. “No somos los únicos responsables, hay otras fuentes de contaminación”.

Además de los nitratos que proceden de la agricultura, es decir el hidrógeno de los abonos, están los fosfatos que proceden de las aguas usadas domésticas e industriales que no fueron bien tratadas. Pero, según Patrick Durand, especialista del tema en el Instituto Nacional en Investigación Agronómica, conocida en Francia bajo el acrónimo INRA, “los sedimentos marinos ya contienen suficientes fosfatos para que se generen algas verdes. Además, no es posible actuar sobre este parámetro.” En cambio, sí se puede actuar sobre la concentración de nitrógeno que está presente en el medio ambiente costero.

Por eso, el plan gubernamental trata de que los sistemas de producción agrícola usen menos nitrógeno y lo usen de manera más responsable. Desde el principio del mes de octubre, los agricultores de la bahía de Lieue-de-Grèves y la bahía de St-Brieuc, las bahías más afectadas, tienen que comunicar la cantidad total de hidrógeno usado en sus explotaciones, y en ocho bahías se limitó la presión del hidrógeno sobre el territorio ubicado por encima de la cuenca fluvial. Por añadidura, ya no se pueden echar en los campos algas frescas y recogidas en las playas. Muchos agricultores solían usarlas como fertilizante. Las inspecciones serán también más frecuentes.

“Una explotación agrícola soporta 6 o 7 inspecciones al año”, recordó Patrick Keravec, un ganadero de cerdos bretón, en Le Télégramme, un diario local. Afirmó también que “las obligaciones son cada vez más difíciles de soportar cuando se cobra la mitad del salario mínimo y se trabaja 70 horas por semana”. Los interventores admiten que esas inspecciones requieren mucho tiempo a los agricultores. Y añaden que la reglamentación irá endureciéndose, empeorando aún más las condiciones de trabajo de los agricultores.

Pese a esas medidas, las asociaciones ecologistas siguen decepcionadas por el plan del Estado francés, que pone hincapié en lo curativo, o sea, la recogida y el tratamiento de las algas verdes, más que en la prevención del problema, es decir, un cambio más profundo en las prácticas agrícolas.


Una agrupación de 80 asociaciones bretonas reunidas bajo el nombre Baie de Douarnenez Environnement (Bahía de Douarnenez Medio Ambiente), marchó el 19 de septiembre en una de las playas afectadas para pedir un “verdadero programa de lucha contra las algas verdes” por parte del Estado francés. La bahía de Douarnenez, en el Departamento Finistère, pertenece a uno de los 8 municipios en los cuales el gobierno Frances ha priorizado su acción de lucha contra el fenómeno. A principios del mes de julio, prohibieron el acceso al público a una de las playas más grandes de la bahía por culpa del fomento de una gran cantidad de algas verdes.

El 19 de septiembre, el día de la marcha, también estaban presentes agricultores en la playa de Douarnenez. El conflicto ambiental se concretó en aquella playa, aunque los agricultores declararon a los medios franceses que todos –o sea ambas partes- deben trabajar juntos para resolver este problema global. Yves-Marie Beaudet agrega que “las acciones por parte de los agricultores ya se remontan a más de 15 años” puesto que una Directiva europea impuso a los mismos bajar su contribución de nitratos en el año 1991. “Las primeras medidas para ajustarse a las normas costaron más de mil millones de euros, el 70% a cargo de los agricultores. Se trataba de almacenar los efluentes más tiempo para esparcir el abono al momento y en el sitio adecuados –teniendo en cuenta las necesidades de las plantas y el estado del suelo- y suprimir las contaminaciones directas en el medio.” Hubo muchos esfuerzos “que no reconocen las asociaciones ecologistas” y hay resultados visibles. En 10 años, se ha notado una baja de un 20% en la concentración de nitratos en los ríos bretones.

Sin embargo, los resultados, así como el plan gubernamental, no satisfacen a los comerciantes, municipios, habitantes de los municipios y las asociaciones ambientalistas. Estas últimas quieren otra agricultura. El Consejo Científico del Medio Ambiente de Bretaña, un órgano independiente, considera que “la resolución del problema de las algas verdes requiere una renovación de los sistemas de producción”. La asociación Urgence Marées Vertes va más lejos y sostiene que hace falta reducir el ganado de cerdos en un 30%.

¿Cómo llegamos hasta un sistema de producción agrícola intensiva tan perjudicable para el medio ambiente? El sistema agrícola francés se remonta a unos cuarenta años atrás, cuando, al salir de la segunda guerra mundial el país sufría falta de comida para todos. Con el fin de asegurar la autosuficiencia alimentaria de la nación y de Europa, hubo una verdadera revolución agrícola: se especializaron los territorios y se desarrolló el productivismo. Se vieron los primeros efectos negativos del sistema y de la Política Agrícola Común, a nivel europeo, a través de la sobreproducción en los años setenta. Luego, surgieron los problemas ambientales como las mareas verdes. Una generación atrás, la naturaleza podía absorber los efluentes de las explotaciones de tamaño menor. Pero luego se construyeron estructuras más grandes que usan más abonos.

Ahora, Francia es uno de los mayores productores de cerdos de Europa, junto a España, Dinamarca, Alemania y Polonia. Se cuentan 600 cerdos por kilómetro cuadrado en Bretaña. La explotaciones de cerdos emplean unos 24.000 personas según la Cámara de Agricultura de Bretaña.

Bajar la producción, disminuir el ganado, como lo desean muchas asociaciones significaría menos agricultores en los territorios concernidos. “Eso llevaría a un desequilibrio de la economía local, advierte el Presidente de Cap Bretagne. Aunque ciertas asociaciones reclaman más recursos para modificar las prácticas, también ponen en tela de juicio la agricultura rentable, la única que permite a los agricultores vivir de su trabajo”.

El camino hacia una agricultura menos intensiva es, para muchos agricultores, una opción que no quieren considerar. Con un informe del Tribunal de Cuentas de Francia producido en 2002, varios estudios mostraron la necesidad de reducir el ganado en las zonas de excedente estructural de nitrógeno. La producción intensiva en Bretaña es en parte responsable de una tasa promedia de 30,6 mg/l de nitratos en los ríos de la región, según las cifras del Observatorio del agua en Bretaña, mientras que todos los científicos consideran que hay que alcanzar una tasa inferior a 10mg/l para frenar la proliferación de algas verdes.

La situación resulta de una falta de voluntad política por parte del Estado Nacional, opinan muchos actores. Pero los eventos dramáticos del verano pasado plantearon el problema de salud pública que constituyen las mareas verdes. “Y de repente las algas verdes se convirtieron en un peligro y fue lo que dio la voz de alarma. Los tribunales establecieron el papel del Estado francés a fines de 2009 estableciendo que si favorece una agricultura intensiva se debe hacer responsable de la contaminación”, nota Michel Guillemot, el Presidente de la asociación ecologista Halte aux marées vertes.

La inacción del Estado francés no sólo se ilustraba en la falta de medidas dedicadas a cambiar las prácticas agrícolas, sino también en que no procuraba los medios para cumplir las normas europeas y la legislación nacional, dice Eaux et Rivières de Bretagne. La asociación denuncia, entre otras cosas, el hecho que sobre los 1927 controles llevados a cabo en instalaciones de ganadería en 2004 –al total son 25.000– el 44% presentaban incumplimientos mayores, pero sólo el 3% fueron sancionadas.

Las autoridades regionales se alegran de que el Estado Nacional reconociera su rol. Ya que no podían, junto con los municipios, soportar los costos de recogida (unas 70.000 toneladas de algas son recogidas cada año en la región) ni tampoco tienen los recursos para cambiar radicalmente las prácticas agrícolas, y “la política agrícola es competencia del Estado Nacional, añade Ange Herviou, Vice Presidente del Consejo General de Côtes d’armor, el departamento donde se ubican la bahía de Lieue-de-Grèves y la bahía de St-Brieuc.

“Ahora hay que explicar a la gente que hace falta esperar entre 3 o 4 años para tener una respuesta del medio ambiente frente a una medida agronómica” indica Patrick Durand, el especialista del INRA. Así que más tarde se constarán los efectos de las medidas emprendidas años atrás y desde que se lanzó el plan gubernamental.

Hay motivos para tener esperanza y revertir la situación, como reemplazar los cultivos actuales por otros que absorben más nitratos tal como los cultivos de pastos. Pero, según Jean-Claude Lamandé, Presidente del Comité de las cuencas fluviales de Lieue-de-Grève, aunque estén de acuerdo, los agricultores de su cuenca esperarían ayudas del Estado Nacional para compensar la pérdida de rentabilidad. En efecto, una vaca lechera alimentada por hierba produce 6000 litros de leche en vez de 8000. Y los fondos del plan distan mucho de ser suficientes, indican los agricultores y asociaciones ecologistas.

El partido ecologista Europe Ecologie Bretagne quiere llevar el tema ante la Comisión europea con el fin de “denunciar la inacción del Estado francés en materia de lucha contra las algas verdes”. En las últimas elecciones regionales, en 2010, este partido llegó tercero, obteniendo el 17.37% de las bancas en el Consejo Regional. Fue el segundo partido más votado en Bretaña en cuanto a las elecciones europeas de 2009, con el 17,95% de los sufragios, y el primero en Rennes, la capital de la región, con el 27,41% de los votantes. No sería exagerado decir que es un partido que cuenta para la opinión pública francesa y bretona específicamente, una opinión cuya toma de conciencia ambiental sigue creciendo.

La tendencia ecologista en la Argentina no es tan fuerte como lo es en Francia y, más ampliamente, en Europa. Fenómenos similares a las mareas verdes bretonas, tal como mareas rojas en las provincias de Río Negro, Chubut y Santa Cruz matan hombres y animales sin que las cosas cambien. Haría falta imponer normas o al menos controlar la aplicación de las normas vigentes en las explotaciones de acuicultura que usan métodos intensivos y pueden tener una influencia significativa sobre la proliferación de esas algas rojas. Pero quizás en Argentina los intereses económicos sigan siendo demasiado poderosos frente a los que quieren proteger el medio ambiente. www.ecoportal.net

Jérôme Le Boursicot es un periodista free-lance francés y estudia en Posgrado la Especialización Comunicación y Medio Ambiente en la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina.

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