Globalización

Semilla de salvación

Con un grano de misericordia, se puede extirpar el cáncer del enfermo. Con un granito de arena, se puede detener la Tercera Guerra Mundial. Con un grano de maíz, se puede saciar la hambruna de los más pobres.

Por Carlos Ruperto Fermín

Entre abrazos, sonrisas y palabras de amor, es posible que un espermatozoide evolucione en una flor llena de paz, cariño y humildad. Es posible ganar la monumental carrera existencial, sin quemar a los adversarios con trampas uterinas. Y es posible nacer en absoluta libertad, para renacer como el profético profeta de una turba iracunda.

No olvidemos que nada es imposible de alcanzar en la vida, porque somos la brillante astucia del guerrero y de la guerrera, que despierta el plexo solar de las peores tinieblas, para aceptar y encarar sin ningún destello de miedo, todos los problemas y todos los desafíos por venir.  

Sabemos que la envidia siempre quiere destruir la prosa de los ángeles, con una infinidad de elogios desde el lejano crepúsculo, que pretenden quebrar la pluma y secar el tintero de tu propio destino. Pero nosotros nunca nos damos por vencidos, porque no hay mal que por bien no venga, porque heredamos la sabiduría galáctica de Galileo, y porque la rendición pertenece al trágico reino de los cobardes.      

Hay personas que tienen la felicidad en la palma de sus manos, pero no se cansan de recorrer la hermosa geografía del Mundo, con la única intención de arrancarle todos los sueños al poeta, y con la única ambición de convertirlo en el mártir más versado, más amaestrado y más desmotivado.      

Pese a disfrutar de todas las comodidades y de todos los lujos del Universo, hay individuos que viven emocionalmente insatisfechos, y se encuentran espiritualmente vacíos por dentro. Los cazadores de genios siempre están al borde del suicidio, porque la dosis de egoísmo e ignorancia que les carcome el cuerpo y el alma, va bloqueando los tres ojos de la solidaridad, del altruismo y de la empatía.      

Ellos podrían utilizar su riqueza para sembrar un árbol, para adoptar a un perro mestizo, para limpiar un parque, para reparar una silla de ruedas, y para vestir al vagabundo. Pero por desgracia, los majestuosos recursos materiales siempre corrompen a los benditos recursos naturales, y quien hoy se halle libre de pecado, que se atreva mañana a lanzar la primera piedra.      

Dicen que mientras mayor sea la miseria, mayor será la promesa de misericordia. Es un gran alivio saber que después de tocar fondo, habrá un buen samaritano que te ayudará en la oscuridad, que te curará las heridas, y que te devolverá el amanecer. Sin embargo, la realidad planetaria que contemplamos a diario, nos demuestra que mientras mayor es la miseria, mayor es la garantía de pobreza extrema.      

Es muy fácil rezar, cantar y predicar los cuentos bíblicos, desde la pantalla de un sofá hollywoodense, desde un plateado altar romano, y desde un paradisíaco jardín caribeño. Pero cuando los salmos y los versículos se rebelan del mágico libro, y deciden romper las páginas de la mágica fantasía, entonces deberán salir descalzos a la calle sin un centavo en los bolsillos, deberán partirse el lomo trabajando para alimentar a sus hacinadas familias, y deberán sudar la más amarga gota de la traición divina.     

Afirmar que nadie es mejor que nadie, que todos somos iguales, y que la vida es un carnaval, nos convierte en los mejores blasfemos pecando en una blasfemia global. Una misma mentira idolatrada por el desconsuelo de una conciencia, que juega a ser el pasito a pasito de la absurda y totalitaria verdad.      

Por eso, cada día se multiplican los niños que sufren de hambre en las calles latinoamericanas, mientras se multiplican los exquisitos panes calientitos y recién salidos del horno. Todos compran el sabroso olor de la panadería, pero usted no quiere regalarle un trozo de pan al huérfano. Con ese pan no te vas a enriquecer, y sin ese pan no te vas a empobrecer, pero hasta que no seamos la misma boca de los huérfanos, pues seguiremos siendo los mismos tragones de antaño.      

En sus caras se observa tristeza, desesperación y soledad. Mejor hubiera sido abortar el feto materno y evitar el sufrimiento, porque los hipócritas que defienden el sagrado derecho a la vida, son los mismos fariseos que jamás regalan un panecillo al huérfano.      

No se justifica engendrar un millón de víctimas cada nueve meses, para que la carencia de Educación Sexual se pague con una lista de victimarios, en un anónimo calvario umbilical que no escuchará relajantes canciones de cuna, que no gozará de banquetes celestiales en la mesa del edén, y que se desangrará chillando en un domingo sin resurrección. 

Ellos no tienen la culpa de tanta mala suerte, y nosotros no merecemos la fortuna de tanta buena suerte. 

Es consabido que los supermercados de nuestras localidades, desechan a la basura un gran número de productos alimenticios, que aunque no fueron adquiridos por los caprichosos consumidores, todavía se hallaban en estado comestible para su libre distribución, porque no habían expirado las fechas de vencimiento.

La lógica de la misericordia, nos pide que regalemos esos alimentos sobrantes a los indigentes del vecindario, porque el sentido común es una noble demostración de gratitud. Pero la maldita lógica del capitalismo, nos pide que tiremos esos alimentos sobrantes en el huerto del limbo, porque ni siquiera la gratitud se comercializa gratis a los clientes. 

Nunca pedimos perdón de rodillas, por toda la fría perversión que creamos diariamente, pero necesitamos que el agresivo proceso de la quimioterapia, nos devuelva la célula madre de un maravilloso futuro por recorrer.      

Todos deseamos un mejor futuro y un nuevo corazón en la vida. Un corazón para alabar y servir a la Madre Tierra, que sea tan limpio como el cristal, tan dulce como la miel, y tan fuerte como una hostia. Pero nuestra querida Pachamama, no se cansa de llorar a cántaros por culpa de los Seres Humanos, que tienen un corazón tan sucio como el dinero, tan dulce como la venganza, y tan fuerte como el odio.      

Lloremos con alegría todo ese rencor, toda esa frustración y todo ese pesimismo, que no podemos seguir negando y que no debemos seguir callando. Es difícil reconocer nuestra legendaria cadena de errores, pero si realmente queremos dejar de ofender, de robar, de chismear, de matar y de volar por las nubes, pues tendremos que reconocer y confesar que somos unos groseros, unos ladrones, unos chismosos, unos asesinos y unos drogadictos.      

Recordemos que no hay mansiones eternas en el cielo, que no hay tribunales de justicia ciega en el purgatorio, y que no hay chimeneas ardiendo de fuego en el infierno. Tan solo existe un golpeado Planeta Tierra que se cae a pedazos, y una Humanidad que santifica o maldice su pasajera existencia sideral, con cada acción social o inacción personal que delimita su vida terrenal.      

Es allí donde la fe mueve montañas, para que otras montañas pierdan la fe. Un simplísimo reflejo de la vida. Tú solo quieres que la fe mueva esas estorbosas montañas, para hallar claridad y encontrar el éxito en la vida. Pero recuerda que cuando la fe mueva esas estorbosas montañas, para despejarte la vista y abrirte el camino al éxito, otras montañas le estorbarán el paso y le cerrarán el camino a otro montañista. 

A ti no te importa la cruz que carga en su espalda el otro montañista, por lo que no te interesa su dolor, su fracaso y su derrota. Tú solo quieres alcanzar la cima de la montaña primero que los demás, tomarte una espectacular selfie primero que los demás, y saborear el placer de la victoria primero que los demás. 

Por eso dicen que la fe es la certeza de lo que se espera, y la convicción de lo que no se ve. Nunca hemos visto el valor de ayudar sin esperar nada a cambio. Todo lo que hacemos en la vida, lo hacemos esperando conseguir una recompensa. Una ovación, una moneda, una erección. Vivimos llenando el cofre del tiempo con billetes verdes, con noches de sexo y con platos de comida, pero jamás podremos ocultar la terrible indiferencia, que pudre al gran tesoro de la confraternidad. 

Para evitar el eco de la indiferencia, todos los días la fe mueve sus preciadas montañas. De arriba hacia abajo y de izquierda a derecha. La fe va y viene. Es un sentimiento impredecible. Fíjate que las montañas siempre varían de color, de región, de clima, de altura y de trayecto. Pero no olvides que esas montañas seguirán siendo las mismas montañas, sin importar el color, la región, el clima, la altura y el trayecto. 

Todos queremos gozar del don de la inmortalidad. Nadie pero absolutamente NADIE, quiere perder el consagrado don de la vida. Americanos, europeos, asiáticos, africanos y oceánicos. Todos quieren vivir por siempre y para siempre. Pero lamentablemente, hemos dejado que el desdichado don de la rivalidad, nos mantenga presos en inagotables batallas llenas de lágrimas, de armas y de desolación. 

Si culpamos al orgulloso Caín, también tendríamos que culpar a David, para finalmente volver a culpar a Eva. 

Es obvio que cuando todo va viento en popa, todos agraciamos la omnipresencia del Espíritu Santo. Pero cuando los leprosos tocan la puerta de nuestra casa, nos lavamos las manos como el mismísimo Poncio Pilatos. 

La prostitución de la fe, es el mal de males en el siglo XXI. Vemos que muchísima gente hispana, le coloca acento ortográfico a la palabra fe, pensando que la fe se escribe con tilde. Nadie entiende las reglas convencionales de acentuación, pero todos sienten que la fe debe reforzarse con el acento ortográfico. 

Es así como la fe no se basa en leyes explícitas, sino en la necesidad implícita de creer, con una enorme venda en los ojos. 

A gritos pedimos sanación, pedimos piedad, y pedimos compasión. Llevamos tatuada la imagen de una doble moral, que come carne sin importarle la tortura del animalito en el matadero, que asiste a la santa misa de la Iglesia con la mujer del prójimo, y que ejercita la intolerancia calzándose sus propios zapatos. 

Por ejemplo, hay personas que afirman ser los máximos protectores de los derechos humanos, repudiando las escalofriantes penas de muerte que incluyen la silla eléctrica, la inyección letal y la guillotina. Pero cuando ese delincuente que merece una segunda oportunidad en la vida, se encargó de apuñalar y matar a la mamá, a la esposa, o a las hijas de los máximos protectores de los derechos humanos, pues estamos seguros que ellos clamarán justicia y exigirán la pena de muerte, para que el maldito delincuente reciba el martirio de la silla eléctrica, del envenenamiento químico y de la guillotina. 

Cuando nos juzgan sin conocernos, y cuando juzgamos sin conocerlos, estamos edificando una peligrosa furia en el Medio Ambiente, que genera un arrebato de indignación en nuestros pueblos latinoamericanos, permitiendo que las protestas violentas, los linchamientos públicos y los genocidios verbales, nos quiten el don de ser dignos y vivir en dignidad.

No hay duda que la homosexualidad es una bendición tan grande como la heterosexualidad. La orientación sexual se expresa naturalmente en cada organismo, y NO debe catalogarse como un estigma, que nos haga superiores o inferiores a los demás. Lo realmente importante en la vida, es la calidad humana que manifiesta la persona, evitando el vicio capitalista de la deshonestidad, y subrayando el ideal humanista de la tolerancia.

Por eso, somos una maraña holística que se marchita con cada equivocación, y se regenera con cada plegaria sin fundamento. Un simple costal de huesos, que se dedica a depredar los corazones rotos, para que la teoría del cáncer sea el principio del fin. 

La historia estéril de beneplácito, se recrudece cuando perdemos a nuestros mejores amigos, que no quisieron visitarnos en el hospital, que cambiaron los dígitos de sus números telefónicos, y que fueron sedientos lobos disfrazados de caperucita roja. 

Perdonar es la clave para germinar una nueva semilla de salvación. Nuestra voluntad no puede ser tan endeble, como una hoja de primavera en el bosque. Debemos desechar la mentalidad basura adquirida por religión, que se sistematiza en premiar o culpar a las deidades supremas, por todos los triunfos alcanzados o por todos los tropiezos cometidos. 

Por el contrario, debemos empezar a construir una auténtica filosofía de vida, en la que seamos los únicos dueños del camino por hilar. Maduremos el fruto de la responsabilidad social, ambiental y cultural, para no seguir culpando a terceros de nuestra propia culpa, para no seguir contaminando el entorno que habitamos, y para no seguir negándole el pan al desafortunado.      

Todos compartimos el mismo barco. El huérfano, el envidioso, el poeta, el chismoso, el leproso, el buen samaritano, el drogadicto, el asesino, el autista, el ladrón, el rey y el ciempiés. Pasaron los años, y no supimos controlar el mismo barco. Pasan los años, y no sabemos por dónde navega el barco. Pasarán los años, y nos quedaremos con un barco a la deriva.      

Ya muchos compatriotas se ahogaron en las profundidades del mar, y el resto de los mercantes se niegan a pedir auxilio en altamar. Ellos siguen esperando un milagro que calme la oleada de crisis, pero la tempestad de la tormenta viene retoñando más canas, más arrugas y más cenizas.      

Todos quieren manejar el timón, pero nadie sabe nadar contra la corriente. Todos quieren ser el capitán, pero nadie tiene voz de mando. Todos quieren llegar a tierra firme, pero nadie aprendió a caminar.      

He allí lo bonito del arte. Un trago amargo de la vida, se transforma en un manantial de esperanza.      

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