Derechos Humanos

Una niña, un bosque. Descubre la maravillosa historia de Piplantri

Ser niña en Piplantri es una bendición y sinónimo de vida. Cuando llegan al mundo las niñas en Piplantri hay una norma que todo el pueblo celebra con cariño e ilusión: se plantan 111 árboles, todo un bosque. De ese modo, se invierte en prosperidad al ofrecer a esa futura jóven un modo de subsistencia en una sociedad fuertemente patriarcal y patrilineal como es la India.

Piplantri es uno de esos pocos ejemplos que nos dan un aliento de esperanza. Nos encontramos en un escenario social donde venir al mundo siendo niña es poco más que un contratiempo. Nacer mujer es no tener voz, es convertirse en “moneda de cambio”en un matrimonio acordado, y es ser invisible en un mundo de hombres.

En Piplantri ser niña es nutrir de vida la tierra, es hacer germinar raíces para que el tiempo dé sus frutos, y cuando la niña se convierte en mujer, tiene para ella todo un bosque que la acoge y que le susurra una vida de esperanzas.

En esta árida región de Rajastán cuando nace un niño se celebran bailes y fiestas, pero cuando la que abre los ojos al mundo es una niña, es la tierra quien se alegra. Te contamos la razón…

Una niña, un bosque: el “ecofeminismo” que empieza germinar en la India

Muchos empiezan a definir esta iniciativa que lleva ya más de 6 años en marcha como “ecofeminismo”. Piplantri era un pueblo destinado casi a desaparecer. A la aridez del terreno y a la sequía de Piplantri se le añadía un aspecto aún más terrible: los feticidios femeninos.

Hemos de tener en cuenta que el hecho de nacer niña en la India supone un coste muy elevado para la familia: deben ofrecerle una dote adecuada para que el día de mañana consiga un buen matrimonio. Las mujeres en este país son poco más que “mercancías” sin voz y voto, porque más del 80% de los enlaces son concertados.

Ahora bien, a pesar de que la legislación de la India prohibió esta práctica en 1961, sigue llevándose a cabo. Por ello, y dada la inversión económica que deben realizar muchas familias sumidas en la humildad de sus escasos recursos, se opta a menudo por estos feticidios terribles (ahora ya más regulados y perseguidos) con los que librarse “de esa carga tan pesada”.

Piplantri era un ejemplo de ello…

El proyecto de Piplantri y sus normas

Las normas por las que se rige este maravilloso proyecto son:

Shyam Sundal Paliwal es el alcalde y creador de esta iniciativa y quien se vió obligado a reaccionar ante la alarmante situación. Su pueblo y su tierra se “desvanecían” lentamente en un escenario yermo de sonrisas femeninas y árboles.

Su idea no tardó en llegar: por cada niña que naciera se debían plantar 111 árboles. Además de ello, el propio pueblo contribuiría, en la medida que le sea posible, a ofrecer una pequeña cantidad de dinero para el futuro de esa criatura. Esta suma suele oscilar entre los 200 y 300 euros, y que se coloca a plazo fijo durante 20 años.

Los padres están obligados a firmar una declaración jurada prometiendo que no casarán a sus hijas antes de la edad legal, que se comprometen además enviarlas a la escuela regularmente y que cuidarán de los árboles hasta que la niña pueda hacerlo por sí misma.

Alrededor de cada árbol se cultivan plantas de aloe vera, campos enteros que sirven como medio de subsistencia para las mujeres: realizan jabones, cremas y jugos que más tarde comercializan. Las niñas nutren la tierra con su nacimiento y la madre tierra les aporta su “savia” como tributo maravilloso.

Los árboles son mi familia

La feminización de la pobreza en países como la India es una costra que tardará sin duda muchos años en desaparecer. A pesar de que su legislación reconoce la igualdad entre sexos, el papel de la mujer sigue siendo invisible y férreamente ligado a las tradiciones.

El ejemplo de Piplantri es una bocanada de aire fresco que nos trae la fragancia de una tierra que renace y un pueblo que despierta.

A día de hoy  hay ya 285.000 árboles en un espacio de 2.000 hectáreas y cada año, nacen el doble de niñas, unas 60.

En los últimos años se ha añadido otra iniciativa igual de hermosa: cada vez que fallece una persona de la comunidad se plantan 11 árboles. Es un modo de honrar al fallecido y a la vez, de estrechar aún más ese ciclo vital que lejos de tener un fin, siempre se inicia con más vida.

Los vecinos de Piplantri han comprendido también en estos años algo esencial: la naturaleza es parte del ser humano, y todos somos importantes en esta rueda de la existencia. Todos somos familia.

Cuando las niñas cumplen 5 o 6 años atan unas cuerdas de colores en sus árboles para simbolizar esa unión con ellos, ese vínculo lleno de admiración y respeto que les acompañará eternamente.

Un lazo excepcional entre la naturaleza y la figura de la mujer que nos habla de esperanza y equilibrio, de sabiduría y de prosperidad. Esperemos que este proyecto se lleve a cabo en muchos más países.

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