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Los nuevos consumidores del turismo de felicidad

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Si hay algo que parece que no hay duda, es que viajar genera felicidad, siempre y cuando las cosas funcionen y no haya problemas. La felicidad en un viaje, va en función también de la percepción del riesgo, en todos sus sentidos (no solo en el sentido estricto físico), por tanto cuanto menor sea éste, mas probabilidad de encontrarse feliz.

No quiero entrar en definiciones de felicidad, pero creo que el concepto de “sentirse bien, a gusto consigo mismo y con el entorno que le rodea a uno” podría servir, como hace pocas semanas me lo resumía también el responsable del Ministerio de la Felicidad del Reino de Bhutan, Dasho Karma Ura, durante la cumbre de Economía Circular, quien por cierto cuando le pregunté si él era feliz, en apenas unos segundos y muy tranquilamente me contesto con un sí, sin dudas.

Como saben, este país tiene una gestión muy estricta sobre la actividad turística, teniendo un control sobre el numero de visitantes, los cuales deben de pagar unos impuestos diarios, seguramente los más altos del mundo, pero claro tienen claro que su objetivo en política turística no se basa en las cifras, lo contrario que otros destinos como Barcelona, Venecia y antes de éstas, también muchas áreas naturales protegidas con fáciles accesos.

No debería existir dudas que el turismo puede garantizar unas importantes dosis de felicidad, pero es obvio que al igual que la demanda, dependerá y mucho de la población a la que se dirija, pero hay algunas premisas ciertas como el tema del riesgo, que implica además de la seguridad en todos sus niveles (física, fraudes, engaños, publicidad engañosa, empatía, calidad, salud, bienestar, clima y variables ambientales y sociales, etc.), las sensaciones de poder disfrutar de lo que alguien quiere y encuentra en destino, que variara según motivaciones y expectativas.

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Y no es que los turistas necesiten hacer yoga, meditación, tai chi o terapias, porque para eso no precisan viajar, sino que habrá que diseñar y desarrollar las facilidades, en destino, para que estos consumidores de felicidad queden satisfechos.

No se trata de conseguir las 24 horas al día de felicidad, ya que sería algo más que utópico y muy improbable, sino que el resultado de la experiencia de un viaje haya sido precisamente sentirse felices y poderlo recordar, para pensar en otras experiencias similares en diferentes lugares.

Es importante recordar el proceso de compra de un producto turístico, que comienza en el propio imaginario del consumidor, la búsqueda online, comunicación con otros viajeros, el viaje en sí mismo, estadía y el post-viaje. Todas estas etapas deberían generar felicidad. Y si bien la primera sería la más fácil, ya que depende de uno mismo, las restantes dependen de variables fuera del control del turista.

Aquí interviene mucho el modelo de desarrollo y gestión turística, ya que habrá muchas incompatibilidades en tiempo y espacio, entre turistas ávidos de encontrarse con muchos otros y justo todo lo contrario. Por eso modelos tan extremos como Bhutan y Venecia, montañas aisladas y litoral tradicional de sol y playa.

Pero hay algo seguro, ningún consumidor de felicidad estará satisfecho si se equivoca o le equivocan de destino objetivo, que suele ocurrir más de lo esperado, por interés comercial (mal entendido), por efecto moda o simplemente por tratar de consumir algo que realmente no se desea o no se está preparado, pero en estos casos el destino y el vendedor serán siempre los culpables, lo sean o no.

En un entorno de mercado, donde la demanda puede y debe cambiar la oferta, estén más que seguros, que pronto se va a notar cada vez más, como el caso reciente y positivo de evitar el maltrato animal y peor aun los espectáculos recreativos de animales, como es el caso del operador británico Thomas Cook (no es vendedor de ecoturismo), quien está eliminando de sus contrataciones a centros marinos con orcas en cautividad, ya que gran parte de su clientela lo considera inadecuado y por supuesto verlo o saber de su existencia, no genera ninguna felicidad, pero ese cambio les aporta una confianza añadida a su comercializador.

Y claro como dice el sentido común, para dar felicidad, primero hay que tenerla y si se tiene, mejor compartirla entre visitantes y visitados.

El turismo de la felicidad o el turismo que da la felicidad es algo que no se quedara en una moda, si no que se implementara en la oferta y demanda turística.

¡Lo verán pronto!

Un cordial saludo,

Arturo Crosby
Editor Natour

Ecoportal.net

www.forumnatura.org

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