Desarrollo Sustentable

El gobierno de los bienes comunes

Por primera vez la concesión de un premio Nobel de Economía recae en una mujer. También ha sido especial el motivo por el que se le ha concedido, ya que la trayectoria de la premiada contradice la economía convencional que se estudia en las facultades y que aceptan muchos gobiernos y empresas. La letanía que éstos repiten es la de que no existe más solución para gestionar bien los supuestos bienes escasos que la propiedad privada y, en situaciones especiales, la estatal. Elinor Ostrom viene a demostrar lo contrario. Las instituciones que descansan sobre el concepto de ‘propiedad común’ han jugado un papel socialmente beneficioso desde la prehistoria económica hasta nuestros días”, por ello lo que se desprende por razones históricas y sistémicas es que el “ejercicio total de la propiedad privada es en la actualidad virtualmente imposible en un contexto de ecosistemas.

Por Paco Puche

Por primera vez la concesión de un premio Nobel de Economía recae en una mujer. También ha sido especial el motivo por el que se le ha concedido, ya que la trayectoria de la premiada contradice la economía convencional que se estudia en las facultades y que aceptan muchos gobiernos y empresas. La letanía que éstos repiten es la de que no existe más solución para gestionar bien los supuestos bienes escasos que la propiedad privada y, en situaciones especiales, la estatal. Elinor Ostrom viene a demostrar lo contrario. Las instituciones que descansan sobre el concepto de ‘propiedad común’ han jugado un papel socialmente beneficioso desde la prehistoria económica hasta nuestros días”, por ello lo que se desprende por razones históricas y sistémicas es que el “ejercicio total de la propiedad privada es en la actualidad virtualmente imposible en un contexto de ecosistemas.


“Elinor Ostrom ha puesto en cuestión la afirmación convencional de que la gestión de la propiedad común suele ser ineficiente” – El Comité del Nobel, al concederle el premio de Economía de 2009

“¿Tendremos alguna vez la inteligencia (intelecto más afecto) para atrevernos a pensar y actuar en términos de Recursos de Propiedad Comunal Planetaria, tal como lo hacen muchas culturas “pobres y atrasadas” como muestra Ostrom desde hace tiempo? [1] – Federico Aguilera Klink

Por primera vez la concesión de un premio Nobel de Economía recae en una mujer. También ha sido especial el motivo por el que se le ha concedido, ya que la trayectoria de la premiada contradice la economía convencional que se estudia en las facultades y que aceptan muchos gobiernos y empresas. La letanía que éstos repiten es la de que no existe más solución para gestionar bien los supuestos bienes escasos que la propiedad privada y, en situaciones especiales, la estatal. Elinor Ostrom viene a demostrar lo contrario.

Curiosamente, y en contra de lo que suele ocurrir en estos casos, es casi imposible encontrar libros de la autora premiada o sobre ella, y la razón es muy sencilla, ni siquiera su obra más importante "El gobierno de los bienes comunes", publicada en 1990 y reeditada en el año 2000, ha sido de nuevo publicada, estando las anteriores ediciones totalmente agotadas. Elinor Ostrom es una gran desconocida en lengua castellana.

Sus investigaciones son de especial relevancia para demostrar que las propuestas de los libertarios son mucho más que meras utopías y que la autogestión goza de muy buena salud, eso sí, en pugna con la ideología capitalista-neoliberal.

La tragedia de los comunes

El U.S. Nacional Research Council (Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos) reconoce la siguiente evaluación: “Esa es la verdadera tragedia: ver cómo los sistemas económicos tradicionales que han funcionado durante siglos, se han vuelto obsoletos en pocas décadas y se sustituyen por sistemas implacables basados en la explotación de la población rural y de sus tierras” (2).

Los “sistemas económicos tradicionales” se han caracterizado por estar vinculados directamente a la naturaleza a la que han considerado como sagrada, La Pachamama o Madre Tierra. Son economías de la reciprocidad (“hoy por mí y mañana por ti”), de distribución equitativa, de donación y de intercambio. Siendo el trueque, lejos de lo que creía Adam Smith sobre el hombre primitivo, “una tendencia poco común a los seres humanos en sus actividades económicas, sino más bien una inclinación poco frecuente” (3), y el “comercio y algunos usos del dinero tan antiguos como la humanidad (…) mientras los mercados no ganan importancia hasta tiempos recientes” (4)

Estos sistemas tradicionales, en sus diversas formas, han sido los más practicados en la historia de la humanidad que, como homo sapiens sapiens, abarca como máximo unos 200.000 años. En la actualidad unos 350 millones de integrantes de poblaciones originarias continúan estas tradiciones económicas.

La Declaración de las comunidades indígenas respecto del Convenio de la Organización Mundial del Comercio sobre los derechos de propiedad intelectual (TRIPS, por sus siglas en inglés) del 25 de julio de 1999, que es muy significativa de lo que apuntamos, dice así: “¡No a la patentización de la vida! Nosotros, las comunidades indígenas del mundo, creemos que nadie puede poseer lo que existe en la naturaleza. Un ser humano no puede ser propietario de su madre. La humanidad es parte de la naturaleza (…) no podemos exigir algo que no nos pertenece. Pero una y otra vez nos han impuesto sistemas de propiedad occidentales que contradicen nuestra cosmovisión y nuestros valores” (5).

La tragedia a que se refiere el U.S. Council, citado más arriba, como no verdadera es la que se denomina “la tragedia de los comunes”. Su autor es Garrett Hardin, que en 1968 inventa una especie de dogma económico por el que sostiene que la propiedad o gestión común de cualquier recurso (tierra, bosques, pastos, agua, aire, océanos, genoma, etc.) está condenado a su deterioro, de manera trágica, porque es un destino contra el que no tenemos nada que hacer. Y lo argumenta como sigue: “Imaginemos un pastizal al alcance de todos. Cada pastor racional concluye que la única opción sensata es añadir otro animal a su rebaño. Y otro y otro y otro… Sin embargo, a esta conclusión han llegado cada uno de los demás pastores que comparten el pastizal y precisamente en eso reside la tragedia. Esta libertad lleva a todos a la ruina. (…) Tenemos sólo una alternativa; venderlo como propiedad privada o conservar el carácter público pero restringiendo su derecho de entrada” (6).

En 1991, Federico Aguilera responde a este dilema con un trabajo titulado “La tragedia de la propiedad común o la tragedia de la mala interpretación en economía?” (7), cuyo título ya es por si mismo esclarecedor. Dice Aguilera que más que un problema la propiedad (uso o gestión) común es una cuestión de concepto. Si la consideramos como Hardin un recurso abierto a todos sí puede devenir en ruina, pero no es una tragedia si la consideramos como un aprovechamiento, como dice Kapp “celosamente regulado por hábitos e instituciones impuestos por la costumbre (y) no hay dificultad en concluir que las sociedades tradicionales mantenían un mínimo social de seguridad en la utilización de los recursos renovables”. Es más, lo que se puede afirmar es justo lo contrario, es decir que el ejercicio total de la propiedad privada es en la actualidad virtualmente imposible en un contexto de ecosistemas. Por eso concluye su artículo Aguilera, citando de nuevo a Kapp, afirmando que “… la organización de principios de sistemas económicos guiados por valores de intercambio, es incompatible con los requerimientos de los sistemas ecológicos y la satisfacción de las necesidades humanas básicas”.

Este texto trata de seguir la estela de las anteriores críticas, de la mano de Elinor Ostrom

Los “sistemas implacables” a los que refiere el U.S. Council han de ser el totalitarismo y el capitalismo. El primero sustituye a la comunidad por el Estado (El Leviatán o el “ogro filantrópico”, según los casos) y el segundo individualiza la sociedad, rompe los vínculos, consagra el homo economicus egoísta, asigna a la economía el móvil de la ganancia, la maximación y el crecimiento y, como consecuencia, la explotación de las gentes, el saqueo de la naturaleza y su propia autodestrucción se vuelven irrefrenables (8).

Los bienes comunes

Los bienes comunes son las redes de vida que nos sustentan. También las creaciones humanas que son siempre sociales.

Son el aire, el agua, las semillas, la tierra, el espacio sideral, las culturas, el genoma, la biodiversidad, el paisaje, el sol, la autoregulación, las materias primas… el software libre, las obras de arte, los saberes… No son de nadie en particular, pertenecen a todos, a las generaciones futuras y al resto de seres vivos (“no podemos ser propietarios de nuestra madre”). Proceden de los servicios de la naturaleza y de las construcciones culturales de la humanidad. Como se ve, son heredados y de importancia básica para la vida. Como la mayoría forman parte de ecosistemas no son apropiables. ¿Cómo se puede apropiar un individuo o una sociedad anónima de un cardumen de peces que cambia constantemente de lugar de lugar o de un río que fluye? Por eso, como ya sentenció Quinto Horacio Flaco en el siglo I antes de nuestra era: “resulta difícil definir como propias las cosas comunes”.

Marx decía con toda razón que desde “el punto de vista de una formación económica-social superior, la propiedad privada en manos de un individuo será tan absurda como la de un hombre en manos de otro hombre. Ni siquiera toda una sociedad o nación, o todas las sociedades contemporáneas reunidas, son propietarias de la tierra” (9).

Esto mismo se puede afirmar desde la perspectiva de una formación económica-social tradicional, como hemos visto. Por ello, el capitalismo y el totalitarismo se pueden considerar como un breve paréntesis en una larga historia de la humanidad.


De los cerramientos ingleses a la desamortización española

El paso desde el régimen señorial al capitalismo tiene como un elemento característico la lucha por el cerramiento de los campos (enclosures) por parte de sus propietarios, cosa que les interesaba mucho porque podían dedicarlo a criar ovejas y vender a muy buenos precios la lana. Se calcula que en Inglaterra, a finales del siglo XVII, un tercio de los poseedores de tierras estaban condicionados por derechos comunes (10) consuetudinarios: espigueo, pastoreo, recolección, agua, paso, etc. Una costumbre llamativa era la de las Lammas-day, que se decía de tierras que eran propiedad privada hasta el 1 de agosto momento en que quedaban sometidas a derechos comunales de apacentamiento hasta la primavera. “Desde la creación del mundo hasta ahora, la segunda hierba pertenece a la comunidad”, se decía en la Revolución francesa de 1789.

Estos cercamientos eran una auténtica revolución de los ricos contra los pobres, por ello hubo muchas resistencias y el proceso que se inició en 1710 no culminó hasta 1850. La siguiente lámina de mitad del siglo XVIII expresa con contundencia la oposición que ejerció el pueblo durante cerca de 150 años a la pérdida de sus derechos comunes.

En España, la propiedad de la tierra en el Antiguo Régimen (antes del XIX) se repartía, aproximadamente, de la siguiente manera: la Iglesia el 16.5%, el señorío el 50% y los bienes concejiles (de propios o comunes) oscilaban entre un 22% en Andalucía y un 59% en Extremadura. “Este todavía ingente patrimonio comunal se vio sometido en el siglo XVIII y XIX a las mismas usurpaciones, enajenaciones y ventas que había sufrido en el pasado” (11)

La liquidación en España de los bienes comunes, empieza en el siglo XIV (12), continúa con la desamortización y el franquismo y se culmina en la actualidad (ver la ley Andaluza 5/2010 de julio, sobre la reordenación del sector público).

La distinción entre tierras de los municipios (de propios, públicas) y las comunes (de los vecinos reunidos en concejos) no era clara por lo que, históricamente, una forma de usurpación era pasar los bienes comunes a “de propios” y de aquí a su privatización definitiva (13). La actual Ley de Montes de 2003 incide en la misma ambigüedad, define a los montes comunales como los “pertenecientes a las entidades locales, en tanto su aprovechamiento corresponde al común de los vecinos”.

A pesar de esta dinámica, aún se mantienen bienes comunes en España: En Galicia los montes vecinales llegan a 660.000 hectáreas; en Navarra el 43% de las tierras, unas 407.000 hectáreas, son nominalmente comunales; en Castilla, ocupan cientos de miles de hectáreas; y en Cuenca el ayuntamiento posee unas 45.000 hectáreas (14). En el caso de Málaga, el Catálogo de Montes de Utilidad Pública de 1971, le asigna 101.508 has entre común y público, o sea el 33% de los territorios con vocación forestal.

El caso de Hernando de Soto y Avina y Ashoka

El pasado junio de 2009, se desencadenaron en Bagua (Perú) unas graves luchas entre los indígenas amazónicos y la policía del país. El resultado fue de varias decenas de muertos entre manifestantes y policías (se habla de 50 muertos y 400 desaparecidos indígenas y 24 policías muertos). El asunto que ha provocado el conflicto ha sido el intento de privatizar los bienes comunes de la Amazonía pertenecientes a las comunidades originarias. En el marco de implementación de los Acuerdo de Libre Comercio (TLC) con EEUU, se dictaron decretos leyes para parcelar del orden de 63 millones de hectáreas de selva en propiedades privadas de 5 a 20 mil hectáreas. Las luchas han resultado hasta el momento fructíferas, y se está produciendo una revuelta de los pueblos amazónicos “llamados a cambiarle la cara al país, y muy en particular, a los sectores que resisten y se organizan en movimientos antisistémicos (…) la región andino-amazónica está siendo sacudida por levantamientos indígenas en defensa de los bienes comunes” (15).

En este conflicto ha aparecido en escena un economista neoliberal peruano llamado Hernando de Soto, uno de los asesores del presidente en la negociación del referido tratado TLC. Este economista va por el mundo difundiendo ideas parecidas a las de Hardin, en el sentido de que los bienes comunes no permiten movilizar el capital ni hacer entrar a los pobres en el circuito de la economía formal privatizada y bancarizada. Es lo que llama “integrar a los parias en el capitalismo” y explica que “los pobres son pobres porque no tienen registro de propiedad”.

Por eso propone transformar los bienes comunes en propiedades parceladas, privadas y legalizadas. Y así va por el mundo. Actualmente, una fundación que preside, ha recibido de los gobiernos canarios y español, en los últimos años, una subvención de 700.000 euros para hacer un prediagnóstico de la situación de la economía informal de Senegal, Mali, Níger y Cabo Verde (16).

Este personaje es, además, miembro destacado de Ashoka, una fundación del gran capital experta en cooptar líderes sociales, financiarlos y conducirlos, con el propósito explícito de convertirlo todo en negocio a través del mercado. La citada fundación Ashoka está a su vez coaligada estrechamente con otra denominada Avina, cuyos medios proceden del negocio del letal amianto que su fundador, Stephan Schmidheiny, ha dominado en el mundo hasta los años noventa. Por ello está siendo juzgado por lo penal en Turín, demandado por los representantes de tres mil personas, dos mil ya fallecidas. Le piden 13 años de cárcel y 5.000 millones de indemnizaciones (El amianto mata en el mundo 100.000 personas al año, según la OMS).

Y para redondear el asunto, Ashoka se ha aliado con la fundación Bill y Melinda Gates para llevar a cabo el proyecto AGRA al África, que es un intento de desarrollar una segunda ‘revolución verde’ en el campo. Proyecto que ha sido rechazado por la Vía campesina, la mayor organización en el mundo de campesinos alternativos, que en un comunicado ofrecido el pasado mes de septiembre afirmaba: que “desde 2006 esta Fundación ha colaborado con la Fundación Rockefeller, entusiasta promotora de cultivos transgénicos para los pobres del mundo, para implementar la Alianza de una Revolución Verde en África (AGRA), la cual está abriendo el continente a la semilla transgénica y a sustancias químicas vendidas por Monsanto, Dupont y Syngenta” (17).

Los bienes comunes en el mundo a día de hoy

La Asociación Internacional para el Estudio de los Bienes Comunes, creada en 1989, cita cientos de sistemas de gestión colectiva de recursos comunes en funcionamiento, en especial en países no industrializados.

Por ejemplo, en México el 59% tierra es comunal y acoge a 3 millones familias; el 75% bosques es propiedad colectiva y el 50% de la producción forestal del país está manos de empresas comunitarias.

En el mundo existen 800.000 cooperativas, en 80 países, en las que trabajan 100 millones de personas. Los campesinos familiares producen el 50% alimentos y alimentan al 70% de toda la población y son unos 1.500 millones. 1.600 millones de habitantes obtienen parte sus alimentos en los bosques, y 60 millones viven en ellos. Existen aún 190 millones de pastores nómadas, que recorren tierras comunales. Y 35 millones de pescadores de los cuales el 90% lo hacen en pequeña escala, y obtienen el 50% de las capturas mundiales (18). Todos estos habitantes gestionan propiedades comunes o usan de ellas.

La tragedia anunciada por G. Hardin olvida que los bienes pueden ser de cuatro tipos: públicos, comunes, privados o “de nadie”. Los públicos son abiertos a todos y no son sustractivos (el aire que respiro no va en menoscabo del que ingiere mi vecino); los comunes han de estar en accesos restringidos y son sustractivos, dan lugar juegos de suma cero: lo que unos usan es a costa de que otros no lo puedan hacer. Por tanto, ante los dilemas que plantea Hardin olvida de que hay un campo inmenso de propiedad, uso y gestión que son los bienes bien llamados comunes. En el siguiente cuadro se puede ver con detalle esto que decimos:


¿Por qué cooperamos? (19)

¿Somos egoístas por naturaleza- el gen egoísta- como dice el neodarwinismo y la economía liberal? ¿Es innato el instinto de agresión como afirma cierta sociobiología y etología? ¿Somos competitivos en la “lucha” por la vida? Estas aseveraciones están muy presentes en la vida académica y en la vida corriente, y se consideran bien establecidas: pertenecen al imaginario social. El epígrafe que abre esta parte con un interrogante, más bien afirma lo contrario pero se pregunta cómo es que ocurre eso en lugar de los supuestos más establecidos.

De la biología…

Las relaciones entre organismos y especies se pueden encuadrar en alguna de las trece interacciones que ilustra el siguiente diagrama:


De las relaciones señaladas, seis son beneficiosas para ambos seres o no perjudiciales, y siete son perjudiciales para algunos de ellos.

Veamos algunas de ellas. La competencia denota la lucha por la misma cosa. Una veces resulta excluyente, entonces una especie (u organismo) es, o bien eliminada, o bien obligada a buscar otro hábitat, o bien se adapta a la coexistencia reduciendo la presión competitiva a través de cambios fisiológicos, conductuales o genéticos o, en fin, se reparten la insuficiencia viviendo juntas a densidades reducidas. Hay pues dos grandes posibilidades: una de exclusión competitiva y otra de coexistencia. Los trabajos de Den Boer en 1986, que revisó la competencia, concluyen que “la coexistencia es la regla y la exclusión competitiva completa es la excepción” (21).

Las relaciones de mutualismo o simbiosis son muy frecuentes: Todos los líquenes son el resultado de asociaciones simbióticas entre hongos y algas. Hoy día se sabe que una cuarta parte de los hongos documentados están “liquenizados”.

Las micorrizas son protuberancias simbióticas producidas por la alianza de un hongo y una planta en las raíces de ésta, esencial para ambos. Hay micorrizas en las raíces de más del 95% de las especies vegetales (22).

Los seres humanos, no podemos sintetizar vitaminas B o K sin nuestras bacterias intestinales. Los rumiantes y las termitas descomponen la hierba y la madera por las bacterias que tienen en su aparato digestivo.

Pero lo que es más sorprendente, el paso trascendental de las células procariotas, sin núcleo, a las eucariotas es el resultado de una simbiosis de bacterias (23), división que dio origen a los cuatro reinos de seres vivos distintos a las bacterias, a saber: Protoctistas, Animales, Vegetales y Hongos.

Como ecosistema de ecosistemas, la biosfera constituye un sistema autorregulado con capacidad para mantener la salud de nuestro planeta mediante el control del entorno físico y químico que lo hace óptimo para la vida. Ésta es la llamada hipótesis Gaia, atribuida a Lovelock, que la formuló en 1969 y según la cual “la vida no está rodeada por un medio esencialmente pasivo al cual se ha adaptado, sino que se va construyendo una y otra vez su propio ambiente” (24).

Podemos concluir con Margulis que: “la vida no conquistó el planeta mediante combates, sino gracias a la cooperación. Las formas de vida se multiplicaron y se hicieron más complejas asociándose a otras, no matándolas” (25).

… A la antropología

Acercándonos a nuestra especie, homo sapiens sapiens, vamos a observar a nuestros parientes más cercanos, los chimpancés y los bonobos, que se separaron de nosotros hace unos 5,5 millones de años y con los que compartimos el 99% del genoma. El primatólogo Frans de Waal ha estudiado profusamente ambas especies y ha llegado a algunas conclusiones que se pueden resumir en el siguiente cuadro:


Tenemos rasgos de nuestros dos primos cercanos, por eso exclama de Waal: “Ya está bien de la supervivencia del más apto (…) hay mucho de eso, por supuesto, (pero para los primates) llevarse bien con los demás es una aptitud capital, porque las posibilidades de supervivencia fuera del grupo, merced a predadores y vecinos hostiles, son ínfimas” (26).

Nuestro lado oscuro es tristemente obvio: se estima que sólo en el siglo XX, 160 millones de personas perdieron la vida por causa de la guerra, el genocidio o la opresión política. Pero la agresividad humana en el siglo XX no es extensible a todas las épocas porque no hay evidencia sobre el asunto, más bien se puede afirmar que “los grupos de cazadores-recolectores contemporáneos coexisten en paz la mayor parte del tiempo (…porque) la guerra no es un impulso irreprimible. Es una opción” (27).

Los rasgos cooperativos han quedado marcados en nuestra fisiología a través de las denominadas neuronas espejo (28) que inducen a la empatía, es decir a la tendencia a ponerse en el lugar del otro y sufrir, llorar y reír con él, y a través del denominado ojo colaborativo (29), que se manifiesta a través del blanco del ojo, la esclerótica, que es casi tres veces más grande que en las más de otras 200 especies de primates. Esta característica específicamente humana hace que la dirección de la mirada de un individuo sea detectable para los demás y sirve para comunicarse. Por tanto podemos esperar cooperación ya que está en nosotros por naturaleza.

Después de lo dicho, podemos establecer algunas conclusiones: Pertenecemos a un mundo vivo simbiótico, autoorganizado y con un éxito cifrado en 3.500 millones de años de permanencia, a pesar de que el 99% de las especies han desaparecido. Con unos antecedentes humanos (los bonobos) colaboradores y pacíficos, además de los violentos (los chimpancés). Por ello el mundo de la vida es mucho más que egoísmo, competencia y violencia: podemos desarrollar mucha amistad y cooperación.

Kropokin se adelantó a estas conclusiones en el siglo XIX con una visión profética. Afirmaba que, además de la lucha mutua “se observa al mismo tiempo, en las mismas proporciones, o tal vez mayores, el apoyo mutuo, la ayuda mutua, la protección mutua entre animales pertenecientes a la misma especie o, por lo menos, a la misma sociedad (…) de manera que se puede reconocer la sociabilidad como el factor principal de la evolución progresiva” (30).

Elinor Ostrom y el gobierno de los bienes comunes

El premio Nobel de economía de 2009 le ha sido concedido Elinor Ostrom porque “ha puesto en cuestión la afirmación convencional de que la gestión de la propiedad común suele ser ineficiente, razón por la cual debería ser gestionada por una autoridad centralizada o ser privatizada. A partir de numerosos estudios de casos de manejo por parte de sus usuarios de bancos de pesca, pastizales, bosques, lagos y aguas subterráneas, Ostrom concluye que los resultados son, en la mayoría de los casos, mejores que en las predicciones de las teorías estándar. Sus investigaciones revelan que los usuarios de estos recursos desarrollan con frecuencia sofisticados mecanismos de toma de decisiones, así como de resolución de conflictos de intereses, con resultados positivos” (31).

La galardonada, en una entrevista que se publica digitalmente, afirma: “Hemos estudiado varios cientos de sistemas de irrigación en el Nepal. Y sabemos que los sistemas de irrigación gestionados por los campesinos son más eficaces en términos de aprovisionamiento de agua y presentan una mayor productividad que los fabulosos sistemas de irrigación construidos con la ayuda del Banco Mundial y la Agencia Norteamericana de Ayuda al desarrollo (USAID), etc. Así, sabemos que muchos grupos locales son muy eficaces” (32).

Pero no sólo se dan estos éxitos de gestión de bienes comunes en muchas experiencias recientes, sino que lo más llamativo son las múltiples experiencias que llevan cientos de años funcionando bien (33).

Tal es el caso de la aldea de Törbel, en la región alpina de Suiza, con 600 habitantes y que gestiona los bienes comunes desde 1225. Estos afectan al 80% del territorio y en ellos coexiste la propiedad privada con la comunal, estando esta última en régimen de autogestión. Para evitar desigualdades, readjudican los derechos de pastoreo cada 10 años. Otro caso digno de mención es el caso de Japón. Entre 1600 y 1867 existían miles de aldeas comunales, que abarcaban unas 12 millones de hectáreas lo que suponía un 30% de todo el territorio. En la actualidad sólo quedan unas 3 millones de hectáreas, o sea el 10% del territorio. La asamblea, en autogestión, creaba reglas detalladas de su gobierno y gestión, asignaba trabajos colectivos y contaban con sistemas de supervisión y castigos internos.

Otra experiencia de mucho interés es el que se ha mantenido en las Costas Levantinas españolas, desde la época árabe, siglo XIII, hasta nuestros días, en los sistemas de manejo de riegos comunes. En Valencia se tienen noticias que, desde 1435, el Tribunal de Aguas se ha reunido durante siglos todos los jueves a la puerta de la catedral. Se tomaban decisiones inmediatas para solventar los conflictos, según reglas establecidas y se ponían las multas pertinentes.

El caso de Filipinas, con las comunidades de riego, también es de larga duración. Hay noticias de su existencia desde 1630; en 1979 aún quedaban 686 sistemas de estos riegos en comunidad. Los comuneros reunidos en asamblea hacen sus reglas, específicas para cada lugar, eligen sus funcionarios, cuidan sus canales y deciden las contribuciones de trabajo para la colectividad de cada uno de los comuneros.

Constata Ostrom que “aún no se ha encontrado un ejemplo de un bien común que haya sufrido un deterioro ecológico cuando todavía era común”.

En la entrevista citada más arriba, Elinor Ostrom subraya que el éxito del gobierno de los bienes comunes no es automático. Así, contesta: “sabemos que muchos grupos locales son muy eficaces. Pero ésto no es universal, de modo que no podemos ser tan ingenuos como para pensar “Oh, fíjate, limitémonos a entregar las cosas a la gente, que siempre se organizará. Existen muchos escenarios que desestimulan la autoorganización”

Hay unas condiciones para que la autogestión funcione con eficacia y sea duradera. El secreto está en el cumplimiento regular de las siguientes características:

1. Especificación clara de los límites. Tanto las personas que tengan derecho a extraer el recurso como el propio recurso, deben estar claramente especificados y delimitados. No hay libre acceso.

2. Coherencia entre las condiciones locales y las reglas de apropiación y de colaboración. Las reglas de apropiación que limitan el momento, el sitio, la tecnología y/o la cantidad del recurso que se puede extraer, deben estar relacionadas con las condiciones locales y las reglas de colaboración que indican el trabajo, el material o el dinero a aportar.

3. Acuerdos sobre las decisiones colectivas. La mayoría de los individuos afectados por las reglas operativas pueden participar en la modificación de dichas reglas. Son soberanos, deciden autogestionariamente. Se dan reglas y ellos las modifican.

4. Supervisón y control del cumplimiento de las reglas. Las personas que controlan el cumplimiento de las reglas son responsables ante los miembros o son, ellos mismos, miembros.

5. Sanciones proporcionadas. Los usuarios que incumplan las reglas serán sancionadas de manera proporcional, bien por otros usuarios, bien por los encargados de vigilar el uso del recurso.

6. Mecanismos para la resolución de los conflictos. Los usuarios y los vigilantes tiene rápido acceso a medios (foros) locales accesibles y baratos para resolver los conflictos que ocurran tanto entre usuarios como entre usuarios y vigilantes.

7. Reconocimiento mínimo del derecho a auto-organizarse. Los derechos de los usuarios para diseñar sus propias instituciones no están amenazados por autoridades gubernamentales externas.

8. Múltiples niveles gestión de la coordinación. Se desprende que, como mínimo tiene que haber, pues, acceso restringido, reglas claras, capacidad autoorganizativa soberana, sistemas de control y sanciones, mecanismos de resolución de conflictos y coordinación con otros niveles de autoorganización. El siguiente cuadro (34) compara ocho experiencias estudiadas por Ostrom en las que se dan las tres posibles situaciones de éxito, fracaso o situación de debilidad.


Vemos que en el caso de que no se cumplan casi ninguna de las condiciones señaladas, el fracaso es seguro, y el éxito depende precisamente de su cumplimiento. La falta de reglas, el acceso abierto, la falta de supervisión y las correspondientes sanciones son los defectos que llevan al fracaso, seguido de la autogestión. La existencia de “gorrones” y de falta de participación resulta intolerable para el buen gobierno de los bienes comunes.

Conclusiones: “Las instituciones que descansan sobre el concepto de ‘propiedad común’ han jugado un papel socialmente beneficioso desde la prehistoria económica hasta nuestros días”, por ello lo que se desprende por razones históricas y sistémicas es que el “ejercicio total de la propiedad privada es en la actualidad virtualmente imposible en un contexto de ecosistemas” (35).

Un pensamiento alternativo debe tener unos fundamentos biológicos, antropológicos e históricos que lo hagan creíble, y éstos existen tal como hemos ido desbrozando. Por tanto, hay que rechazar las imágenes del egoísmo generalizado, la violencia irrestricta y la competencia feroz. Un pensamiento político de la izquierda en todas sus acepciones debe ser esperanzador y no derrotista, que es el que corresponde a la derecha.

Las ideas y prácticas de egoísmo, competencia y violencia ocurren bajo el capitalismo y las teorías e instituciones que lo apoyan.

Como dice John Berger lo que está ocurriendo es lo siguiente: “en primer lugar están los operadores del orden mundial, los cuales toman cada minuto alguna decisión que afectan a millones de vidas, sin responder ante nadie. Tenemos después a millones y millones de personas que en un cierto sentido no tienen poder. Estas personas trabajan para ofrecer pequeñas soluciones que les permitan sobrevivir con la mayor simplicidad… no están planificando el cambio, simplemente lo construyen con sus propias vidas… En el espejo que el cielo me ofrece veo un espacio que contiene dentro de sí a todas las personas que intentan restituir un sentido a sus vidas”.

Como conclusión final podemos decir que, no sólo “otro mundo es posible” sino que ya se está construyendo cada día.

El desenlace final queda en nuestras manos. www.ecoportal.net

Conferencia pronunciada por Paco Puche , colaborador de El Observador / www.revistaelobservador.com el pasado viernes 22 de octubre en el sindicato CGT con motivo del centenario del anarcosindicalismo en España.

Notas y referencias:

1 Aguilera, F. (2009), “Una nota sobre la Nobel de Economía Elinor Ostrom”, en Revista de Economía Crítica, nº 8, segundo semestre, p.7

2 Helfrich, S. comp. (2008). Genes, bytes, y emisiones: bienes comunes y ciudadanía, Fundación Heinrich Böll, p.123

3 Polanyi,K. (1944). La gran transformación. Crítica del liberalismo económico, La Piqueta, 1989, p.390

4 Polanyi, K. (1957). “El sistema económico como proceso institucionalizado”, en Lecturas de antropología social y cultural, Cuadernos de la UNED, 2000, p. 398

5 Helfrich, S. comp. (2008), o. cit. p. 108

6 Hardin, G. (1968), “La tragedia de los espacios colectivos”, en Daly, H. (1989), Economía, ecología, ética, FCE. pp. 115 -116

7 Aguilera, F., coord. (1992), La economía del agua, Ministerio de Agricultura. pp. 365 y 377

8 “La idea de un mercado que se regula a sí mismo (…) no podía existir de forma duradera sin destruir al hombre y sin transformar su ecosistema en un desierto (…) toda sociedad cuya vida económica descanse en el interés personal es totalmente no natural en el sentido estrictamente empírico de que es excepcional”, en Polanyi, K. (1944), o. cit. pp. 26 y 390

9 Marx, K. (1867). El Capital, vol.3, cap.47

10 Thompson, E.P. (1995). Costumbres en común, Critica, p.135

11 De Dios, S. y otros, coords. (1999). La historia de la propiedad en España. Siglos XV-XX, Centro de Estudios Registrales, pp. 20,27,53 y 108

12 Rodrigo, F. (2008).Naturaleza, ruralidad y civilización, Editoril Brulot, pp. 98 y ss

13 De Dios, S. y otros, coords. (1999), o. cit. p. 107

14 Rodrigo, F. (2008). o. cit. p. 97

15 Zibechi, R. ( 2010), “Un año de la masacre de Bagua”, Rebelión, 5 de junio

16 Ver El Digital de Canarias, 1 de noviembre de 2009:
http://www.eldigitaldecanarias.net/noticia22689.php

17 Aparecido en Rebelión, el 16 de septiembre de 2010:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=113039

18 Grupo ETC (2010). “Quién alimenta al mundo”, Ecoportal-net, 14 de julio:
http://www.ecoportal.net/content/view/full/247

19 Con este título he realizado un trabajo específico que ha aparecido en el Observador, noviembre 2010

20 Odum, E. P. y Sarmiento, F. O. (1997), Ecología. El puente entre ciencia y sociedad, McGraw-Hill, p.188

21 Odum, E.P. (1992). Ecología. Bases científicas para un nuevo paradigma, Ediciones Vedra, p.171

22 Margulis, L. y Sagan, D. (1996), ), ¿Qué es la vida?, Tusquets Editores, p. 148

23 Villee y otros (1992). Biología, Interamericana-McGraw Hill, (2ªedición española de la original americana de 1989) p. 433 y 98

24 Lovelock, J.E. (1985). Gaia. Una nueva visión de la vida sobre la Tierra, Ediciones Orbis, p.10 y 23

25 Margulis, L. (2002). Una revolución en la evolución, Universitat de València, p.108

26 De Waal, F. (2005). El mono que llevamos dentro, Tusquets, p.231

27 De Waal, F. (2005). o. cit., pp. 38 y 144

28 Riechmann, J. (2009). La habitación de Pascal. Los Libros de la Catarata, p.252,

29 Tomasello, M (2010),¿Por qué colaboramos?, Katz Editores, p.96

30 Kropotkin, P. (1989), El apoyo mutuo, Ediciones Madre Tierra (edición inglesa original de 1902), p.43

31 Parte del texto con el que el Comité del Nobel argumentó para darle el mencionado premio.

32 Entrevista a Elinor Ostrom publicada en Sin Permiso, el 18 de octubre de 2009.

33 Ostrom, E. (1990). El gobierno de los bienes comunes, FCE, 2000, pp. 110-145

34 Ostrom, E. (1990).o. cit., p.283

35 Aguilera, F., coord. (1992),o. cit., p. 364 y 368

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